Cosas que pasan. Apuntes para el chino que lee.

Dice así, en su Libro de la vida, capítulo 29:

Quiso el Señor que viese aquí algunas veces esta visión: veía un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo, en forma corporal, lo que no suelo ver sino por maravilla; aunque muchas veces se me representan ángeles, es sin verlos, sino como la visión pasada que dije primero. En esta visión quiso el Señor le viese así: no era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía de los ángeles muy subidos que parecen todos se abrasan.

Deben ser los que llaman querubines, que los nombres no me los dicen; mas bien veo que en el cielo hay tanta diferencia de unos ángeles a otros y de otros a otros, que no lo sabría decir. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor, que me hacía dar aquellos quejidos, y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor, que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios. No es dolor corporal sino espiritual, aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aun harto. Es un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo a su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento.

El fotógrafo

La imagen o secuencia del chino que lee está rodeada de incógnitas. Acaso un rato de navegación por internet despejaría la incógnita, desvelaría el enigma. Pero me he propuesto, sin embargo, hilar estos apuntes con los menos borrones posibles, con los conocimientos a mano, sin recurrir a la wikipedia.

Internet y la wikipedia son grandes instrumentos para el saber, desde luego; también tremendísimas máquinas de procrastinar.

“Et j’ai lu tous les livres.”

No es cierto, claro. Pero me he dado cuenta que podría consumir tres vidas documentándome y leyendo y tomando notas antes de considerarme preparado para empezar a concebir la idea de un boceto de estructura de libro.

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Prefiero ahora (será cosa de la edad) verter la tinta de un tirón y seguir dándole vueltas a aquellos episodios, recuerdos (imágenes, secuencias) (cuadros) e imaginaciones (propias y ajenas) que el mismo texto vaya suscitando al ritmo de su escritura.

Elevar el texto al mismo rango que el hecho mismo de escribir.

Dispongo de tiempo. Dispongo de algunos pocos libros, de una botella de whisky, de mesa y silla. Cuando me canse fumaré un porro y me volveré a la cama. Y mañana seguiré (o no) con el afán de saber más sobre el chino que lee.

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Quizás en chino mandarín existe un ideograma que, con un garabato, sintetice el concepto “chino que lee”. No sé chino, ni, por lo demás, conozco bien la cultura china, ni su mundo, ni su historia. De hecho lo que me atrae de la imagen del chino es todo lo que de ella ignoro. ¿”El moro que lee” daría el mismo juego? No lo sé. Que el sujeto sea chino añade una densa nube de ignorancia que lo hace más atractivo. Sé que es en la época, al menos, del daguerrotipo, de las primeras fotografías: siglo XIX, principios del XX. Guerra del opio, guerra sino-japonesa, Chian-Kai-Sek contra Mao, ocupación japonesa. Ni idea. No sé en qué época, en qué contexto histórico, ocurre la decapitación de mi chinito lector.

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Aparece alguien que, sin ser cómplice del todo, está siendo testigo y vector del momento: el fotógrafo…

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La guerra de Monsieur Poncet

Monsieur Poncet me contó que hizo la guerra con los ingenieros, en algún lugar del norte de Francia, cerca de la frontera belga. El señor Poncet me contó que quedó atrapado en los arenales de Dunkerque, y que vio cómo se salvaban los soldados ingleses pero que a ellos, a los franceses, los dejaron atrás y en manos de los alemanes. Estos le capturaron al poco tiempo y pasó el resto de la guerra en un Stalag del sur de Alemania pasando frío y matando piojos. Ah! Les poux. Madame Poncet, que había sido maestra toda su vida, cada vez que su marido mencionaba poux, añadía hibou, bijou, chou y otras palabras cuyo plural coincidía en su irregularidad.

Vivían en las afueras de Mâcon, y yo me alojé un tiempo en su casa. Recuerdo que por las tardes iba hasta una granja cercana y me iba a los prados con el hijo de la granjera a buscar un par de vacas (grandes, charolesas, solemnes) que estabulábamos cuando se ponía el sol. Luego volvía a casa de los señores Poncet y mirábamos la tele o charlábamos un rato antes de ir a dormir. Fue durante una de aquellas veladas cuando me contó su guerra de piojos. Un verano plantamos, Monsieur Poncet y yo, un abeto en el jardín de su casita.

Años después lo vi de nuevo; había crecido: medía al menos seis metros de alto.

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En relación al chino que lee cabe preguntarse, más allá del el libro concreto objeto de su interés: ¿Antes de subir al cadalso, el chino que lee se guarda el libro? ¿Dónde? ¿En un bolsillo interior de la camisola? ¿O acaso lo entrega a alguno de los espectadores para que siga siendo de provecho? ¿O se lo arrebata de las manos el verdugo o uno de sus acólitos? ¿Quedaría alguna frase interrumpida, a media lectura?

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El sabio de Samos proponía que al dolor se le opusiera el recuerdo de momentos felices. Pero durante el tránsito hacia el no-ser los hay que prefieren, como el chino que lee, la evasión.

¿Quién fue el que se cortó las venas y vació un largo trago de vino sin aguar? ¿O me he de referir al descubridor del LSD? ¿O al autor de The doors of perception?

Malcolm Lowry es un caso extremo. En la cabaña aislada en la cual su mujer le recluyó para protegerle de su sed no había alcohol. Excepto un pote de after-shave. Se lo bebió entero un día que ella salió de compras. Murió entre vómitos.

Otro escritor, Charles Bukowski, dejó dicho: “Busca aquello que más te guste  y deja luego que eso mismo te mate del todo”.

Moaz

No voy a tener pesadillas viendo cómo arde.

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Cuando aterricé en El Prat  encendí los teléfonos. Mientras esperaba las maletas, y luego en el taxi que me llevaba a casa tras diez días de viaje repasé los titulares de prensa.

Varias bombas habían estallado en Giza, a las afueras del Cairo. Ayer tuve yo reuniones ahí y en Mohandeseen, no lejos. Un policía murió y hubo un par de docenas de heridos. Leí la noticia en el New York Times. Cuatro bombas es poca cosa; no son noticia. No alcanzó su estruendo a los noticiarios de la noche. En realidad yo tampoco oí nada; mientras explotaban simultáneamente esas bombas yo iba hacia el aeropuerto del Cairo.

Estaba cansado tras más de una semana recorriendo Oriente Medio. Reuniones, taxis, esperas, aviones, cenas…

Tenía ganas de volver, de meterme en mi cama y en mi bañera y no salir de mi casa en varios días.

Agorafobia y misantropía. Un punto misógino también.

Llegué, vacié la maleta, llené la bañera, me alivié la lujuria con un pase de manos, me metí en el agua caliente y jabonosa y lié un porro que fumé antes de meterme en la cama. Agradecí el juego de sábanas limpias y frescas. Antes de dormirme me pregunté qué libro estaría leyendo el chino.

Nunca lo supe, siempre quise saberlo y asumo que jamás lo sabré. Y está bien así, no pasa nada. Podré dormir perfectamente sin saber qué libro lee el chino.

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Puedo, en cambio, imaginar que el soldado americano estaba leyendo ese momento dramático en que Eneas saca la mano del agua y la agita pidiendo ayuda tras el naufragio.

Aquella mañana de junio ocurrió que algunos lanchones de desembarco, por extravío y desorientación o por cobardía y ganas de alejarse lo antes posible de las playas y del fuego alemán que las defendía, se dio el caso, digo, que algunos lanchones abrieron su compuerta frontal antes de hora, y pelotones enteros avanzaron, saltaron al agua y en ella se hundieron. Como piedras. No pudieron, como Eneas, flotar y llamar en auxilio. Fusil, cartucheras, casco, botas, mochila, botiquines, ristras de granadas, cajas de munición… el soldado de infantería no está diseñado para flotar. Muchos hubo aquel día que se hundieron antes de alcanzar la playa. Eso se ve bien en los primeros veinte minutos de Salvar al soldado Ryan de Spielberg.

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Cuando cumplí trece años repusieron la película que, con gran elenco actoral, se había rodado basada en el libro de Cornelius Ryan. The longest day, El día más largo, databa de 1962, y veinte años después la reponían para celebrar su modernidad (supongo, no lo sé). Yo pedí ir a verla con mis amigos el día de mi cumpleaños. Recuerdo a los hermanos Montes, a los hermanos Blanch y a Jaume Coca. Quizás también viniera mi primo Eugenio, o tal vez era primo Jaime. Recuerdo a John Wayne, herido en un pie, haciéndose llevar en una carretilla hasta la primera línea del frente. Recuerdo a los ganaderos franceses lamentándose en francés y trasegando cubos de agua para extinguir los fuegos en Sainte-Mère-Église. Me gustó que los americanos hablaran en inglés, que los alemanes lo hicieran en alemán y los franceses en su lengua.

Un oficial alemán es despertado por el fragor de la batalla y se viste deprisa para ir a su puesto de combate. No recuerdo qué pasa, pero acaba muerto en un gallinero o un establo. Recuerdo que un soldado aliado, también herido, comenta que lleva puestas las botas del revés. Un plano recorre lentamente el cadáver y se demora en las botas, efectivamente cruzadas.

Cornelius Ryan

Cornelius Ryan escribió la gran crónica del desembarco de Normandía. Es una crónica coral que explica la gran batalla, cómo se planificó, cómo se preparó y desarrolló, quién la mandó, contra quienes, cómo se luchó, cómo se venció (y lo que costó) y cómo se murió en aquel paisaje de prados cabe el mar.

En algún momento, mientras relata el tránsito de las tropas aliadas hacia las playas, meniona cómo se entretenía la tropa en el vientre y las cubiertas de los transportes que surcaban la Mancha. Y alude a un soldado de infantería que, recostado sobre su petate y apoyando el codo en su casco, persevera en la lectura de la Eneida.

También esta imagen la veo en blancos y grises, y aun diría que desenfocada, movida: una mancha de grises que aproximadamente dan o dejan la impresión de un soldado: las cartucheras, la insignia divisional en un hombro, las chapas identificativas que asoman por la camisa abierta, el cinto con la mochilita de asalto o riñonera y la bayoneta, el casco, el brazo marcando un triángulo, siendo el codo un vértice que se apoya en la redondez del casco, y la cabeza, también aproximadamente redonda, y la mirada fija en el rectángulo blanquecino donde unas sombras alineadas reticulan lo que entiendo es la novela o el poema que Ryan dice que está leyendo. Eneida. Uno que estuvo ahí, en aquella batalla, diría que no se acercó suficientemente el autor al sujeto de la foto: Si una foto no es buena es porque no te acercaste suficientemente.

C. Ryan nos acerca hasta las malolientes entrañas de los barcos lastrados de tropas, de carros, cañones y camiones que en aquellos días de primeros de junio se acercaban al Cotentin. Pero si su foto parece movida (y por ende, acaso, buena y auténtica) es porque no se acercó hasta leer el texto que leía el soldado.

 

El chino que lee

Ignoro el origen de la imagen. La tengo, sin embargo, metida en la cabeza. Intento, en vano, establecer pautas de su emergencia. Me pregunto si es una imagen que aparece en momentos de crisis, en ratos de ocio aburrido o cuando respiro tras un día de estrés. No he logrado saber a qué obedece el hecho de no lograr olvidar esta imagen. En realidad, si la observo con atención la imagen es un tanto inconsistente, hasta el punto de creer que jamás la he visto, y que temo ni siquiera exista, sino que la construyo en cada rememoración.

El chino que lee no tiene cara, y se sabe que es chino (o sé que es chino) por su atuendo, el blusón de seda, por las coletas y el birrete, sus ojos rasgados, sus anchos pantalones de seda estampada, y las sandalias o babuchas que calzan los chinos (y cuyas formas, en realidad, ignoro). El chino que lee está de pie, en una fila de gente, hace cola. Delante de él hay chinos, y otros chinos le siguen. El chino que lee lleva la cabeza gacha y los ojos clavados en el libro que está leyendo. El chino que lee, sin levantar la vista, va avanzando a pasitos según avanzan los que van por delante de él. Tampoco parece estar atento al ambiente que le rodea en el patio cerrado por una tapia; el chino lee.

La fila avanza lentamente. Siempre hay un primero de la fila que se acerca al estrado, o le suben a él a la fuerza, con tirones y empujones (hay gritos, tensión, sollozos, órdenes, aunque nuestro chino que lee no los oye, no los ve, enajenado como está por su lectura). El primero de la fila se arrodilla, humilla el tronco, estira el cuello, y su cuello es cortado, su cabeza cae, y ya no es el primero de la fila (sino que solo es un cuerpo que alguien aparta de malas maneras y suma al montón de cuerpos decapitados que le han precedido) y toda la fila avanza uno o dos pasitos, y el chino que lee avanza también un par de pasos cortos, y gira una página.

Esta es la imagen, en blanco y negro, o la secuencia, granulosa, temblorosa, que no logro sacarme de la cabeza.

Un condenado chino que se encamina hacia el cadalso leyendo un libro que jamás terminará.

De montañas, de playas y de silencios

“Ojalá no tengas que escribir”. Eso me escribe Dani, desde CDG. Se me despierta la pantallita en el bolsillo, vibra, a media mañana; su buena voluntad, su amistad relumbra, titila aún, como titilará hasta que nos volvamos a ver, en 2018, si no es antes o después, al albur de nuestras andanzas.

casablanca

Caminamos hace años juntos bajo la nieve en Ammán, de madrugada. Aquí lo conté. Éramos tres caminando ateridos en busca de un taxi. Ahora solo dos caminamos. Me cuenta Dani la historia de su compañero Juan, cuya cara no recuerdo, cuya sola soltura recuerdo, la comodidad de estar a gusto con un desconocido recuerdo, en un restaurante de Ammán, en invierno, bajo amenaza de temporal. Una mal diestra aguja le dejó sentado en una butaca con ruedas. Le mando un recuerdo. “No veas cómo me cambió la perspectiva” me dice Dani.

Pedimos una cerveza, la segunda, o la tercera, y decidimos dejar de contarlas, ¿para qué? si nos las beberemos igual. Nos damos noticias el uno al otro. Han pasado los años desde la última vez. Recapitulamos: Almatý, Ammán. Casablanca hoy, mañana quién dirá. Entremedias un correo electrónico, como un balido en mitad de la niebla, ando por aquí, voy allá, ¿y tú?. Y a veces se sincronizan las agendas y tenemos la fortuna de encontrarnos. Con alegría. Sin echarnos de menos, sin prisas, sin cortapisas ni tapujos, sin intenciones. “Par ce que c’estoit luy, par ce que c’estoit moy” dijo Montaigne de su amigo La Boétie (Les Essais, livre Ier, chapitre XXVIII). Sin explicaciones.

¿Nos veremos hoy? Claro. Echan un Barça-Atlético de Madrid. Nos da igual. Me subo a un petit-taxi rojo, cruzo la ciudad y me planto en la Corniche. Se huele el mar rasgando su oleaje contra el arenal. Me gusta. Sonrío.

Me encuentro con él, grandullón, con la sonrisa más ancha que la cara, el verbo intenso, el abrazo de pelotari. Mi amigo Dani. Vende no sé qué (piezas de acero grandes como él) a las cementeras de medio mundo. Me dice de ir a Erbil, y voy a Erbil. Lo que me cuenta me interesa, y me demuestra aprecio, y lo pasamos bien juntos. Me cuenta sus males de amor y le riño y le envidio. Le cuento mis aburrimientos y comparte conmigo los suyos, cambiamos unos créditos de Humanitats de la UOC por el coaching de su master MBA en Deusto. Llegarás lejos, Dani. Las risas que derramamos también llegan lejos.

Pedimos la cena y la devoramos degustándola con chanzas, con recuerdos. Maduramos. Nos cansamos. Recordamos. Nos ilusionamos. Ponemos la mesa perdida de borracheras, en particular recordando la del Copacabana de Almatý. De Almatý a Casablanca. ¿No daría para una novela? Y le contesto que ya no escribo. Que se diluyó la tinta en la felicidad, que me bebí el tintero de un trago y despunté los lápices.

Aquí tengo este tendal de penas abandonado. Y que así sea. Con lo puesto ando yo caliente: Los ensayos, del Sieur de Montaigne; Richard Burton y su Melancolía; Vida de Samuel Johnson; El hombre sin atributos; Muerte de Virgilio. En realidad se me atascan las lecturas. Las llevo en el bolsillo. Me acomodo a ellas. No me acostumbro, en cambio, al no escribir. Pero todo se andará.

Pido un café. Cesó la lluvia. Leo. Llamo al limpiabotas: me deja brillantes los zapatos. Pienso en Dani. No acabamos ayer excesivamente tarde, pero el recuerdo del último gintonic se me encasquilla en la boca aún. Nos despedimos algo  ensordecidos a la salida de un cabaret oriental. Las dos serían. La del alba acaso.

Me manda un sms desde el aeropuerto de París. “Ojalá no tengas que escribir” me recuerda; me conoce bien; lo sé; me gusta. Porque desde la pena, desde la niebla y el miedo escribo (palabras de bruma y de noche).

A la luz del día, leo.

¿Maduraré? me pregunto. Me pudriré antes, creo. Y espero que sea en compañía de amigos como él. Ligeros. Pasante, mas en su levedad constantes. Felices.

Y aunque atraviese momentos de melancolía (fruto del abuso de la felicidad, sin duda) constato que mis zapatos lucen. Brillan.

Y, por hoy, con esto basta.