The body’s reasons

Tiene el cuerpo razones que escapan a la mente, y es insensato y necio oponerse a él. Somos el cuerpo. Somos el animal que respira, que palpita, que se siente; somos el territorio delimitado por nuestra piel.

Prisioneros en nuestra piel, a menudo somos capaces de ignorar los mensajes que nuestro cuerpo (mucosas, entrañas, huesos, olores, dolores) transmite. Sentimos el dolor y lo trabamos en su expresión, y ahí se queda, agarrotado a un músculo. A modo de ejemplo: probablemente por culpa de más de un zapatillazo que me llevé de niño, ando yo por la vida con la pelvis basculada hacia delante, como si mi rabo de pe(d)rro apaleado quisiera refugiarse entre mis piernas. Con el tiempo nos han enseñado (a veces brutalmente —Mama no em peguis, no em peguis més!! amb la veu trencada pel mal i la humiliació) nos han inculcado que no debemos expresar muchos de los diarios dolores (—¡Trágate esa!). Y así nos luce el pelo. Al menos, así me luce a mí.

Decía hacía unos días: me cuesta levantarme. Cansancio reiterado que ningún sueño desentumece. Lo percibí, lo expresé desde las letras bitias, pero no hice mayor caso.

Y antes de ayer, al entrar a los despachos, con el simple gesto de alzar la mano para dar la bienvenida a un colega, ¡crac!, se rompió la espalda de quien suscribe. Esguince intercostal me dijo el doctor. Estrellitas de dolor al respirar hondo, al voltear la espalda. Al elevar los brazos.

Inyección potente de analgésico y a casa. Un pitillo mágico y a ver pasar las horas desde la cama.

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