El mar es siempre el mismo

“Un barco se asemeja mucho a otro, y el mar es siempre el mismo. En la inmutabilidad de lo que les rodea, las cosas extranjeras, las caras extranjeras, la cambiante inmensidad de la vida resbalan sobre [los marinos], velados no por una sensación de misterio, sino por una ignorancia ligeramente desdeñosa, ya que no hay nada que resulte misterioso a un marino, salvo la propia mar, que es la dueña de su existencia y tan inescrutable como el destino. Por lo demás, después de su jornada de trabajo, un despreocupado paseo o una borrachera accidental en tierra bastan para desvelarle los secretos de todo un continente, y con frecuencia descubre que el secreto no vale la pena.”

La extensa cita que antecede la extraigo de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad. En ella el autor describe a Marlow, marino y narrador de una historia que vivió tiempo atrás (la expedición de rescate, Congo arriba, para llegar hasta un Kurtz extraviado en las honduras de la selva y en las mucho más profundas de su desvarío) y que, en voz alta, cuenta a sus amigos, entre los que se encuentra el trasunto del autor, que se postula como narratario de la novela para disfrute de los lectores. No me interesa ahora sacar a la palestra la riqueza que este juego de personajes aporta al relato, pero sí quisiera compartir el fondo de verdad que súbitamente me ha deslumbrado en esta cita.

Ha terminado el año. Ya estoy de nuevo estabulado en mi cubículo hasta que el circo reemprenda su ritmo en enero. Ya rindo cuentas y sumo y resto y ordeno tickets y facturas en los excels de mi contable, que tiene que cerrar el ejercicio fiscal y quiere saber cuánto he gastado en taxis y cuánto en cervezas aburridas y sin el solaz de la buena compañía en a saber qué terminales de aeropuertos. Y extiendo los papelillos y los ordeno, y me los miro, y los leo, y no los recuerdo. Como no recuerdo en qué bar pude haberme comido un shawarma de pollo, en qué divisa pagué este otro ticket, en dónde demonios estará el comprobante de 34 euros gastados con la VISA a las 04:30 de la madrugada de un lunes. Con brutal sinceridad apuntaré “Ticket perdido” del mismo modo que alguna vez he declarado “no te amo”, con la misma clara sinceridad con que saja la verdad de la carne el bisturí que no tiembla. Y en el cafarnaúm de las cuentas pendientes quedarán risas, ebriedades, discusiones, conversaciones, carreras, encuentros y desencuentros que, en la distancia, semejan olas en el mar: todas diferentes, y en su repetición todas iguales. Sonrisas, palabras, gemidos, despedidas, abrazos, apretones de mano, comidas de negocios, citas a ciegas, despachos, carreteras de madrugadas, breves amistades, taxis de madrugada, somnolencias en las puertas de embarque, en las butacas de un Airbus 320, o en el 737 (un barco se asemeja mucho a otro), citas galantes aquí o allá, silencios sin galardón, miedos ajenos y terrores propios, y un vasito de sparkling water with lemon and ice, y una comilona de madrugada, y una orgía cuando no se ha puesto el sol todavía, y un llanto luego, y el recuerdo espeso de unas risas, y la culpa lacerando la intimidad de mi yo, desmigajándolo, y certezas también que al pairo de las brisas marinas sobrevuelan el recuerdo de tantas olitas en tanto mar perdidas. … y el mar es siempre el mismo.

Países nuevos, parejas varias, nuevas maneras de abrirme al mundo y de explorarlo, nuevas maneras de saber quien soy, cierta seguridad en relación a qué quiero del mundo (la sombra de una higuera). Y un rastro de sangre negra, en renglones tendida al sol que aplana las ganas de descubrir nada nuevo, pues ahora empiezo a saber, en efecto, que el secreto no vale la pena.

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