Modesta y sucinta exposición de cuanto ocurre en Gaza

Porque viajo a menudo a Oriente Medio, piensan algunos amigos generosos que sabré explicar lo que está ocurriendo en Israel y Palestina. Y yerran mientras me halagan con su equivocación. Porque no soy sino un modesto viajero que, vendiendo grifos, recalo regularmente en estas tierras orientales y a fuerza he tenido que interesarme por sus gentes y su historia con el sólo afán de comprender a mis interlocutores y empatizar con quienes se sientan frente a mí y me preguntan qué vendo, y cómo puedo ayudarles en su negocio.

Está ocurriendo ahora mismo una guerra en Gaza. Las fuerzas armadas israelíes, el Tsahal, la Marina y la IAF, han emprendido la invasión de la Franja de Gaza. 900 muertos (casi la mitad de ellos niños y mujeres no combatientes) por parte de los palestinos se contraponen a 13 soldados muertos israelíes. Contraviniendo numerosas cláusulas del derecho a la guerra, se está produciendo una matanza en manos de Israel (con el beneplácito, el consenso y el aplauso, para más INRI, de un 90% de la población israelí).
La guerra de propaganda hace furor. Nos vemos invadidos por imágenes de dolor, de destrucción, de muertos infantiles que los palestinos no cesan de divulgar. Y se nos dice, desde Tel Aviv, que están respondiendo a una agresión, que las víctimas son ellos, los judíos, acosados por el terrorismo islamista que se ha apoderado de la Franja de Gaza.
Vayamos por partes y tratemos de poner las cosas en su sitio. Oriente Medio es un complejo puzzle cuyas piezas (muchas de ellas movedizas) encajan más o menos si sabemos leerlas.
Palestina, bajo mandato británico desde el final de la Primera Guerra Mundial, fue “cedida” a la nación judía por el acuerdo Sykes-Picot que traicionó a la nación árabe que había luchado en la rebelión árabe del desierto contra los otomanos (aliados de los alemanes). Tras la Shoah que tuvo lugar durante la Segunda Guerra Mundial, y aún antes, desde 1933, se aceleró el movimiento migratorio de judíos que, huyendo del nazismo, o habiéndolo sobrevivido milagrosamente, vinieron a instalarse en esta tierra árabe donde, en el pasado, habían tenido su hogar y su templo mayor los judíos (destruido en el año 70 de nuestra era por las Legiones Romanas tras cruenta guerra). Tras la lucha por la independencia, que incluyó terrorismo judío contra las fuerzas y autoridades del mandato británico, se fundó en 1948 el Estado de Israel.
Rodeado de países hostiles que pretendieron ayudar a sus hermanos árabes sojuzgados y maltratados por el nuevo estado, Israel libró varias guerras (en 1967, en 1973) en las que venció, más por la impericia de los enemigos que por la habilidad de sus tropas. En estas guerras, nuevos territorios fueron incorporados a Israel. Algunos aún siguen siendo retenidos (caso de los Altos del Golán o las Granjas de Sheeba). Y en paralelo se articuló un movimiento de resistencia palestino que luchaba por recuperar su derecho a disponer de sus tierras.
Este movimiento de resistencia fue organizándose alrededor de una figura clave: Yassir Arafat, líder de la OLP (Organización para la Liberación de Palestina). Usando de todos los medios terroristas al alcance de la mano (secuestros de barcos y aviones, matanzas, bombas, guerrilla urbana…), la OLP luchó también desde los países limítrofes que habían acogido a la diáspora palestina a raíz de la Nakba (el “desastre”, que es como los palestinos llaman a la expulsión que padecieron cuando tuvieron que abandonar sus tierras tras la constitución de Israel). Estas luchas enturbiaron la región. Por ejemplo, Septiembre Negro fue la matanza de palestinos acaecida en Jordania cuando la monarquía hachemita se vio en peligro por la gran presencia de palestinos en su territorio; también Líbano padeció la presencia de guerrillas palestinas que interfirieron en sus ya de por sí complicados choques entre facciones y comunidades libanesas y que provocaron la guerra de 1982, cuando Israel invadió el Líbano para expulsar a los palestinos.
El tiempo y la necesidad llevaron a Arafat a posiciones menos extremas. También Israel se abrió y procuró encajar a esa comunidad palestina en su seno o, si no, al menos en sus fronteras y de manera pacífica. No siendo aceptable una solución en un solo país (porque la democracia israelí, combinada con las dinámicas demográficas palestinas, darían al traste con el estado judío), ciertos territorios ocupados fueron cedidos a la Autoridad Palestina (nombre que, eufemísticamente, recibe el proto-estado de Palestina actualmente en pie).
Pero esta apertura israelí no devengó beneficios a las poblaciones sojuzgadas. Viviendo en un estado racista que las margina y las maltrata, pronto la desesperanza dio paso a una Intifada y luego a otra. Endurecióse de nuevo la política israelí. Y fueron construidos muros que separaron un territorio del otro, sin atender a las líneas de demarcación, sin respetar las servidumbres del campo y trazadas las vallas en beneficio de una política de ocupación mediante colonias ilegales que, poco a poco, fue fragmentando en batustanes (como se solía en la Sudáfrica del Apartheid) el territorio palestino. Enconóse también la tenaz resistencia árabe, sobre todo allá donde las condiciones de vida eran más difíciles.
Este mapa diacrónico 1946-1999 muestra la evolución del reparto territorial entre una y otra población. No serán necesarias más palabras para dar cuenta de la asfixia que padecen los palestinos.

El proto-estado palestino organizó elecciones para regirse. Al movimiento Al-Fattah liderado por Arafat y heredero de la lucha de la OLP se le oponía Hamás, partido de corte islamista, emparentado con el Hezbollah libanés (comparten un mismo padrino: el régimen de los mulás iraníes) y los Hermanos Musulmanes de Egipto (de ellos aprendieron a desarrrollar y a ejercer una muy necesaria labor asistencial a una población completamente desatendida en sus necesidades más básicas). Fue Hamás quien, en Gaza, resultó vencedor en las elecciones, que todos los observadores calificaron de limpias. Expulsó a los órganos de poder de Al-Fattah fuera de Gaza a tiro limpio y se hizo con todo el poder.

Pero Hamás es un partido islamista. Entre sus postulados sigue figurando la destrucción del Estado de Israel. Y por ello, a pesar de ganar limpiamente las elecciones, a pesar de haber optado al poder y de ejercerlo en defensa y beneficio de sus votantes, principalmente en la Banda de Gaza, ésta fue bloqueada. Transgrediendo todas las normativas, Israel cerró la Banda de Gaza y encerró en ella a su población. Sin suministro de ningún tipo, los gazauíes tuvieron que espabilarse en horadar la frontera con Egipto para alimentarse, vestirse y calentarse o medicarse. También para armarse.

Así, desde la Franja de Gaza, mediante rudimentarios cohetes caseros (Qassam) o algunos más sofisticados (Grad, de origen chino, y de mayor alcance), Hamás ha estado aterrorizando a la población israelí aledaña a la Gaza, causando 120 muertos en 8 años.

Estipulóse una tregua de seis meses, que finiquitaba el pasado 19 de noviembre. Hamás no la prorrogó; considérese que Israel no había aliviado las penurias de la población gazauí, ni abrió las puertas al campo de concentración en que se había convertido Gaza (millón y medio de personas hacinadas en la mayor densidad de población sobre la tierra) ni facilitó el tránsito de mercancías o de bienes necesarios (como fuel para los generadores eléctricos, medicamentos, vituallas). Además, semanas antes, rompiendo la tregua, comandos del Tsahal habían incursionado en Gaza tratando de rescatar a un soldado judío secuestrado y retenido en algún lugar de Gaza por Hamás. El bombardeo con misiles contra las ciudades del Sur de Israel se incrementó de nuevo.
Y considerando

  • que Israel próximamente celebra elecciones (donde los liberales y derechistas riñen con poco margen por el poder –y no olvidando cuán fructíferas son las guerras en votos y apoyos, sobre todo si son, como esta puede ser, aplastantemente victoriosas),
  • considerando el estrago en la moral de la nación que causan los Qassam, que aducen los políticos judíos para justificar su guerra,
  • considerando el actual período de vacío en la Casa Blanca estadouniense, que ha de dar paso a un presidente en teoría menos proclive a dar rienda suelta a Israel (en contraposición a un saliente Bush pusilánime y mendaz a fuer de acérrimo pro-israelí),
  • considerando que el Ejército quiere resarcirse del resquemor que le dejó la guerra contra las milicias del Hezbollah en el Sur del Líbano en el verano del 2006,
  • considerando la actual fragilidad del poder palestino (escindido entre Al-Fattah en Ramala y Hamás en Gaza),
  • considerando la proverbial doblez de la diplomacia mundial (y particularmente europea) cuando se trata de criticar (¡no digo ya contener!) los desmanes israelíes,
  • considerando la situación internacional en Oriente Medio (debilildad de Irán, sumisión de las monarquías del Golfo Arábigo, negociaciones en curso con Siria –que se han ido al garete, para disgusto del mediador turco–, el fin de reinado del faraón Mubarak…) favorable a un (por otro lado habitual) silencio oprobioso de los gobiernos árabes…

Sumemos estos considerandos indicados al poderío de la maquinaria militar israelí. Y tenemos Gaza. Tenemos muertos. Tenemos lo que tenemos.

No sé si con esto que ahora concluyo tenemos también una explicación.

Se aducirá que faltan episodios significativos, que el relato está escorado, que hay silencios tan oprobiosos como los gritos más nefandos. Puede ser. Pero las víctimas de todo esto están allí, en Gaza y en nuestras pantallas de televisón. Son un millón y medio de personas junto al Meditrerráneo que pasan miedo, que padecen hambre, que soportan penurias y enfermedades sin posibidad de remedio, que sufren y que intentan luchar por su dignidad con los escasos medios que la historia les ha dejado. Y enfrente tenemos carros acorazados y brigadas de infantería bien pertrechadas que invaden un territorio causando destrucción, estragos y sembrando con las ruinas la rabia que se convertirá en más lucha futura, en más dolor, en más lágrimas. Podemos subirnos a los carros de asalto y ver el mundo por sus mirillas de visión nocturna y beber una coca-cola si tenemos sed, podemos seguir a los pelotones de infantería ligera al ritmo brincado con la helmet-cam de un aguerrido periodista judío o americano empotrado en la primera línea de asalto. También podemos ponernos en mitad de unos y otros. O agazaparnos con los agazapados, o sufrir con los sufrientes. O luchar con los que resisten y luchan como pueden. Y si tenemos sed podemos beber de las aguas fétidas de Gaza por falta de electricidad en las estaciones de bombeo del agua potabla y cagarnos luego en todo.
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