Quebranto (fragmento)

Tenemos tiempo porque caminas poco a poco. A todo alcanzaremos, del Bacon de hace dos días al sofrito con cintas de bacon; hay tiempo de sobras para que oigas lo que desde hace seis años te niegas a escuchar. Porque no te me escaparás hoy. No has traído alcohol. No tienes dinero para acortar el trayecto volviendo en tren, y no te queda otro remedio sino desandar lo recorrido hasta la plaza donde hubieses podido cerrar el círculo que has decidido dejar abierto por omisión. ¿Te acuerdas del tríptico de Miró, aquel que te quedas embobado mirándolo sin acabar de aprehenderlo nunca en la Fundación de su nombre en Barcelona? Es La última tentación del condenado a muerte, igual que tú: condenado a no cerrar nunca el círculo y a huir huir huir sin posibilidad de escape. Con la diferencia que hoy, sin el socorro del alcohol o el amparo de la gente, estás condenado sobre todo a escucharme, porque no me pienso callar, ¿entiendes? No tengo intención de callar; de callar te encargas tú.

Como cuando te dio la primera noticia y te dijo: Hay otro hombre en mi vida. ¿Qué hiciste? Te callaste. Te levantaste y abriste la nevera. Cogiste dos botellines de cerveza, cruzaste la cocina hasta donde ella estaba (y la mirabas sin acabar de entender) y junto a ella te paraste. Estiraste el brazo y ella te tendió el abridor. Abriste una cerveza y luego la otra. La primera se la diste a ella, que parecía esperar una reacción y se encontró con una cervecita en las manos. Y te diste la vuelta y volviste a la silla desde donde la habías estado escuchando todo el rato previo a esta declaración inconcebible del Hay otro hombre en mi vida, todo el rato largo que había estado despotricando, digo, y exclamándose con rabia y desespero por lo poco y mal que te responsabilizabas de los quehaceres domésticos, te volviste, pues, a sentar en la silla. Sonreíste. Te llevaste el botellín a la boca y lo vaciaste de un trago, en realidad sin entender nada de nada de lo que estaba diciendo la mujer que, hasta ese día, era un dieciocho de diciembre, creías que te amaba y que la amabas. Te volviste a levantar. Ahora si lo recuerdas lo ves y revives en lentos pesarosos movimientos como a cámara lenta.

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