Citius

Requiebros y quebrantos, luces del mar y silencios que apagan velas. Quietudes sin sosiego, mal de amores y mares bravíos. Apuntes desleídos en tintas aguadas y saladas. Palabras que en tres lenguas dan el mismo consuelo, y todas andan lejos, con olor de leche tibia mamada por el niño que llora, con olor de sueño destemplado, de cuerpo quebrantado, de voz de vidrio enamorada.

A la necesidad de estarme quieto se contrapone el dolor de no saber estar parado. Llamadas de auxilio. Escritos que bitiamente piden y son contestados por la tribu, que ante la adversidad de uno, de nuevo se ha agrupado en la consolación.

¿Qué quiero hacer?

Desangrarme sin complacerme en la hemorragia de los pesares.

¿Qué sé hacer?

Sé correr, sé correr mucho. Sé correr más que ninguno. Y enciendo un pitillo tras otro y su humo rasca en la glotis exhausta del grito que en el coche no he podfido refrenar, y he soltado soltado soltado hasta la asfixia.

Sé correr más que ninguno. Y el botellón de whisky está lleno porque no lo he visto aún entre las lágrimas. Sé correr más que ninguno, y me desharía en caricias, empellones, pellizcos, risas, dedos curiosos y húmedas sonrisas verticales o en besos que se yerguen en las distancias cortas, estas mismas que tan poco se me resisten y a las cuales nunca venzo.

Sé correr tanto y tan bien y tan rápido que por eso estoy solo, en la cabecera de una carrera que nadie me impuso pero a la que estoy condenado.

Sé correr tanto y tan bien que mis corridas son de tinta, de negra y floreciente tinta en renglones de verdad amargos y bien plantados. Sé correr tanto que aun corriendo sé leer hasta el completo extravío de las verdades, de las mentiras, de los deseos, de los miedos, todos (miedos, deseos, verdades y mentiras) confundidos en un mismo color quebrado anodino y narcótico. Sé correr tanto y tan bien que me alcanzo y me adelanto: y me veo de lejos y me pregunto que qué coño hago tan lejos de mí. Sé correr tanto que me cansa la idea de parar, y me aterroriza el parón.

Sé correr tanto que estoy agotado. Y muerto de tanto correr.

¿Qué puedo hacer?

Dejar el establo. Sentarme a ver arder una vela. Mirar cómo el viento mece las ramas en la pineda, y levanta revoltijos de hojarasca en las cunetas. Puedo esperar que mañana sea otro día. Puedo esperar. Puedo buscar refugio en las lindes de la tierra y seguir viajando, corriendo, huyendo. Puedo tener confianza y parame. dejar que pasen cosas. Que el mundo siga girando sin mí que no lo entiende. Puedo leer los más tristes versos esta noche, y olvidarlos mañana. Puedo sorberme los mocos y con la manga limpiarme el morro. Puedo abrir la botella de whisky. Puedo no abrirla y mirar cómo se evaporan los malos humores del alcohol.

Puedo encender un palito de incienso y contar números hasta que se apague.

Puedo escribir al zafreño y decirle lo que pienso; decirle también que no me tenga inquina, que no la merezco. Puedo enviarle por correo la bufanda que ella me regaló, que él con más amor la llevará, y contarle lo que sé, qué hice, y cuánto no hice por respetar su libertad (sobre todo la de ella) y no interferir. Puedo escribir vitriolos cosidos a las frases, de la mayúscula hasta el punto, desde los cojones y el escroto hasta los últimos puntos suspensivos.

Puedo seguir llevando la vida que llevo, buscarme otro piso y otro mundo y otras libertades y el mismo olvido. Y esperar que un día me cobije la ansiada sombra de la higuera.

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