Madrid, mucho Madrid

Lo diré en voz baja para que no se sepa demasiado: Me gusta Madrid.

Sí, Madrid me ha seducido. He vuelto enamorado de la Corte y Villa de Madrid.

Vuelvo a instalarme en casa y miro “los muros de la patria mía”, con su capital, Barcelona, tan de diseño huero, tan palmeril, despeinada y tronchada por el viento, tan sin salero en sus muros, tan despejados de pasquines sus limpios muros mudos, porque hemos perdido la voz y el habla y ya no claman vida sus paredes (en aras de una limpieza norte-europea a la que aspiramos sin aceptar que somos no del Norte sino mediterráneos); sí, nuestros muros están callados, porque no los ensucia el pueblo, como en Gran Vía, con miles de pasquines llamando a rebato de museos, exposiciones, conciertos, obras de teatro, tertulias… La oferta cultural de la capital es abrumadora y deja en paños menores (en mera compresilla) la que puede darse en Barcelona.

Teatro de la Abadía, en calle Fernández de los Ríos. Asisto a un concierto de música vanguardista. La música vanguardista es aquella que uno cree que solamente suena por las ondas de emisoras de culto, como Radio Nacional Radio 3, en horas muertas. Primero una chica checa con perfil de tubérculo se desgañita en gorgoritos y galimatías que, sabiamente temperados y remezclados en directo, logran una polifonía y unos ritmos curiosos, divertidos a veces, que tras vencer cierta prevención inicial arrastran al público. Éste llena el teatro hasta la última fila, y atiende y valora y aplaude. Luego Mariona Sagarra aparece con toda su elegancia desde el fondo de la sala y con voz fina canta miedos y alegrías sin temerle a la exploración de nuevas maneras de hacer sentir su voz. Son canciones en catalán, nanas euskaldunas, versos de Gil de Biedma, de Verdaguer… Su presencia, su voz, su persona y los versos que trenza y encadena, las melodías con que va llenando la sala tiñen el ambiente, y lo hace a pelo, atrevidamente, a capella, sólo ayudada por un aparato que graba y reproduce en continuo fragmentos de su canto sobre los que ella, con maestría de relojero suizo y un tempo sin resquicios, va tejiendo la urdimbre de la mágica polifonía de una sola voz que logra ser varias en un crescendo de emoción que rompe en aplausos al final.

Madrid es capital suficiente que logra llenar un teatro donde se muestra, se desnuda, se descuartiza y se dan a catar las nuevas posibilidades y desarrollos del Arte, en este caso musical. Y se llenan también las salas que El Prado ha dedicado a la exposición de Francis Bacon, razón y motivo principal de mi escapada a la Corte y Villa.

Y cae la noche y me acompaña la alegría espigada de S. y me embriago en la nube de alheña de su perfume, y vamos a ver el Palacio Real desde el estanque de la Casa de Campo, me restaura en las tascas de la Cava Baja y se acurruca a mi lado en un banco mientras escuchamos, sin tiempo, los blues americanos que en un garito de la calle Hileras nos mecen con su pautado ritmo; tendemos a secar viejas penas, oreamos complicidades y hacemos campear en el aire la tranquilidad de estar libres y la alegría de poderlo compartir.

Madrid me gusta cuando al día siguiente almuerzo en un bar de bocatas de calamares y me solazo con la simpatía del camarero, que recibe a las clientas con un “Hola guapa” que diríase recrimina el mucho tiempo pasado desde la última vez que compartieron sábanas. Hay una simpatía madrileña que, aunque a veces teñida de chulería, resulta cautivadora.

Madrid es un punto señorona y un mucho ciudad sin pedigrí claro que, por méritos propios, se crece. Es el aspecto que, en verso, clavara Machado con aquello de “Madrid, rompeolas de todas las Españas”. Acentos y restaurantes de toda la Península se dan cita en todas sus esquinas.

En una de ellas, calle de Toledo con Tintoreros, una señora me llama la atención mientras espero para cruzar. Abrigada en astracanes un tanto ajados, con perlas en las orejas y un cardado erguido contra el frío, me dice: “Oiga joven, mire Usted…” La interrumpo: “No soy vecino, estoy de paso, y no sabré indicarle…” me excuso de antemano. Pero ella sigue: “No importa, verá Usted, que soy de Carabanchel, ¿sabe? Y si pudiera Usted darme un par de euros… sabe Usted, para volver a casa en taxi”. Y le digo que no, que lo siento, que yo no soy de Carabanchel, que soy catalán, y que si no tenemos para taxi, los catalanes volvemos en bus, o no venimos al centro y nos quedamos en casa; ella me mira sorprendida, muda; cuando callo, nos quedamos uno frente al otro, mirándonos, embarazados ambos con mi descortesía; y cuando se pone de nuevo en verde el semáforo sigo andando y la dejo sola en la acera, tal vez buscando a otro menos seco, menos borde, menos catalán. Y me siento mal; no he podido evitarlo: la rauxa, la racanería, la desconfianza, lo peor de mi país se me ha derramado por la boca sin yo saberlo evitar, y lo lamento.

El frío es intenso, y he de apresurarme, me esperan. Y mientras sigo bajando hacia la puerta de Toledo me digo cuán poco acostumbrados estamos, en Cataluña, a interactuar con desconocidos. Y qué triste es. Madrid parece ser una ciudad abierta a quienes, de todas partes, vienen a vivirla, unos de paso, otros residentes, unos de turistas, otros por trabajo; en contraste, Barcelona es una ciudad complacida, encantada de haberse conocido y afanadísima en darse a conocer, que se complace, digo, en ser lo que es (o peor: en recordar lo que fue), y que no se atreve a abrirse a lo que de fuera pueda llegar para enriquecerla, no fueran a diluirse ciertas esencias patrias de cartón-piedra con las que se afianza la consciencia de sí misma como cap i casal de Cataluña.

Copos de nieve finos caen del cielo trazando volutas que se desvanecen al tocar el piso. Me zumban los oídos: no sé si es el frío o si uno de los semáforos piadores que en el centro abundan se me ha colado en la cabeza.

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