Desazón

La desazón de hoy es una punzada en el pecho, cerca de la teta, que se agudiza con cada estrépito de la tos seca que me atormenta.

La desazón de hoy es el color verde chillón de la fachada de mi nueva casa, digno de un burdel de nombre La Guayaba, sito allá donde la imaginación lo ponga y comidilla de todos los convecinos.

La desazón es hoy de nuevo el hervor exasperante del inguinal, y una sequedad en la boca.

La desazón hoy son llamadas que me invitan a leer noticias que hace sólo seis meses considerábamos imposibles. Son los accesos a la Feria de Valencia sin atascos, son los pabellones sin la muchedumbres de otros años. Son las conversaciones funerales de las corbatas que ahora ya no lucen como lucieron antaño.

La desazón es hoy un cúmulo de cajas en el salón. La desazón es también hastío y siesta inquieta. Es silencio al mediodía, tomando el sol, como si fuera un lunes al sol anticipado.

La desazón son besos en la memoria, y sexos de ambos mundos en el recuerdo. Son palabras escritas, y otras calladas. Son deseos. Son renuncias, son olvidos, que poco a poco petrifican.

La desazón son hoy renglones y más renglones a galope rendido sobre el papel, tan desbocados como mi día a día. Y cartuchos de tinta que se terminan a media frase.

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