La casa verde

Cuando se apalabró el alquiler, quedamos en que se había de remozar la fachada y darle una nueva capa de pintura. Y fue pintada la fachada enseguida: es verde pistacho, intensamente verde, fresca, y destaca siendo de la calle la única casa verde. Y apostaría que en todo el pueblo no hay un verde más fresco y primaveral que la casa donde he fijado residencia.

Es una casona entre medianeras en una de las dos calles peatonales del pueblo. No tiene pérdida. Por dentro algunas paredes son de cantos rodados. Algunas estancias conservan el piso de cerámica vidriada de las casas pudientes de principios del siglo pasado, y las escaleras que acceden a las habitaciones superiores son de tova catalana y marco gastadísimo de madera por los muchos años de vida que han subido y bajado por ahí. Huele a casa antigua. Aquí estaba ca l’adroguer, que aún figura en las escrituras como Can Caret (con lo que queda dicho cómo se enriquecieron los antepasados de los actuales dueños). Lo que antes era la botica a pie de calle es ahora una amplia sala que lleno de libros, muebles rescatados de muchos naufragios, en cajas de cartón marcadas con muchos logos que son todos historias.

A mí ya me conocen como el noi de la casa verda. Y por las mañana, salgo a la calle, la cruzo y me compro un panecillo (llonguet) enfrente, en la tahona de can Ninot. Y soy feliz, porque me ilusiona preparar la casa para mi bienestar y el de mis niñas.

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