Patxarán y confidencias

Hacía años que no nos veíamos. Se cruzaron nuestros caminos a finales de los ochenta, en un cuartel y durante un año. Y tras la licencia, con buenas palabras y mejores recuerdos, dijimos que nos escribiríamos, que nos llamaríamos, que seguiríamos en contacto y que nos iríamos viendo para fumar porros, beber patxarán y hablar de libros y de mujeres.

Pero el humo de los porros se enfrió, los libros y las mujeres nos arrastraron, perdimos las ganas o las agendas viejas, descubrimos el Cardhu, llegaron niños, hubo matrimonios rotos y felices, carreras profesionales… y muchos años después, tras aquel enero desabrido en que nos separamos al bajar del último nautobús que nos devolvió (borrachos) del cuartel a casa, hace unos días nos volvimos a encontrar en una esquina.

Me dijo: –No vamos a cometer el mismo error de decir que nos veremos. Ya ves cómo nos ha ido: veintiún años sin vernos…. Mejor te digo que te vengas el martes a cenar a casa, ¿hace?

–Hace.

Y me recibe en su casa dos días después. En recuerdo de los viejos tiempos, he traído una botella de patxarán añejo. En recuerdo de los porros de antaño, él se ha procurado maría. Y nos liamos a cocinar una cena ligera, liando también pitillos hechos a mano, y nos reímos comprobando cómo se han degradado nuestras mañas en las labores del tabaco. Pero las risas son las mismas, las historias paralelas, la amistad de entonces sigue rigiendo. Y el patxarán dulzón.

Nos sentamos a hablar después del postre. Estamos agradablemente flotando entre recuerdos de anécdotas y retazos de nuestras singladuras vitales: mezclamos al Bombilla con los desamores, nos enseñamos fotos de los niños, cotejamos las cláusulas de nuestros convenios de separación, nos acordamos del Mustafá borracho o de aquel que se hacía pajas por la noche y cuyo mote no logramos rescatar de la memoria, que nos trae en cambio, sí, el cierzo, la ropa sucia y el olor del Zotal en las garitas. Le cuento que el Pajarillo regenta una pescadería en el mercado donde suele abastecerse mi madre, y que alguna vez le he visto, y que sigue tan desplumado ahora como entonces. Rememoramos noches de guardia bajo la luna nueva que nos tocó pringar tirados en el césped que cubría un búnker de municiones mirando estrellas y hablando de Petrarca. Me dice:

–Hace unos meses tuve una experiencia especial. No lo he hablado aún con nadie. Quiero contártela. Fuimos muy íntimos en Zaragoza, ¿verdad?

–Sí, claro. Adelante, cuéntala.

Y me sirvo un patxarán, un dedito nomás, para degustar con la confidencia.

Traga saliva. Dice: –Me enrollé con un hombre.

Me mira a los ojos. Espera, escruta una reacción por mi parte.

–Te enrollaste con un hombre.

He repetido la frase sin saber cómo formularla, sin atreverme a ponerle el signo de interrogación, y la dejo en mitad del silencio que ha cuajado súbitamente en el salón. Hasta ese momento habíamos estado compartiendo historias heterosexuales de traiciones, coños y pollas, hijos… Y con esa frase saltábamos a otro mundo, saltábamos de una acera a otra. Le pregunto: –¿Estás saliendo con un hombre? ¿Te has hecho gay? Me dice que no, que se sólo enrolló con un amigo una noche, que se pusieron tontos, que se metieron mano, que se magrearon, que se acabaron pegando un lote, que acabó sodomizándolo y comiéndole la polla. Y que le gustó. Y que está en una confusión que le atormenta.

Me sirvo más patxarán.

Me acuerdo del cuerpo de mi amigo, en las duchas de las camaretas que ocupábamos. Recuerdo su cuerpo de hace veinte años, su pecho imberbe, sus facciones finas y los músculos bien marcados de sus brazos. Recuerdo su sexo enjabonado, sus piernas velludas, su cabello entonces negro, lacio, su espalda triangular. Lo recuerdo bien porque en aquellos meses de castrante vida castrense fuimos muy amigos y tal vez por ser entonces muy jóvenes no nos atrevimos a dar el paso que, veinte años después, ahora él me confiesa haber dado.

–Me cuesta saber qué siento. Me enrollé con un hombre. Estaba jodido, las últimas putadas de mi ex me han desequilibrado. Y necesitaba contacto, sentir, tocar, oler, abrazar, gozar, y ser gozado también. Y él se prestó, y la borrachera, y el hastío, la curiosidad, el miedo, la curiosidad… Mira: acabamos liados, se lió la cosa y… es lo que ocurrió: nos pusimos a follar. Y ahora estoy confuso.

–Ten, le digo, sírvete más patxarán. Se sirve una copita, se la acerca a los labios, me mira por encima del filo de vidrio. Me mira esperando mi reacción. Yo pongo la cara que aprendí a poner en aquellas tardes en la dependencia de jardinería de la base aérea donde nos encerrábamos a jugar a cartas y a beber litronas en los meses de verano.

–¿Lo disfrutaste?

–Sí, me dice, lo disfruté. Me sentí libre, me sentí explorador, me sentí deseado, me sentí poderoso, me sentí hombre. Y me corrí como un loco. Y me quedé a gusto. Y además me han seguido gustando las mujeres. Tengo a una en el disparadero, quiero quedar con ella, me hace tilín. Y me siento más rico que otros: ahora sé qué gusto da el cuerpo de un hombre, ahora sé qué es mamársela a un hombre, introducirse en la boca este pedazo de carne tibia, que se mueve, que vibra, ahora sé lo agradable que es abrazarse a una espalda fuerte y ancha, sentir una mano que te aprieta con fuerza, el delicado flotar de los testículos, la piel velluda de un culo, el hundirse en una pelvis que se desfonda… Y ahora todo esto lo sé desde el otro lado de la cama.

Silencio.

–¿Te sientes culpable?

–No: me siento satisfecho. Siento que he satisfecho una curiosidad que venía de lejos. Que he dado por culo a más de una mala mujer con la que he tenido la mala fortuna de liarme. Y siento que he saltado por encima de un tabú. Y que no me importa. Pero puedes comprender que estoy confuso.

Lo entiendo. Le entiendo. Le abrazo. Nos reímos. –¿¡Tú también!? se exclama. Y le digo: –No, no. Sólo te abrazo, estoy contigo. Eso es todo.

Luego, tras un silencio, tras un par de pitillos, nos despedimos. Sobre el quicio de la puerta le digo: –Puedes estar confuso. Puedes tener miedo. Puedes también sentir culpa o arrepentimiento. Pero no puedes negar que ahora eres doblemente hombre. Y mucho más libre.

Y sonreímos.

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