Tarde con Teresa

Tarde de lecturas antiguas. Infusión y bayeta para dejar la casa en orden de revista. Oreo los cuartos. Y mece la espera el clavicémbalo, el laúd, la vihuela y el cantar añejo a juego con Santa Teresa de Jesús, a quien leo sustituyendo “oración” por meditación, “Dios” por consciencia y “arrobamiento” por iluminación. Por ejemplo:
Nada te turbe, nada te espante;
todo se pasa, Dios no se muda;
la paciencia todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene, nada le falta.
Sólo Dios basta.
La prosa teresiana, tan de adobe expuesto a la inclemencia de su incultura literaria, es por un lado basta y simple, como de barro, y por otro lado logra unos efectos que, por méritos de su misma simpleza, de sus imágenes diáfanas y sus alegorías sin artificio, son deslumbrantes. Como algunas grandes obras de nuestro acervo literario, no es preciso leer seguida su obra. Picotear en ella alimenta por igual.
Vuelvo al disco que suena: incluye una canción que define a aquellos que sufren de indecisión. Esta es:
Quiero, y no saben qué quiero.
Siento, y no sé lo que siento,
Por la duda me ausento,
Sólo sé que me muero…
Yo sólo sé que me muero.
Yo sólo sé que me muero.
Y no saben qué quiero,
Por eso sé que me muero.
Muero y prefiero morir
A querer saber lo que siento,
Mientras espero mi muerte
Yo ya sé que más tarde sabré, sin dudas, que me quiero morir en la disolución de los licores, de los humos trenzando minutos, de las caricias, de las sonrisas, del buen vino y sus derivas.
Y en sus derivas me pierdo, me complazco y me encuentro.
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