La recepcionista

No sé cómo se llama esta chica, ni la edad que tiene. Sé dónde trabaja. Me lo ha dicho una amiga, que trabaja con ella: me envía un emilio con cuatro fotos y me comenta que es la recepcionista de su empresa, y que ha comunicado que se presenta a Operación Triunfo.
No sé exactamente si es guapa, pero tiene una cara lagarta que pone mucho, y lindos pechos. Y me escribe esta amiga diciéndome que causa furores inguinales cuando baja a la cafetería a hacer su pausa matutina cabe la cafetera. No me extraña.
Y vuelvo a mirar las fotos: sobre la barra del bar, exhibe encantos jugando con un micro de los años cuarenta, estira con lujuria prometedora su espalda y arquea el cuerpo, y mira a cámara diciendo palabras que no se dicen con luz. Es la recepcionista.
Y pienso en las miles de mujeres que siembran de lascivias los rincones de internet con las que me solazo en ocasiones. Recepcionista esta, contable otra, manipuladora de alimentos la tercera (imagino ahora), fresadora, secretaria, carretillera, comercial, jefa de compras, secretaria de RRHH, reponedora, abogada, ambulanciera, estudiante, ama de casa… Súbitamente estas chicas que se me muestran tras el vidrio medio desnudas, o desnudas y abiertas de patas y del todo, copulando, masturbándose, luciéndose, contoneándose, bailando strip-teases que el novio rijoso a puesto a disposición del público (a veces con complicidad, a veces con despecho y alevosía), estas mozas exponiendo la lujuria propia y sus habilidades felatrices, dándose a desconocidos como yo que, embravecidos por el cristal que nos ampara y enardecidos por lo que vemos (somos los hombres, es sabido, animales visuales), en un plisplás aliviamos nuestra soltería o los malmaridajes del día a día, súbitamente, digo, adquieren una humanidad de nómina a final de mes y amenorreas, una cotidianidad de bolsas de la compra que no caben en el maletero del utilitario.
Eran sólo hembras desnudas que ofrecían su sexo y la práctica del sexo con parejas cuya cara no importaba. Ahora son personas. Y curiosamente no lo pensé hace unos días, cuando me encontré con una ex compañera de trabajo que, bajo el pseudónimo de Venus O’Hara (es irlandesa), está haciendo carrera en el mundo del cibersexo. Me enseñó la web que prepara, me habló de proyectos delirantes para fetichistas, del mercado existente en este submundo de la sexualidad, la procelosa galaxia del cibersexo. Y también, dentro de su cotidianeidad, me contó cómo la empresa para la que trabaja le rescindió el contrato pero que sigue trabajando en lo mismo, ahora, como autónoma, y me contó de sus líos con su último fucking novio, y sus salidas a los locales de ambiente. Y la tenía allí delante (en un pub irlandés, claro, ¿dónde si no?), oliendo bien, contándome su reencuentro con una alumna, contándome la última movida en la empresa donde coincidimos hace cuatro años… Y mirando muy dentro de sus ojos veía a una persona. Y a una persona como yo: abierta, curiosa, viva… no sólamente a una hembra de pechos generosos, labios carnosos y dotes amatorias extraordinarias como, en tiempos, pude comprobar.
Me doy cuenta, con este email de la recepcionista, mea culpa es, mea magna culpa, de cómo he objetizado a las mujeres (¡tantas!) que he usado para satisfacer mis urgencias conectándome a una u otra página guarra.
La culpa no es tanto por haberlas usado (que tire la primera piedra quien esté libre de paja!) sino por haberlo hecho sin conciencia.
¡Ay! Cuánto camino aún por recorrer…
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