Balance

A finales del año pasado reuní en un volumen las crónicas de mis viajes y malandanzas que se habían ido publicando en la Revista de Proscritos y algunas otras colaboraciones con las que yo por aquel entonces contribuía en su blog. Añadí algunos textos que no me había atrevido a dar a la luz, por estar entonces emparejado, y que relataban los puteríos, las orgías en las que participé, los adulterios que cometí, y algunos secretos laborales prefería tener callados. Y con todo ello resultó un conjunto de crónicas que alcanzaron las 170 páginas. Yo, empeñado en sacar adelante lo que guardaban mis cajones, no me había dado cuenta de cuánto tenía ya editable.

Encuadernadas, las Crónicas del viajante viajero empezaron su periplo por despachos de agentes literarios, correctores de estilo y directivos del mundo editorial de Barcelona. Hoy ya puedo hacer balance.

Las crónicas no serán publicadas. No ahora, al menos, mientras perdure la crisis que afecta a nuestra economía, y que fuerza a los intervinientes en este mercado (agentes literarios y editores) a ser muy cautos, a ser muy conservadores, a apostar solo por valores consolidados. Todos los profesionales que las han leído han valorado el interés y el estilo, han dicho haber descubierto a un escritor con voz propia y una visión del mundo madura. Las crónicas, sin embargo, son género de difícil ubicación en muchas colecciones. Más aún para un escritor novel. Todos me preguntan, para terminar, que qué más tengo en los cajones.

En los cajones tengo poco: sólo una novela. En los cojones, en cambio, sí guardo muchas ganas de hacer más. Y me buscaré el tiempo, de ahora en adelante y tan pronto vuelva de mi “retiro itinerante”, para rematar las setenta páginas que han de crecer para ser la novela que, si acierto en acabarla y la acabo bien, sí podría ser publicada. Y para seguir con la historia que ha ido creciendo en los últimos años y que poco a poco sé es una gran historia, una buena novela en ciernes.

Me voy, pues, al camino con un fardo menos de dudas: los que saben de esto han apreciado lo que escribo. Los que viven de esto me consideran un posible autor. Y me congratulo de haber ratificado, con opiniones interesadas en hacer negocio con lo que escribo, que puede haber salida pública a tantos MiedosLibres como logre poner por escrito.

Porque seré incapaz, esto ya lo sé, de escribir sobre templarios, policías cibernéticos, mensajes cifrados en viejos puentes. No. Escribiré sobre lo que sé, lo poco que sé, sobre lo que tengo a mano. Sobre pasiones, sobre sexo y cuerpos trabados en desnudos cuerpo-a-cuerpos, sobre dudas, sobre solterías en caminos cuyo destino se ignora, sobre miedos y fugas adelante. Sobre lo que me pida el alma, o el cuerpo. Y seguiré los caminos que la tinta indique.

Este tanteo me ha permitido descubrir, o comprobar, cómo el escritor es mero productor en busca de un canal de distribución. Lo que escribimos no puede ser comparado, por poner un ejemplo, a meros trocitos de latón cromado como los que fabrica un grifero, pero sí que comparte con éste una misma inquietud: ¿tendrá mi producto (libro o grifo) cabida en el mercado? Y si no la tiene: ¿Qué puedo cambiar, en el diseño, en el márketing, en el precio (para los grifos), en el estilo, el tema, o el punto de vista (en el libro), para ser demandado por el mercado?

La diferencia básica estriba en que un grifo satisface una necesidad: todo el mundo pasa por el tubo, y alguien tiene que cerrarlo (la frase es de uno de mis mentores en el sector de los equipos para la manipulación de fluidos). El escritor, en cambio, no satisface ninguna necesidad perentoria del público al que se dirige: simplemente ofrece al mercado algo que, con suerte, oportunidad y tino, encontrará acogida. Sí satisface, sin embargo, la necesidad que la industria editorial tiene de tener producto con el que mercadear: agentes literarios, correctores, editores, publicistas, críticos, impresores, distribuidores, libreros…; lo cual, me temo, hace que los escritores se vuelquen más en satisfacer esta necesidad mercantil y adecuarse a lo que el canal de distribución pide antes que darse a la Literatura y al común de la gente que les ha de leer, sacrificando así afanes estrictamente literarios que, desde siempre, son los únicos que han hecho progresar a la Literatura. En fin: pitjor per ells, per ells faran.

De esta exploración del mundo editorial de Barcelona me quedo con los contactos, con el interés mostrado, con la satisfacción de confirmar que estoy en la buena senda y que me siento colmado por los halagos recibidos; y con los ojos azules de Anna y de su equipo que sabrán (lo sé) acompañarme en la aventura y darme la mano cuando convenga (para beneficio de ambas partes).

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