Refugio

Hay un momento en que no puedes más. En que quieres tirar la toalla y el pellejo entero. Un momento de desolación en que, más el que el cansancio físico, te vence la derrota del corazón, te derrumba la fuerza de la mente, te aterra el peso de los lastres. Y la inmensidad del cielo, y la rugosidad del terreno, y el verde de los campos, y la sequedad de la boca, y tal vez el hambre, tal vez los calambres, tal vez también una picada de abeja en la frente, o el agobio (igualmente punzante) de saberse perdido, de no lograr zafarse de la imponente presencia de la montaña sagrada hacia la que todos los caminos y todos los senderos se empeñan en llevarte.

Entonces aparece, por ensalmo y por disposición de la Fortuna que nunca ceja de velar sobre el caminante, una cabaña de pastor en mitad de un sembrado.

Y en ella hallé refugio para esperar que se pusiera el sol, para cobijarme de la noche y destejer el enredo de mi extravío.

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