Cae la tarde

El Sol. La tarde pasa entre matas de romero florecidas (delicados tonos de azulete en pomos que el viento cimbrea contra el añil del cielo) y almendrales en flor por los bancales subiendo y bajando las lomas, por los campos aterrazados donde también los olivos de los márgenes, junto al camino, esperan con sus arrugas en ristre que los fríos de noviembre lleguen.

De fondo, y a contraluz de la tarde que extiende sus sombras, el macizo de Montserrat, como una dentellada contra el cielo, marcando en alto sus caprichosas formas. Todo el día recorriendo sus pendientes, buscando sus caminos, sin encontrar ninguna salida.

Sediento, me concedo un descanso, tras cuatro horas de marcha, me siento sobre unas lajas cabe el sendero, descabalgo la mochila, descalzo los pies y estiro las piernas, cierro los ojos mientras vierto agua en mi sed. Cierro los ojos y el mundo enrojece, empieza a sangrar a través de los párpados, la cara siente el calor del sol. Zumban los insectos. Una china se deja sentir donde el talón se apoya en el suelo, una sisa del pantalón me aprieta en la ingle, el pecho respira el frescor del sudor que ha empapado la camiseta y que la leve brisa refresca. Siento el pálpito de los músculos esforzados.

Enciendo un pitillo. Fumo mirando las formas (inverosímiles, atrevidas, inexplicables) que siluetan la montaña frente a mí. Y me siento solo.

Bebo otro trago de agua.

Apago el pitillo contra el suelo y meto la colilla en un bolsillo.

Percibo claramente cómo me tienta volver sobre mis pasos, subirme al tren y volver a casa, tras cinco días de marcha. Siento doloridos los hombros, cansados ya, tras cinco días, de cargar con la mochila. Miro en derredor y me pregunto qué hago en esta soledad de sendas confusas, campos enrevesados por lomas y desmontes sin evidente salida donde llevo horas caminando tratando de alcanzar el Bruch. Una congoja crece en mi pecho; me sacude un conato de llanto que no sé de dónde viene, pero que crece y que pretende apoderarse de mí. Cierro los ojos de nuevo. Me dejo embargar por las ganas de llorar. Y sin embargo no lloro. Y tampoco tiro la toalla.

Tampoco la segunda colilla, que vuelvo a guardar en el bolsillo, antes de incorporarme, de calzarme botas, de cargar de nuevo la mochila al hombro, de recuperar mi cayado y de reemprender el camino, ahora ya consciente de que no estoy en el buen camino, de que aún sin estar perdido, no tengo ni fuerzas ni ganas de buscar la manera de alcanzar hoy el collado del Bruch, y sabiendo que quiero simplemente hallar dónde estirarme a seguir fumando, a seguir esperando que pase la tarde, que caiga la noche, que me arrulle el olvido y despierte mañana con fuerzas para seguir otro día.

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