Sol de miel

¿Qué quieres desayunar?

¿Mmm?

Que qué quieres comer.

Te quiero comer.

Calla tonto… Que qué te apetece desayunar, digo.

Te quiero comer.

Luego un largo silencio. Miro la luz listada del sol que entra por la persiana y raya la pared con manchones alargados, gandulas paralelas de luz amarilla que se estiran desde la ventana hasta el suelo. Mi cuerpo, yerto junto a suyo, ha recuperado el sosiego tras los embates de pasión con que hemos alargado la mañana. El suyo también. Si giro la cara y la aparto de la pared, veré su cabeza apoyada en mi pecho, noto su peso, acolchado con su olor a mujer ahíta, con rastros aún del perfume ahumado y musgoso con que se empijama para meterse en mi cama. Su rodilla se apoya en mi muslo, siento el frescor de mi zumo goteando sobre mi piel, goteando sin prisas, vaciándose, como si ella me estuviera ahora devolviendo aquello con lo que yo, apenas unos momentos antes, la llenaba.

Estiro la mano y acaricio su espalda. Con el dorso de la mano recorro lentamente la suavidad de su piel. Ella me besa en el pecho, mesa el vello de mi pecho, sonríe como sonrío yo.

OK, dice, ya lo tengo. Me lo dice con una sonrisa que no sé interpretar. Me esperarás aquí, ¿eh? ¿Crees que después de la fiesta que nos hemos pegado voy a poder irme muy lejos? protesto. En realidad, pienso, no sé a qué se refiere ese OK tan taxativo que le ha iluminado la cara, y eso me inquieta Acércame el papel, dice. Le acerco el rollo de papel y ella se incorpora sobre la cama, se limpia, me clava al lecho con sus uñas marcándome el tórax por debajo de las tetillas mientras me susurra amenazadoramente: Tú quieto aquí, y clavándome también con la mirada: sus ojos de color canela, su franca sonrisa, y yo como un San sebastián, desnudo, yerto, asaetado por tantos deseos que (ahora lo siento) me intimidan. Me inquieta no saber qué se propone.

La miro moverse por la habitación. Antes he dicho San Sebastián. No, pienso, me siento como un San Bartolomé. Esta mujer es una fiera, pienso, mientras la miro moverse, agachándose (tremendo escorzo) a ponerse unas sandalias (cuyas suelas luego oiré tabletear escaleras abajo y por la cocina de un lado al otro), se echa encima una de mis camisas y al salir del dormitorio me mira una vez más sin desvelar sus intenciones, y sigo un rato mirando la pared, viendo en ella las escenas del coito, del desollamiento al que me ha sometido. Gloria es una mujer poderosa. Y de mí tomó posesión en cuanto le dije (¿o lo mandó ella?) que subiéramos al piso de arriba, tras los besos del sofá, cuando ya la botella estaba en las últimas. Miro la pared de este sábado a rayas, oigo cierto trajín tranquilo en la calle, pían algunos pájaros, me siento plácido, flácido, vacío. Me ha tomado, me ha despedazado. Lo hizo anoche y esta mañana lo ha vuelto a hacer. Me ha comido, me ha rasgado, arañado, besado, mordido, pellizcado todos los rincones de mi piel, como buscando atravesarme, como tratando de llevarse mi piel consigo. Cuando me la comía sentía su voracidad, hasta el punto de que me he corrido en su boca y sonreía (ella, ella sonreía; yo estaba patidifuso, horrorizado, temiendo no hallar fuerzas para un segundo lance, lamentando estar descargadno antes de tiempo –¡pero ¿quien hubiera podido evitar los efectos que sus mañas felatrices han logrado…?!). Y ella se ha encargado, tras una pausa, de remontar el partido con una petite mort que nos ha llevado en volandas hasta el sueño de esta noche de verano bien regada que ha seguido, que está siguiendo, que hoy despierta, que estoy siguiendo y contando, ahora, mirando la pared tratando de reunir mis fuerzas, escuchando sus pasos en la planta baja, oyendo el armario, respondiendo apenas a su grito: ¿Café, cariño? Y yo: Sí. Solo, sin leche, sin azúcar. Necesitarás azúcar, me replica (me imagino su sonrisa). Bien, le digo, pero no mucho.

Me acaricio. Mi pene desmoronado, arrugado, con unas gotitas aún no del todo secas en su extremo, mis testículos flotantes, mis muslos que aún recuerdan el estremecimiento de nuestros ardores, mis manos que no se han hecho todavía a la rotundidad de sus pechos, me miro las manos con una curiosidad como recién estrenada: veo en las falanges las arrugas de la edad. Y busco en mis dedos el fulgor de las caricias con que he amasado su cuerpo. Nada de eso queda, nada en la piel, todo en la memoria. Cierro los ojos y rememoro mi polla entrando en ella. Es una imagen, me deleito en ella. El pene sigue ahí abajo flácido, encogido, como ajeno al barullo que, horas antes, minutos antes, estaba protagonizando.

Por el hueco de la escalera sube el aroma del café. Y luego ella con una bandeja. Torrijas, café, azúcar, rebanadas de pan tierno, mermelada, un zumo de naranja. Y el sol que sigue pautando con cinco líneas diagonales la pared. Me incorporo.

Desayunamos.

Es cuando terminamos, cuando yo ya pienso en ducharme y en las toallas que ayer no colgué en el lavabo, cuando ya estoy recordando el aviso luminoso del coche que me indica que un faro está fundido, esta semana he de pasar por el taller a que me lo reparen, cuando ya me imagino, en cuestión de dos horas, paseando por los bosques (necesito ventilarme), es entonces cuando ella vuelve a sonreir con esa cara que está diciendo Voy a tener sexo contigo, es entonces cuando se quita la camisa, cuando se estira de nuevo en la cama, tendiendo su cuerpo a mi lado, y me dice, después de coger el tarrito de la miel, me dice Aparta la bandeja, la aparto, la deposito en el suelo, junto a la cama, me dice ¿Te has quedado con hambre?, me dice Pues aquí tienes el postre, al tiempo que vierte una cucharada de miel en su pubis, Bien limpio lo quiero, con esa sonrisa, con esa misma sonrisa.

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