Eneko vuelve

Eneko me llamó ayer por la tarde, me dijo que había vuelto, que saldría hoy a tomar vinos por el puerto, que pasaría a verme luego. Eneko ha terminado disparándome la pregunta que no requiere respuesta: ¿Querrás?

Yo nunca he sabido decirle que no, que no quiero verle más, que no quiero que me llame, que no despierte, como sólo él logra, los libidinosos laberintos donde me pierdo sin remisión posible y siempre de su mano y entre sus piernas y sobre él.

Eneko es un tipo complejo, de estirpe reciamente batasuna que, por rebeldía, se alistó en el ejército. En el ejército de los españoles, me refiero. Se apuntó a la escuela de suboficiales, pidió un cuerpo de élite y por ahí anda, zapador paracaidista o comandos, no sé bien. Por teléfono me ha dicho que justo vuelve ahora de pasar tres meses en Kosovo, y que se va a Cartagena a hacer un cursillo, a saber de qué, tal vez artificiero de la Armada. Eneko es capaz de cualquier cosa, le viene de sangre: su abuelo fue gudari y se dejó tres dedos defendiendo Bilbao cuando la Guerra. El nieto cuenta que eran justamente los tres dedos de frente, los que se dejó el abuelo en el frente, y que así creció el padre, y así salió él rebotado: se metió en la más ominosa de las instituciones opresoras del estado (según opinaba la familia y su cuadrilla, que no daba crédito a lo que escuchábamos: Me voy a Tremp, a hacer el curso de suboficiales. Haré carrera en el ET. Alguien espetó: ¡Joder Eneko, que eres un marciano!).

Cuando pillaba permiso se venía a Lekeitio. Estaba unos días con sus padres (pocos) y luego me llamaba: ¿Querrás? Y siempre le decía que sí. Y luego desaparecía. No somos pareja, me decía. Sabrás de mí cuando vuelva. No te me enamores, neska polita, eso me decía al principio. Y se metía en mi cama y se colaba en mi agenda sabiendo ya qué día saldría de ellas.

Ayer me llamó para anunciarme su llegada. Y he vuelto a considerar a solas y con las amigas (¿No me digas que lo tienes al caer, niña? me soltó Idoia al verme entrar en el bar de los vinos después de su llamada: está dotada de una muy fina percepción para las felicidades ajenas) qué pulsión, qué apego enfermizo me ata a este hombretón de espaldas recias, músculos siempre en tensión y barba mal afeitada que no se limpia los dientes y me maneja como le da la gana y cuando quiere.

Sumisión.

Me siento atraída por él y sometida a él sin que pueda evitarlo. Y me complace en la cama como ningún otro hombre ha sabido hacerlo. Y me deja libre cuando no está. Y me permite lucir una sonrisa que es la envidia de mis amigas y el misterio de mis ocasionales amantes, que ignoran todo de su existencia.

Cojo hora con Luisa. Preparo la lista de la compra. Doy un toque al portero para que suba de una vez a acabar de colgarme los visillos del cuarto. Desde la última vez que tuve a Eneko en casa he pintado el piso y me gustaría que lo viera impecable. Sé que él ni se dará cuenta: ellos, estas cosas no las ven, pero me satisface tenerlo todo en perfecto estado de revista.

¿Especial? Sí, le digo a Luisa. Ella hace muchos años que cuida de mi melena, de mis depilaciones. Ella ya sabe que voy a tener visita. ¿Otra vez el soldado? Nunca lo menciono, pero ella lo intuye al verme, o tal vez la premura con que he pedido cita me ha delatado, no sé: así de intuitivas somos las mujeres. Luisa es de las pocas que sabe de él, fuera de mi círculo más íntimo de amigas. Y sabe que un depilado “Especial” más la mención al soldado equivalen a dos o tres horas de dedicación a mis pieles y vellos más íntimos, para dejarme impoluta de arriba abajo. Luisa lo hace bien, y me someto también a ella con una mezcla dolor y placer que es anticipo de lo que ha de seguir: cuando tira de los plastrones de cera respingo y suspiro alto. Quita, quita, que no está tan caliente, me dice. Y suspiro de nuevo, deseando que acabe. Cuando ataca el pubis, Luisa logra pelarlo con una delicadeza cuyo valor no es monetario; mondo, limpio, diáfano, dispuesto… así lo deja, así me gusta ofrecérselo. Así le gusta a él. Luisa, una vez admitió: ¡Qué lindo coñito tienes, niña! Si te contara la de odaliscas que he tenido que arreglar… y suspira con un deje de desespero, y yo me río, y dejo que cubra de espuma los recovecos de mi intimidad. Y sonrío luego cuando me imagino a las vecinas gordas de la vecindad estiradas en esta misma camilla tratando de enmendar lo que poco remedio tiene ya y, sospecho, nulo efecto en sus maridos, tan decrépitos como ellas odaliscas.

Dijo que saldría a vinos. Prepararé una cena fría, y le esperaré procurando poner cara de no estar esperándole. Es una comedia. Y disfrutamos de ella.

Se alza el telón: ahí le tengo, tapando con su cuerpo la luz de la escalera. Pasa, Eneko, pasa. Da un paso al frente. Cierra la puerta detrás de si, sonreímos. Nos abrazamos. Huele bien, me fundo en su abrazo, nos besamos. Sonreímos.

¿Un poco más de vino? le ofrezco. Claro. Y me acompaña a la cocina. Ha dejado un bolsón de lona junto a la puerta, lo veo cuando vuelvo al salón con las copas y se lo señalo con la cabeza. ¿Me dejas estar tres días? pregunta. Claro. Nos sentamos en el sofá. Estuviste aquí antes de Navidades. Tres meses, sí, fue antes de irme a Kosovo. ¿Qué tal por ahí? Bien.

Eneko es parco en palabras. Y es un mudo tenaz en cuanto se le pregunta por sus destinos. Nunca cuenta nada. “Bien”, dice a lo sumo, como cuando éramos niños y las tías nos preguntaban que cómo nos iba en el cole: “Bien”. Nunca explica nada, ni concreta, ni alardea, ni se explaya en explicaciones o anécdotas. Su mundo castrense es como si no existiese fuera del uniforme. Sólo unas pocas indicaciones relativas al destino (que si una visita al Líbano, que si unas maniobras en Socotra (¿Dónde cóño está Socotra? me he preguntado siempre), que si un acuartelamiento en León, que si un curso en Fort-no-sé-qué (Texas)…

¿Y por aquí? me pregunta él. Y desgrano las últimas noticias de la cuadrilla, y comparto con él mis cuitas en el colegio, las metidas de pata de la nueva directora en el seminario de psicopedagogía, en fin, cosas mías. Eneko no cuenta nada, es cierto, pero tiene una virtud de oro: escucha, escucha muy bien. Fija sus ojos en mi cara y atiende a lo que cuento. Y sus pertinentes preguntas revelan cómo informaciones anteriores, de la última charla, de hace tres meses, o de hace un año, siguen en su memoria: ¿Y de aquel sobrino que operaron, qué se hizo? Y le cuento el final de la historia, que su partida a Kosovo dejó sin final. Y puedo pedirle consejo en relación a mis amantes. Él conoce a muchos. A menudo logramos verles. Nos da mucho morbo. Salimos de casa por separado y quedamos en vernos en el bar, donde yo estoy charlando con uno de ellos, y se presenta él, pam, con toda su envergadura y su desparpajo de quien no ignora los usos y costumbres de nuestra pequeña sociedad y sin embargo osa saltárselas con su directa simpatía que saluda y se sienta con nosotros antes aún de las presentaciones, para pasmo del amigo-amante que no sabe, ni ha de saber, el vínculo que nos une. Y luego se va, sin más, después de un zurito, a seguir la ronda en otra parte. Y más tarde en casa me dará su opinión, no siempre acertada, pero siempre afilada. También yo le pregunto: Eneko, Eneko, a ver, cuéntame: ¿ya te has enamorado? Eso suele ser con la botella de Rioja bien mediada, cuando después del sofá hemos pasado a la mesa y cenamos unas kokotxas, o unos pimientos rellenos de queso. También estas preguntas le enfurrruñan. Quisiera callar, pasar a otro tema, limitarse a decir “Bien”. Pero una noche le puse firmes: Con tus destinos y batallitas, Eneko, me da igual; tú sabrás en qué guerras te metes. Pero si pretendes entrar en mi coño, quiero saber en cuáles te metes tú.

Al principio no me decía mucho. Supongo (es mucho suponer, con un hombre tan opaco) que tenía miedo a ser juzgado. Pero nunca le juzgué. Y con el tiempo aprendió a compartir conmigo la existencia de una soldado de caballería que le hizo tilín, y que le dio calabazas después de tres semanas, y mencionó algunas correrías en lupanares de arrabal. Siempre con condón, me aseguraba, sin dar otros detalles, cosa que yo agradecía.

¿Una copa?

Sí, me dice, pero recojamos antes la mesa y vayamos a tomarla a tu cuarto, ¿querrás?

Y el querrás se me vuelve a clavar en la desnuda bisectriz de mi deseo. En la cocina, frente a la pica, me abraza, se pega a mi espalda, me huele la cabellera, hunde la cara en mi hombro, exploran sus manos anchas mis caderas y mi vientre, y remontan hasta recoger los pechos. Me besa, culebrea detrás de mí y suspiro. Tiemblo súbitamente, con platos aún en las manos. Siento mi entrepierna incendiándose. Anda (me lo saco de encima), deja la basura fuera en el rellano, y vete a la ducha. Ahora te busco, me dice al pasar, mientras yo acabo de recoger, de sacar hielo para el whiskito que nos gusta saborear sobre la cama. A pesar de que nos vemos de higos a peras, sí tenemos unas ciertas rutinas que pautan los encuentros, aunque sean muchos los meses entre uno y otro. Hay una complicidad, una simpatía, un bienestar que sólo con él disfruto.

Yo ya he bebido un sorbo de whisky y le espero tendida sobre la colcha; le oigo acercarse por el pasillo. Con una toalla blanca ceñida a la cintura, se detiene sobre el umbral de mi cuarto y me mira, apoyando su indolencia contra la jamba de la puerta, como retrasando ese paso que le hará entrar en mi dormitorio, como saboreando la demora (aunque es mucho suponer: su cara impertérrita apenas expresa nada). Cuadrado de hombros, de recios brazos velludos, piernas grandes y musculadas, las mandíbulas como esculpidas con un par de hachazos y el pelo revuelto y brillante de humedad, muy negro, más largo hoy de lo que es habitual en él, el torso desnudo, el vientre marcando sin exagerar los músculos abdominales, me mira. Y como le miro, con deseo, me mira él: una mujer que a pesar de la edad se resiste a datarse por la fecha del nacimiento, una mujer que le espera perfectamente desnuda, tendida sobre la cama, apoyada en dos cojines que pronto saltarán al suelo con el primer asalto, para dar espacio a nuestros deseos según se enzarzen sobre la cama.

Cuando da ese paso hacia mí que espero, que espero desde ayer, y ese segundo paso que desciñe la toalla y le desnuda y expone, y ese tercer paso antes de que doble la rodilla para subirse a la cama, entonces, entonces ya sé que soy suya otra vez. Irremediablemente.

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