Golondrinas, hirondelles, orenetes y cabezas llenas de pájaros

Tomemos la frase: Les hirondelles cizaillent le ciel. Comparémosla a otras frases cuyos sentidos se aproximan, que bien pudieran ser traducción: Les orenetes tallen el cel o Las golondrinas cizallan el cielo.
No son lo mismo: en la frase francesa se da una sintonía harmónica entre fondo y forma: la liaison primero, seguido del líquido sustantivo con que los pájaros son nombrados en francés se alía a la redundancia fonética de las zetas en el segundo hemistiquio, la liquidez del hirondelles contrastando con el sema metálico (¿pesado, grávido, físicamente concreto?) de cizaille, que a su vez contrasta con la liviandad del abierto e infinito ciel (aunque asociados fonéticamente con la zeta), liviandad que entronca con el íncipit (la leve liquidez de hirondelles). En una mera frase simple (sujeto-verbo-predicado) hallamos pues un cúmulo riquísimo de ecos y contra-ecos, tanto fonéticos como semánticos, que no es posible rendir en otra lengua. La frase francesa, en este caso, bien podría ser un verso.
Y hoy, en Barcelona, les hirondelles cizaillent le ciel, sin remedio ni alternativas, por mucho que las oigamos volar en castellano, por mucho que evoquen primaveres de terra endins i d’anys pretèrits.
Me despierto en cama ajena con esta reflexión, este revoloteo de pájaros en la cabeza, fumando el primer pitillo junto a las orquídeas, dejándome lamer por el sol. Picoteo versos en libros que han quedado junto al sofá, junto a los vasos de ayer. Revolotea mi ocio frente al ventanal, en uno de estos patios silenciosos (sábado de mayo a primera hora) del Ensanche de Barcelona. Y rasgan el cielo las golondrinas con chillidos (chillidicos) que evocan veranos y primaveras entre piedras viejas.
Marsé, y su discrso ante el Rey, vuelven a mí. Y con las hirondelles vienen a mí también los problemas asociados a la lengua, a la elección de una lengua, al compromiso que debe uno adquirir con el instrumento de su arte. A la suerte inmensa que tengo de poder optar entre dos lenguas propias y una que con el tiempo he hecho mía. A lo que eso implica. A lo que esto complica.
Sería como si un músico tuviera que escoger entre juegos de notas diferentes e incompatibles. O compone con el Do-re-mi-fa-sol o con el (pongamos por caso) Tu-se-liu-ma-ra-qu. Debe hacerse la elección.
Y ésta tiene una componente que no sé manejar, que me da miedo (supongo que porque implica un compromiso); esta componente de la elección no es moral; no hay buenos y malos, en esta disyuntiva: todas las lenguas permiten los juegos, generan los efectos…; no hay lengua que no esté preñada de poesía si la insemina el trabajo que con ella ha de hacerse para que fructifique(“poeta i fangador só…” de Verdaguer). ¿Es una decisión política? Desde luego, está ligada a la polis y a la cultura en la que me inserto.
A diferencia de Marsé, yo puedo escoger. Y es l’embarras du choix lo que me bloquea.
Bueno. Tomaremos, si jamás la tomo, la decisión más adelante. Mientras tanto, seguiré oyendo chiar a las golondrinas en los cielos limpios de mayo, y disfrutaré del sol sobre mi pìel desnuda.
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