Exhibíamos ayer

Decíamos ayer que debíamos ahondar en la pulsión exhibicionista de la blogosfera, y más aún de este mi prescindible blog.

Un par de artículos que recién pasaron por mis manos (uno ya mencionado antes y este otro de Juan Goytisolo) abundan y se alzan (o insurgen) contra la escandalosa exhibición de lo privado en nuestra sociedad, y aún más (con motivo de una biografía tan prescindible como estas líneas que acaba de aparecer sobre Gil de Biedma) del negocio que con tal rastrero cúmulo de trapería maculada hacen algunos buitres de la Literatura que poco aportan a la comprensión del personaje, de los escritores o intelectuales diseccionados in vivo o post-mortem. Como dice Goytisolo en este artículo “Los episodios y vicisitudes de su vida, expuestos a la luz del día, cumplen una doble función: la de rebajarlos, para consuelo de mediocres, al nivel de todo hijo de vecino y, paradójicamente, la de fortalecer y amplificar el mito”.

Diremos que quien suscribe está fuera del negocio. Lo mío, si ha de calificarse, puede ser ocio o vicio, pero no negocio. Un tiempo hubo en que mostrarme en canales ajenos pudo generar un atisbo (lo dudo) de ganancia. Pero no ya. Y el ocio, según se me va llenando la agenda con viajes y tareas y rastreos de mercados y citas aquí o acullá, se hace pesado. Y aún así, una pulsión me trae a estas pantallas sin remedio. Es la imposibilidad de escapar al destino de escivivir (no, M.: aún no he leído el libro de aquel catedrático de economía y al tiempo funcionario del banco de España que era tan literato y tan escritor hasta el punto de madrugar cada día para poder escribir unas horas al día antes de incorporarse a su docencia o sus horas de negociado en el banco; no quisiera yo me entrasen ansias de emulación que desbaratarían aún más mis escasas horas de sueño).

Diremos también que hoy leyendo al sabio Steiner, leyendo la reseña de uno de los libros que no escribió, de bruces me he dado con una reflexión que viene al caso. En relación a su apolitismo (¿epícureo?) desarrolla un argumento de defensa a ultranza de la privacidad; si la política se ocupa de la Res Publica, a él le basta el bienestar privado, si una cierta seguridad impera en las calles, si una cierta seguridad le permite desarrollar sus cábalas y sus teorías intelectuales (en sí mismas tan poco “productivas”). Y (guasón) apunta, para rematar un sesudo párrafo sobre la hasta no hace mucho respetada privaciad de la fe de cada uno: “Mientras escribo, esto por la televisión dan un concurso de masturbaciones”.

Pero la blogosfera (y así retomamos el cursus), y aun añadiría la cínica literatura actual, no pretende hallar nuevas maneras de interrelacionar saberes o culturas (Needham, el lenguaje de Eros…, por citar dos de los temas que Steiner hubiera deseado desarrollar –éste último es el que me ha llevado a buscar y leer este libro rico en sorpresas y conjunciones inesperadas). Y no teniendo nada que decir, llena el espacio de prescindibles noticias de corto alcance cuyo único interés, si lo hay (no siempre es el caso), consiste en el estilo con que esas nimiedades son dadas al público.

Y no teniendo nada que contar, o teniendo cosas que contar que no quiero dar aquí al menudo público que me sigue, exhibo, en efecto, retales rotos, fragmentarias verdades, harapos, metáforas que tapan (y a la vez destapan) verdades incómodas, trenzo complicidades y hago guiños, apunto temas, los trabajo a falta de mejor urdimbre donde tejerlos, y me cubro con los trapos que tengo, quizás sucios, sí, pero míos. Y procurando siempre, aunque no siempre logrando, que sean legibles y que la figura compuesta guarde cierta compostura, porque, como decía, quizás sólo sea esta dedicación un relleno a los días sin compañía, a las horas entre citas, a los miedos que me aprietan estando solo. Y quien da lo que tiene no está obligado a dar más, eso he oído a menudo en casa.

Y es que no hay más tela que la que arde en el pábilo tembloroso de quien sonríe en la foto de arriba, protegido del sol por un sombrero y una mirada que escudriña desde su oscuridad cuidándose mucho de juzgar nada. El resto es cera que ha de arder. No más.

Y cuando me es posible, aunque no siempre, procurando ofrecer al respetable “perlas en el muladar”.

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