Albariños Like White Elephants

–I said the mountains looked like white elephants. Wasn’t that bright?
–That was bright.

No es territorio comanche, pero es un barrio, el Guinardó, que conozco poco, si no es por lo leído en las novelas de Marsé, aunque leer, como dejaremos claro luego, no nos libra de extravíos, ni nos exonera de pérdidas, ni aminora cegueras.

La cita es a las siete, la luz y el calor remiten. A las siete y diez ya nos hemos encontrado, a las siete y quince ya hemos contactado. Cuando nos sentamos en la última mesa al fondo de un mesón gallego ya estamos ambos en sintonía. ¡Cómo no voy a sintonizar con alguien que reconoce su filiación en el Comte de Saint-Simon! ¿Acaso no soy su hermano, si así es? El alborozo (al principio tímido) nos invita al albariño.

La mesonera trae una botella de albariño, pues, y un platillo de chorizo picante.

No nos conocíamos. Un amigo común sugirió que quedásemos. Sabía que congeniaríamos. Y así fue.

Copa tras copa de albariño fueron cayendo y dando un cierto frescor ácido (cubitera mediante) al repaso a los autores, géneros y manías de dos escribidores frente a frente. Él cuentista, yo cronista de mis días, turnándonos en la mención de un autor, y luego otro, a cual más valorado, aquel denostado por sus novelas y ensalzado por sus cuentos grandísimos como elefantes blancos, la arquitectura bien trabada de las frases flaubertianas (apuntando alguna discrepancia: Mme Bovary vs L’éducation sentimentale), los miedos frente al folio/pantalla en blanco, la sangre de los cojones que no siempre suficientemente tiñe de verdad cuanto escribimos, la utilidad de lo que hacemos, la epifanía de nuestras respectivas pasiones, el pálpito entre dos lenguas (ambas nuestras, la castellana y la catalana), la verdad última de un verso (a estas alturas la mesonera trajo la segunda botella de doradas complicidades embotelladas) , los secretos de nuestras libretas, Kafka y los viajes que quiso hacer y no hizo, mi miedo frente al Galil en la frontera del Jordán y las contrafobias de uno y otro, sus sueños que escriben de noche lo que luego simplemente ha de transcribir, las desilusiones, las fantasías marfileñas en torres o eriales apartados del mundo, los secretum iter hacia autores que uno u otro desconocía (James, por ejemplo con quien jamás he podido), las relecturas, los íncipits gloriosos (Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…), lo último que recién acabábamos de descubrir, los novelones, las escuelas, los mitos, la televisión y las nueve, fatídicamente, inesperadamente, hora límite y raya que no nos hubiese importado cruzar, para seguir explorando maneras de leer, de ver, de comprender y de compartir. Fraternidad en el desamparo frente al mundo, complicidad de haber catado los frutos prohibidos… y tanto más que será, en futuros encuentros, explorado, cartografiado, celebrado.

Sí:

–That was bright.

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