Marea blaugrana

En julio del año pasado, la marea roja de la hinchada española inundó el país. Ya comenté entonces los miedos y temores que todo aquel fervor me despertaba, derramado por ciudades y pueblos, salpicando tertulias y sobremesas, inundando calles, bares y polígonos, aquella pasión jubilar rojigualda que, por suerte, remitió sin más cuando llegó septiembre. En mi pequeño país, ay, lo mismo ocurre hoy.
Y está ocurriendo desde hace unas semanas. Las senyeres (banderas catalanas) que se pusieron a campear cuando llegó Sant Jordi y regó de rosas nuestras calles, aquí han quedado, acompañadas de numerosas banderas azulgranas (una bandera ens agermana. / Blaugrana al vent), colgando como sábanas napolitanas en los balcones, decorando escaparates carnicerías, en forma de bufanda abrigando a las maniquíes de los sex-shops, en las pastelerías, en los mostradores de las mercerías y en los atriles donde los restauradores exhiben sus menús. La marea es nuestra. Roja. Amarilla. Azul. Grana.
El miedo es también el mismo. Rrojigualda la de ellos o cuatribarrada la nuestra, los colores y el diseño de las banderas apenas tapan el bullir de sentimientos nacionales enfrentados, como la pitada de Mestalla también evidenció. Desde luego, los sentimientos arropados con la tela que ondea al viento y que ondeando fiera los proclama con la voz gritona del desafuero que sigue a muchos años de tener que estar callados. Han sido demasiadas Eurocopas no ganadas por España hasta la del año pasado, demasiada sensación de apocamiento del nacionalismo español en relación a los otros nacionalismos peninsulares, que con motivo de la Eurocopa halló el gatillo para disparar sus salvas de alegría. En Cataluña demasiado clamor reprimido (por ahora soterrado, pero que desde hace unos años emerge y emerge –y luego habrálos que dirán que no sospechaban nada, cuando al fin el pequeño país diga “Prou!“), demasiada sensación de estar ahogándonos en una España que no nos quiere como somos… Y mi parte “buen chico” (el del seny y el conformista) tiene miedo. El bon jan mira las calles de su país, lo vive todo desde su barrera, y siente la misma inquietud con que vivió la marea roja del verano pasado.
Pero está el Pedro de la rauxa: el sentimiento de pertenencia a una comunidad de gentes. Indudablemente la mía. No puedo negar que si tengo un equipo, éste es el Barça. Y más aún el de Guardiola. Y más aún el del 2-6, repito, dos – seis (nombre, sea dicho de paso y con recochineo, que es cómo se han rebautizado los teoremas euclidianos en relación a las fabulosas triangulaciones del juego de este equipo de ensueño).
La marea blaugrana da miedo, sí. Pero es la nuestra, la meva al menys, agradi o no.
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