Manualidades

¿Cuántos de nosotros podemos decir a nuestros allegados: “Mira, esto es lo que hago en mi diario trabajo”?

Yo no puedo decirlo. Escribo informes, hago llamadas, concierto citas, persigo papeles, nombres en el cristal, aclaro dudas técnicas, hago malabarismos con cifras apretadas y los presento en columnas de colores vistosos, pongo chinchetas (virtuales) en mapas que incluyo en los power-points, y resumo mi actividad al final del año con una cifra de ventas que contrasta con la de gastos (que no incluye la tinta de las siete firmas que preciso para que se pague un billete de avión o una estancia en algún hotel de por el mundo afuera).

De pequeño me acercaba a una carpintería que estaba cerca de casa. En el montón de virutas y serrín me sentaba a jugar, hacía construcciones con cachos desechados de madera, y mientras Tomàs, el carpintero, viejo entonces, siempre calvo y de cabeza ahovada, raspaba tablones con sus instrumentos de acero, rasp-rasp, encolaba escuadras, componía puertas y portones, limaba, atornillaba, encajaba piezas, ponía en marcha la escacharrante sierra circular que chillaba y serraba tablones, los movía de un lado al otro. Recuerdo en un rincón las sillas a medio hacer: “Lo dimecres te les tindré acabades, no’t procupos” le decía al cliente que se asomaba para saber si Tomàs había o no ultimado su encargo. Y ambos miraban las sillas a medio componer, Tomàs rascándose la nuca con el lápiz que siempre llevaba en la oreja, el cliente proyectando el efecto de las seis nuevas sillas en su saloncito. Y ahí quedaban, las seis sillas, junto a dinteles, jambas y tableros que yo me entretenía en medir con los divertidos metros plegables del carpintero (amarillos, frágiles…).

Tomàs jamás podría enviar, telemáticamente, una de sus obras. Él fabricaba “cosas”. Yo genero, vehiculo, busco, proceso información. Él trabajaba con manos recias sobre madera. Yo buceo en información con las gafas puestas. Yo puedo escribir un resumen en el vidrio vertical de la pantalla de mi laptop y enviarlo al destinatario sin tocar ni consumir nada de madera para hacer ni siquiera el papel sobre el que antes se imprimían tantas cosas.

Envidio a aquellos que trabajan con sus manos. fisioterapeutas, jardineros, paletas, plomeros o lampistas, cerrajeros, peluqueras. Gente que conoce el valor de sus manos. Que peinan y amasan según conviene a quien esté en sus manos. Gente que puede decir. esta casa la hice yo, este libro lo he encuadernado yo, este peinado lo he logrado yo, este señor mayor que hoy juega a la petanca, lo he recompuesto yo, después de su accidente.

A modo de reflexión sobre las bondades del trabajo manual, recomiendo este artículo recién aparecido en el New York Times del pasado domingo. El autor es un tipo, Matthew B. Crawford, que tras estudiar filosofía se “retira” del mundo académico (o ni siquiera pone los pies en él como scholar) y se pone a regentar un pequeño taller de reparación de motocicletas. My God! Cuántas lecciones: es otro back to basics, que se comercializa en un libro que será interesante hojear. (También Slate glosa el libro.)
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s