La frontera de la piel, la única frontera

Las inmediaciones de la Suleymaniye, en Istanbul, han sido recientemente remozadas: con sus aceras bien planchadas, con parterres bien peinados y agradablemente decorados con flores rojas y palmeras bajas, apetece encontrar una terraza donde sentarse y dejar que pase la tarde tras haber pasado un rato meditando sobre las alfombras de la mezquita y bajo su inmensa cúpula. Pido un çay (té turco), barajo sobre la mesa unas postales y escribo palabras de amor para aminorar en lo posible la distancia de papá. Humedezco los sellos y ese sabor de cola seca en la lengua me remite a otras vacaciones, a otros viajes. Sorbo poco a poco el vasito de té, quemándome la lengua, los labios y las yemas de los dedos.

Poco a poco se tiñe de azafrán el cielo. Y pasa la tarde. Los alrededores de esta mezquita impresionante están tranquilos. Los turistas no llegan hasta aquí, prefieren rondar Haghia Sophia o la Mezquita Azul del Sultán Ahmet, del otro lado del Gran Bazar y cerca de Topkapi. Hasta aquí llegan pocos. Y yo que lo celebro. Cierro los ojos mientras bebo un segundo sorbo de té, y vuelvo a quemarme. Chían los pájaros. Un gato se escurre entre las mesas del bar; el camarero sigue sus movimientos con la mirada, atento. No tengo prisa.

Sobre las dos terminé mis compromisos laborales, tengo la tarde libre et l’embarras du choix. Aunque esta vez no dudo: salgo a pasear. Y tras un garbeo en la zona más turística, me pierdo entre callejas hacia poniente guiado por los minaretes de la Suleymaniye que asoman sobre los aleros y en las esquinas me señalan el camino, siempre intrincado, a veces pino, que me lleva hasta la terraza frente a los jardines funerales donde está el mausoleo de Solimán, terror de la Cristiandad, el “Turco” por antonomasia, el Magnífico, el espléndido, cúspide del señorío del Imperio Otomano.

Solimán el Magnífico fue quien logró tomar las inexpugnables últimas fronteras de lo que quedaba del imperio que fuera romano en su día, allá por 1453. Sus hechos de armas son dignos de reseña y sus muchas campañas, por los Balcanes y contra persas y armenios y rusos, innumerables. Su pericia como gobernante fijó (para bien y para mal) el destino del Imperio Otomano. E hizo, con las artes de Sinán, arquitecto del Serrallo, una de las más bellas capitales de Europa, que se conoce ahora, tras los nombres de Bizancio y de Contantinopla, con el nombre de Istanbul, donde sirven ardientes tacitas de té que se alargan con parsimonia de sol perezoso.

Solimán murió durante el sitio de Szigerat, en Hungría, combatiendo a los Habsburgo. Eso fue el 7 de septiembre de 1566. Su visir, el Pachá Mehmet, sin embargo, ocultó su muerte varios días para que el Príncipe Selim tuviese tiempo de proclamarse heredero en la capital. Mandó entretanto embalsamar el cuerpo del Sultán, falsificó su firma en los edictos del gobierno e incluso lo vistió y sentó a su mesa (cadáver de cuerpo presente y hambre mendaz) para que nadie sospechara nada. Cuando le llegaron nuevas de la proclamación de Selim como nuevo Sultán, llevó al muerto a enterrar a la Suleymaniye.

Tres días después, estoy en Ammán, apacible capital del Reino Hachemita. El Rey Abdalá figura en todas partes, de civil, de militar, wearing casual, con bata de dentista, con chilaba, en uniforme de gran gala, con casco de obrero… El rey mofletudo anda en todos los despachos que visito, a veces acompañado por su padre, el aún muy querido, me dicen, Rey Hussein. Añadimos la corbata al disfraz de business-men poco antes de subir a las visitas, luego nos la volvemos a quitar. El sol deslumbra, el calor es denso, y todo se mueve con una lentitud de camélido mareado.

A media tarde me dejan en el hotel. Es el momento de revisar correos electrónicos, pasar a limpio las minutas, darse una ducha, quizás estirarse a descabezar la modorra, antes de que vengan a buscarme para salir a cenar. Iremos a las dunas, me dicen.

Abro la prensa digital y por un breve en la Vanguardia me entero de que está ardiendo el secano de Balaguer. La información es escueta, insuficiente, pero la localización (en la partida que dicen de Can Sorigué, y extendiéndose el fuego por las riberas del río Farfanya) no deja lugar a dudas.

La angustia se apodera de mí. ¿Estará quemándose el Rodal, el pequeño bosque que compré en un roquedal del secano?

Tras el primer momento de inquietud, tras haber fracasado tratando de hallar más información en los medios de comunicación, tras un par de sms solicitando información adicional y que no son contestados en los segundos que siguen a su envío, decido meterme en la ducha, que es lo que estaba a punto de hacer.

Y sintiendo el agua caliente sobre mi cuerpo, considero cuán poca cosa somos, que sólo disponemos en verdad de nuestro cuerpo, por la frontera de la piel delimitado, no más. Acaricio mi frontera, la enjabono, la froto. Levanto la cabeza hacia el chorro de agua tibia y siento el bienestar, siento el día laboral desgajándose, yéndose por el desagüadero. Sólo hemos de preocuparnos de cuanto tenemos aquí y ahora. Si no está en tus manos, no está en tus manos. Olvídate de apegos, de querencias, de codicias, de avaricias: no tenemos nada. Si un fuego calcina el bosque y tiñe de ceniza el color del verano, quedará el recuerdo del sexo entre las encinas, el ruido de los búhos alzando el vuelo desde los cipreses, el olor del tomillo al caer la tarde, el recuerdo de la niebla en la fronda, y su silencio de febrero sin remedio.

Y salgo de la ducha. Me envuelvo en la toalla.

Y corro a pulsar la tecla F5 para actualizar, si cabe, la página de la noticia, y miro si algún correo (o un sms) me ha llegado con un sí o con un no, sí se ha quemado, no se ha quemado…

Qué poco, ay, me ha durado este punto estoico que estaba regando en la ducha. Y qué mal llevamos hoy en día, me digo (ahora ya seco y desnudo y tendido sobre la cama), qué mal llevamos algunos el no saber inmediatamente qué ha pasado o qué ha dejado de pasar. Y qué mundo habitamos, me pregunto, en el que una noticia de caracter local (un incendio en el secano de mi pueblo) me alcanza en Jordania y me desasosiega de tal manera.

Cuando son las ocho, ya estoy listo y dispuesto. Me recogen. Y vamos a las dunas, que resulta ser (¡vaya chasco!) un country-club elegante a las afueras de Ammán.

Un sms, al fin, me alcanza y me tranquiliza. No se ha quemado el Rodal.

Y digo que sí: sí, me apetece un narguilé, una pipa de agua. Apple flavoured, please. Y cenamos y entreveramos la conversación con hazañas de Salahuddine y recuerdos de la Nakba, comentamos el discurso de Obama en El Cairo y lo que hoy ha dicho Netanyahu. Mañana seguiremos hablando de proyectos. Pero no ahora: ahora es momento de relajarnos, de saborear una cerveza (Don’t tell Nadeem I’m drinking, he’s a strict musliman).

El espeso humo del narguilé encapota a ratos la charla. Nos quedamos en silencio mirando la piscina quieta y oscura, colgamos la mirada en las chicas que cenan en otra mesa. Humeamos en silencio.

Pienso en el çay que bebí en la Suleymanye. Y en el agua tibia de la ducha. En mi piel desnuda. En la de ella. En las inquebrantables fronteras de la piel. De todas las pieles. ¿De todas?

Mmmmh.

Another one?

Yeap, digo: the last one tonight.

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