Nasdarán, Rosa Silvestre en farsi

La feria del Oil & Gas de Teherán es una de las más importantes del sector en Oriente Medio; tiene lugar por estas fechas previas al verano, en el parque ferial de la capital iraní. Yo la frecuenté hace años, cuando rondaba el mundo ofertando válvulas para el petróleo.

Y ahora que me llegan noticias de tumultos en las calles teheranís, me acuerdo de aquella azafata cuyo nombre quería decir rosa silvestre en farsi, Nasdarán se llamaba. Contaba ella con apenas veinte años, cuando la conocí. Era estudiante de filología hispánica, se puso al servicio de la Oficina Comercial, y ésta me la asignó como azafata-intérprete durante mi estancia en Teherán. Nasdarán: ¿Qué habrá sido de ti?

Nasdarán reunía en ella la cautivadora belleza de un país que ha bebido de ríos que bajan de todas las montañas, de un país rico en desiertos y que luce a la vez neveros en las cumbres que rodean la capital. Morena, con ojos como almendras y miembros bien torneados, vino el primer día al stand de mi empresa vistiendo una bata rigurosamente abotonada, el pañuelo cubriendo sus cabellos y las maneras tímidas de quienes no saben aún cómo tratar al extranjero. Bastaron pocas horas de charla informal para rompèr el hielo y hacer amigables las horas de plantón y tentetieso que teníamos por delante: toda una semana luciendo sonrisas y corbatas y repartiendo explicaciones técnicas. Nasdarán me contó sus afanes, expresó la envidia que mis viajes le provocaban (–¡Ah!, se exclamaba, ¡si sólo pudiera ir hasta Dubai! como si Dubai fuera la tierra prometida), se quejó de no poder estudiar, de no poder obtener un permiso de salida para ir a Salamanca a hacer el doctorado. Me habló de su madre que llevó minifalda en tiempos del Shah y se pintaba la cara con los afeites que ella, en cambio, no podía lucir, y me dijo que no, que no podía, al día siguiente, venir más “occidental”, pues esperábamos visita de autoridades y los basiyíes nos vigilarán.

–¿Quiénes son los basiyíes? pregunté yo.

–Es la policía de la moral.

Los que daban correazos a las chicas demasiado “liberales” (esto es: que dejaban airear su melena, por ejemplo, o las que enseñaban un tobillo), o enviaban a los chicos díscolos (por beber indiscretamente una botella de licor, por ejemplo) a los batallones penitenciarios, los que aplaudían los lapidamientos de las adúlteras (léase “aquella que ejerce su más íntima libertad sin molestar a nadie pero sin el consentimiento del poder patriarcal”). En resumen: los amos y señores de los instintos ajenos. –Les tenemos miedo, nos vigilan.

Cuando al acabar la feria la embajada nos convocó a un vino español en los jardines de la Oficina Comercial, nos repartieron los tarjetones de invitación que nosotros (los diferentes expositores) distribuimos a las chicas que nos habían estado asistiendo.

Llegó la hora del “vino español”. Fuimos a la residencia del Consejero Comercial. Nos encontramos en la puerta con nuestro muy señor cónsul en Teherán, un hombre cuya prestancia luciendo capa española nos dejó turulatos. Y pasamos dentro, donde, en efecto, una mesa nos esperaba con un surtido de canapés y botellas varias de vino y algún licor. Tras seis días de feria, de calor estival y de ley seca, con alegría nos dimos a la charla y al picoteo alrededor de las mesas. ¡Qué bien sabe el vino español en una república islámica!

Había pasado como media hora cuando se abrió la cancela del jardín, y tan pronto estuvo entreabierta se escurrieron por ellas unas sombras rápidas desde la reja hasta la casa. Eran las azafatas, que habían venido juntas y juntas se colaron al interior de la residencia consular.

Y pasaron unos pocos minutos hasta que volvimos a verlas de nuevo. Con grandes sonrisas bien siluetadas en Chanel Rouge Allure, con melenas sedosas porque yo lo valgo y ondas fragantes al viento, con abismales escotes sobre tacones de vértigo y elegancia en los brazos desnudos que se estiraban hacía el camarero para hacerse con un copón de buen Rioja, las azafatas, en sus más lindas galas, salían del recibidor y se distribuían en los grupitos y reanudaban, con una sonrisa deslumbrante en la noche teheraní, en aquel jardín extraterritorial de la legación española donde las estrictas e hipócritas leyes del decoro de la República Islámica no aplicaban, reanudaban, digo, con más brío y soltura y alegría, las conversaciones de la semana que habíamos pasado juntos en los pabellones feriales.

Y entonces vimos, sí, entonces pudimos ver cómo la juventud quería otra cosa muy diferente de lo que tenían.

Y me pregunto hoy si Nasdarán estará en estos días de desasosiego por los bulevares de Tehrán, en Afriqiyah Street, en los parques, en los bazares, juntándose con tantos que, como muchos, muchísimos, están hartos del régimen y ahora salen a las calles a expresar su hartazgo y su descontento.

Como Neda, por ejemplo. Que ha muerto a manos de los basiyíes.

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