Ibn Battuta pasó de largo

Emprendo mañana viaje al Golfo Arábigo. Como es usual en mí, por motivos laborales, y con la agenda ceñida por una ristra de entrevistas que no van a permitirme ni una holganza. Viajo a Abu-Dhabi y a Dubai, las dos grandes ciudades de los Emiratos Árabes Unidos.
Abu-Dhabi es la capital del país, Dubai su palpitante corazón económico. Ambas ciudades pasman. Y así, a menudo, a los amigos cuento que Arabia Saudita hay que visitarla, porque es hostil, hórrida e inquietante; que los Emiratos hay que verlos porque parece increíble que en tan poco tiempo (ni siquiera el país, como tal, existía en 1971) hayan construido lo que puede verse por doquier y con la boca abierta: una megalópolis moderna y premonición de lo peor que el futuro puede traernos; y que es en el Sultanato de Omán donde quedan atisbos y pueden aún disfrutarse los deleites de lo que en su día fuera la Arabia Felix.
Va a ser éste un viaje desabrido: un día de avión, un día en la capital yendo de un despacho a otro, otro día en Dubai y vuelta a casa en un vuelo nocturno. Y la semana habrá caído del calendario y nos habremos adentrado en Julio.
Y preparando el viaje me siento un rato a leer los viajes de Ibn Battuta, que allá por el año 1330 recorrió esas mismas tierras. Cito de la excelente traducción de Margarida Castells y Manuel Forcano (Ed. Proa 2005, pág 376):

“Entre Bahrein i Oman hi havia un camí que ha quedat sepultat per la sorra, i per això tots els qui vénen d’Oman no fan el viatge sinó per mar. Ben a prop de la ciutat [de Bahrein] es drecen dues montanyes espigades, l’una a l’Occident, que s’anomena Kusser, i l’altra a Orient, que nomeix Uwer. Hi ha una dita que assevera: “Kusser i Uwer, res de bo no pot ser”.

Eso es todo.
En nota al pie los traductores aclaran que Kusser y Uwer no son ni siquiera poblaciones, sino picos de la sierra litoral de lo que ahora es el norte de los Emiratos. Nada. Un roquedal entre los arenales y el Golfo Arábigo.
Unas páginas antes, Ibn Battuta nos contaba el modus vivendi de los pescadores de perlas: miserables recolectores esquilmados por los comerciantes de Ormuz y de Omán. Nada más.
Nada.
Na – da.
Y sin embargo…
Los emiratíes (aparentemente) no son rencorosos. A pesar de que Ibn Battuta pasa de largo y no menciona lo que, por inexistente entonces, no podía mencionar, le han dedicado uno de los más grandes centros comerciales de la Península: el Ibn Battuta Mall: fabulosa cueva de Alí-Babá que requiere VISA Oro para abrirse.
Yo pasaré de largo, y no me adentraré en este templo de consumismo lustroso (con palmeras de plástico) como pasó de largo, en el siglo XIV, el barco de Ibn Battuta, por estas costas sin ver nada sino el sol, el arenal vacío, la pobreza y las cumbres ásperas de las sierras tierra adentro. Y nada más.
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