Visitar un gran museo

Los grandes museos son un agobio desesperante para mucha gente. “Estaré en Amsterdam” me dice un amigo; “No dejes de visitar el Rijksmuseum” le digo; contesta él: “Bufff… ¡qué palo!”. Otra amiga: “¿Qué me recomiendas en Madrid?” “El Prado, la Thyssen…” “Argh… museos no, please.” También mis hijas son reacias, de buenas a primeras, cuando les anuncio que una mañana o una tarde la pasaremos visitando un museo.

¿Por qué?

Vivimos en una sociedad de hiper-consumo. Y muy a menudo este hiper-consumo se satisface con imágenes que palían la imposibilidad de alcanzar lo real (nos quedamos con la playa caribeña de los catálogos de viajes que no podemos pagarnos). Y así, visualmente, estamos continuamente sometidos al poder de la imagen: la omnipresente televisión y su interminable flujo de palabrería y de imágenes, pero también, al salir a la calle, carteles, pasquines, posts, anuncios, marcas, sitios emblemáticos, películas, series de TV, cómics… nuestra vida transcurre de imagen en imagen, en un continuum incesante al que prestamos poca atención: simplemente está allá, del mismo modo que un pez está en su medio acuático sin prestar atención al agua.

El museo propone una experiencia que consiste en poner de relieve y dar valor (todo en uno y en francés: mettre en valeur) a una serie de imágenes. Pueden ser cuadros o esculturas o paneles informativos. En un espacio dado, el comisario de turno decide que esto (y no aquello) merece ser expuesto a título de inventario. Y el visitante recorre salas y salas y más salas de una imagen a otra. Acaba saturado, con la retentiva colapsada y es habitual, si preguntamos qué te ha gustado más, que se nos conteste a la salida: “Ufff, no sé, ¡había tantas cosas!”. Y en los grandes museos esta sensación es apabullante: el Louvre, el RijksMuseum, el Heritage, la National Gallery, el Moma, el Prado, el Mnac… por poner algunos ejemplos.

Solución: ir a tiro hecho, conociendo previamente qué apetece ver. No pretender verlo todo. Pararse un momento antes de entrar y preguntarse a si mismo qué apetece hoy, como cuando ante el bufet matutino de un hotel nos preguntamos si querremos desayunarnos con dulces o con salado, ¿o mejor lo dejamos en un gran plato de fruta fresca? Con el mismo espíritu preguntemos a nuestros adentros si hoy estamos en mood medieval, barroco o romántico. Por ejemplo, si estuviéramos en la Castellana, a punto de acceder al Prado: ¿qué nos apetece hoy? Ver tetas y culos en los delirios de Rubens o preferimos hoy gozarnos con la finura intelectual de los cuadros velazqueños, o bien nos apetece ir a buscar rarezas (un rato de pasmo mirífico ante la anunciación del Giotto para comparar luego la experiencia con la psiocodelia del Bosco). ¿Estás místicos? Pues tómate taza y media con los zurbaranes, adora al Cristo de Velázquez, teme al cardenal de Rafael o pásmate ante el elegantísimo retrato del Infante don Carlos.

No pretendamos, de una tacada, acumular imágenes. No son las cosas las que nos enriquecen (y aquí, en este caso, las imágenes, se han cosificado, y pretendemos llevárnoslas con nosotros –fotografiándolas in situ, comprándonos postales, posters o guías ilustradas…). Gozémonos, en cambio, en la experiencia: sólo ella se merece el tiempo que vamos a pasar vivos (en el museo, y fuera de él, el mismo lema aplica).

Ante el retrato de Don Carlos, Infante de España: esa elegancia del porte, majestuosa como a su calidad de hijo de Rey corresponde, la displicencia con que se sostiene el guante, el sutil juego de sombras, que engullen y a la vez muestran a esta figura segundona de la historia de España, que murió joven y guapo, sin destacar especialmente por gesta ninguna, y del que poco se sabe; y sin embargo su figura, según la retratara don Diego, ahí queda para la eternidad, y para disfrute nuestro.

Si al museo vamos a coleccionar imágenes, la visita habrá sido en vano. Si vamos a vivir una experiencia, la visita habrá sido enriquecedora. Porque podemos apreciar, ver y tener a la Olympia que pintara Manet de muchas formas: internet la hace accesible (Véase aquí). Pero es caminando frente al lienzo, viendo y volviendo a ver su mirada en nosotros fija mientras nos desplazamos, que no nos quita los ojos de encima, que nos está llamando a su cápsula de lujuria delicada (o de sensualidad potencialmente salvaje, según como), como vivimos la experiencia del Arte, y se demuestra que éste está aún vivo.

Si la visita es con niños, el esfuerzo para vivir el museo es mayor, pero a cambio la experiencia es súmamente satisfactoria también. Ellos, que desconocen la urdimbre histórica de las imágenes que ven, se aburren sobremanera sin ni siquiera entender de perspectivas, de épocas históricas, de connotaciones eróticas. Pues bien: démosles a los niños la posibiilidad de jugar. Que jueguen (y eso bien lo saben hacer) a pintar tantos perros como encuentren en los cuadros. Que apunten en la libreta cuantos curas o monjes o cardenales han encontrado (y que hagan un esquema del cuadro que más les haya gustado; en la National Gallery: ¿no será acaso divertido intentar ayudar a un niño de diez años a dibujar los majestuosos pliegues del Cardenalísimo Richelieu pintado por Champaigne? O por ejemplo, en el MNAC de Barcelona: que se harten a buscar monstruos, glyfos y ángeles montruosos en los murales del románico catalán. Si se les hace partícipes, ellos lo disfrutan. Y los papás también.

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