El bufón no sabe estar triste (y lo lamenta)

¿Quién tuviera la osadía del bufón del Rey Lear? A menudo me pregunto la razón de cuanto hago.

Cuando una amiga me llama a media tarde para pedirme comunique al grupo de amigos, a la tribu, la súbita muerte de su padre, se confunde el miedo, el miedo bruto, el que atenaza las entrañas con alicates, con el miedo al ridículo, con el qué-dirán, con la consciencia de cuán superfluo es todo lo que escribo. Cuando más tarde, chateando con otra amiga, la incito a seguir escribiendo, a que siga al menos tomando notas en pleno naufragio, me doy cuenta con sonrojo, con vergüenza, de mi supina ignorancia de tantas cosas, de lo tremendamente exigente que puede ser el dolor. Su marido no sabe si éste será el último verano, y se les agostan los días en la lucha contra la enfermedad, las de él que lucha fieramente y las de ella, mi amiga, que todo lo ha dejado para prestarle apoyo. Y yo que me empeño en invitarla a escribir. ¡Qué necedad!

Pido perdón por encandilarme con la luz de oro que, al biés, ayer por la tarde cayó sobre Sitges, tornasolando las fachadas blancas. Pido excusas por recrearme en el cansancio azul de la piscina con los gritos de las niñas de fondo y el rojo de una pelota inflable o el sigilo de un gato que, cuando quedan desiertos los céspedes, se acerca a beber del agua azul. Su negra silueta agazapada, súbitamente, es memento mori en una deliciosa tarde estival.
Y al día siguiente sale el Sol de nuevo. Y espero feliz visita. Y me acosté ayer estudiando la campaña de 1812 (Napoleón, Bragation, Kutuzov, Bonami, Augérau, Ney, Barclay… Borodino, Smolensko, Moscú, Vyazma, el cruce de la Beresina…), y cada frase de este post es un eco del “la vida no vale nada / si tengo que postponer / otro minuto de ser / para morir en una cama” de Pablo Milanés con que pretendo despertar a las niñas, que duermen, como angelotes, en los cuartos del piso de arriba.
I’m sometimes feeling like a fool, and I’m affraid that, too much often, I’m fooling myself. Y sin embargo sé ya que me resulta imposible hacer otra cosa. Y lo lamento.
Sirvan estas palabras de consuelo, de alivio o de entretenimiento a los que no tienen, circunstancialmente, la cabeza clara para saber qué bello es el Sol cuando se despide del día sobre las casas de Sitges, contra el mar azul, tiñendo de oro, y luego de malva, los pinares y las casas.
No más sé hacer. Carezco de empatía. Lo siento. No sé por dónde andáis en estos dolores, hermanas mías, pues, afortunadamente, jamás he cruzado estos páramos de la pérdida. Aunque soy un perdido, no estoy perdiendo como vosotras.
Y os abrazo, mes soeurs, mes semblables, con todo mi amor de hermano bufón.
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