Muerte en Le Muy

Le Muy es una población sita tierra adentro de la costa mediterránea francesa, en el camino de Aix-en-Provence a Fréjus. No sabía yo de su existencia hasta hoy, que me he puesto a curiosear la biografía bélica de Garcilaso de la Vega.

En Le Muy fue herido en lo alto de una escala tratando de tomar los muros de la fortaleza. Fue trasladado a Niza donde murió. El Rey de España y Emperador de media Europa, Carlos V, al enterarse de la muerte de su ilustre soldado, mandó ajusticiar a todos los defensores de la fortaleza cuando ésta fue tomada. Eso ocurrió en octubre de 1536.

Y tras picotear cuatro datos por la red, vuelvo a mi butacón de lectura, y abro las poesías completas de este autor. “Cuando me paro a contemplar mi’stado…” es el íncipit del primer soneto.

Y me pregunto si cayendo de lo alto de la escalera, herido por un arcabuzazo, sangrando, tal vez mutilado por un recio mandoble, tendría tiempo de pararse a considerar nada. Y repaso las campañas en que participó: empezó con alrededor de veinte años a servir en la guardia real del Emperador, luchó en la campaña y toma de Florencia contra los franceses; luego cuando el Gran Turco amenaza con arrasar Europa, acude a Nápoles a prestar servicio junto al Duque de Alba; desde ahí saltó a Túnez y estuvo en el asedio de La Goleta, donde fue herido gravemente, lo cual no le impidió, un año después, mandar como maestre de campo un tercio de infantería en Provenza contra el Rey Francisco I de Francia, donde, como se ha dicho, finó su aventura.

Su amigo Joan Boscàn se encargó de editar, junto con sus poesías, las del militar que se dio a la pluma. Y esto nos queda. Sonetos de amor, églogas pastoriles. No el relato de la guerra. No la fiereza de las armas en las campiñas de Toscana o los desiertos africanos. No los gritos de quienes han sido heridos en la batalla. No la vida del soldado en campaña (lupanares, marchas, expolios, aburrimientos sin tasa, prácticas de tiro, disciplinas feroces, hambre y frío o calores, suciedad, bromas guarras en los tiempos muertos y piojos voraces). Nada de eso.

Idílicos paisajes. Pastores delicados. Evocadores paisajes. Corazones trémulos. Amores plañideros y endecasílabos sin falla.

Y me paro, pues, a contemplar su estado mililtar, a cotejarlo con sus versos, y pásmame descubrir la tremenda esquizofrenia del soldado y del poeta en una misma piel vividos, con una sola sangre.
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