Contraorden

La contraorden ha llegado a media tarde mientras ejercitaba el cuerpo en desatinos sabrosos: Finalmente no irás a Abu-Dhabi. Eso se me ha dicho.

Y yo he de acatar, y acato, la contraorden. No soy yo quien ha pagado el billete de avión ni es mi Visa la que garantiza la reserva en el Hilton de la Corniche. Me quedo en casa.

Y me embarga una sensación de disgusto que reprimo. He sido contratado para viajar. Si me cancelan mis viajes (y no es este el primero que me anulan), no puedo evitar pensar que no saben bien para qué me tienen.

En fin, ellos sabrán (o no).

Reprimo el disgusto diciéndome que no vale la pena que me disguste por esto, que al fin y al cabo es un mero contratiempo laboral. Adopto una actitud zen: si ellos me encargaron el viaje, ellos me lo han anulado; de mí no dependía, sólo me queda acatar.

Y me dispongo a hacer nuevos planes para estos días en casa que me acaban de caer del cielo.

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