Demasiada cerveza sin

No logro emborracharme bebiendo vasos, copas, zuritos, cañas, litronas, jarras, botellines, tercios, quintos… de cerveza sin alcohol. Y me empeño en ello. Resultado: ando insatisfecho, aunque con la panza llena, pero sin el puntillo ese gracioso que la cerveza brinda; y peor: temo estar perdiendo el gusto por la cerveza.

Luego también he de consignar, para ceñirme a la verdad, que me da miedo emborracharme de una recia cerveza con 5 o 6 grados. Tengo mucha, mucha sed, pero he de admitir que me da miedo el abismo que se abre con un pschiiitt al destapar la cápsula, me da miedo la verdad espumosa ¡tan deslumbrante, tan dorada!, me fascina el fresco flotar de las burbujillas (primero en la copa, luego en la garganta y abajo, bien dentro) y la leve ebriedad que a uno le invade con el primer trago, y la sonrisa feliz de los siguientes.

Y, sin que sirva de consuelo, apunto: lo mismo pasa con el amor.

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