Ojos glaucos, amartilladas voces

ojos verdes, pero no son los míos

Según se miren, según la luz y según cómo, son mis ojos glaucos. El adjetivo es inusual, pero en este caso acertado. Glauco, dice el DRAE, es “verde claro“. Pero miro de afilar el léxico y recurro al IEC2: “Verd blanquinós“, y no me acaba de convencer. Doña María Moliner dice así: “Se aplica al color verde claro o grisáceo“.
Esto último me gusta más, pues son mis ojos turbios e indefinidos. Y si saben lucir en un día de mar con claridad de cabritilla de espumas, también me han dicho que mudan el color con mis enfados y que se oscurecen o apagan (según cómo). Y sigo escarbando en los diccionarios: el Larousse francés me da la razón en cuanto a lo mudable: “De couleur verte, tirant sur le bleu, verdâtre“. El Littré, en cambio, poco aporta. Me repliego sobre el Larousse de nuevo y constato que añade una acepción familiar que entronca con la primera frase de este párrafo: “Louche et sordide, sinistre“. Para echarse a temblar, vaya. Súmese a ello que es, en francés, adjetivo bisexual, o, por mejor decir, que a los dos géneros se acomoda.
Dando razón de su mucho fumar (y era el suyo un fumar laborioso: de picadura y papel de arroz con lengüetazo), Pla se justificaba diciendo que el tiempo empleado en liar pitillos lo aprovechaba en buscar adjetivos. Y es que hallar la palabra justa (sustantivo, verbo o adjetivo) es todo el quid de la cuestión. No hay más.
Y no sé yo cómo funciona, en realidad. Tengo la idea, la voy a escribir, y en tanto la acuesto en tinta, surge la combinación de palabras que da cuenta de dicha idea. Y releyéndome luego me pregunto: ¿es exacto? ¿Es precisamente esto lo que busco transmitir? Y sigo indagando y le doy vueltas y revueltas, y borro y vuelvo a escribir. A veces, por falta de tiempo o por premura en dar a luz, el proceso se interrrumpe. Y así parimos “luz deslumbrante”, “calor bochornoso” y otras tantas frases hechas que el lector no se merece.
Pero creedme: es difícil dar con la pabra justa, la voz exacta: la justa y necesaria voz clavada en mitad de mi verdad. Es un continuo denuedo y un afán a menudo frustrado. Se requiere para ello mucha paciencia, mucho tiempo, mucha dedicación; sobran las distracciones; faltan muchas renuncias. Y no sé si estoy hecho, pobre de mí, para tales sacrificios. Y aunque no lo sé, también sé que no logro zafarme de la condena feliz de mi escritura.
A cambio recibo ecos de lectores. A cambio me singularizo en el mercado sexual. A cambio me entretengo en aquello que me hace feliz. A cambio me entreno para palabras mayores que están por llegar. A cambio me dicen “Buff”, me dicen “guapo”, me dicen que se han emocionado leyendo cuanto escribo.
Y por encima de todo, soy auténtico (esto es, y vuelvo a tirar del DRAE: Honrado, fiel a sus orígenes y convicciones).
Busco amor, y lo obtengo en cierto modo a través de la palabra escrita. Así lo declaro, desde estos ojos verdes o glaucos o grises en ocasiones, y soy honesto. Escribo porque otra cosa no sé hacer, y así soy fiel a mis orígenes. Y tengo la convicción de que si me perdí leyendo, me encontraré escribiendo.
Y entretanto busco y me encuentro, liaré pitillos hasta dar con la palabra justa que amartillará estas líneas.
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