Death of a loyalist soldier, 1936. R. Capa.

Esta fotografía podrá verse en el MNAC de Barcelona durante este verano. Es de Robert Capa. Es controvertida y ha sido discutida (véase aquí un análisis formal de la fotografía). Tal vez se trata de un montaje, tal vez no fuera Federico Borrell, de Alcoi, el soldado que cae, quizás no era Cerro Muriano, tal vez se usara un trípode…
Puede que la foto y su epifanía sean controvertidas; sin embargo esta Death of a loyalist soldier constituye una bandera insoslayable en nuestra historia. Y hoy con la bandera me quedo. Porque es mía, además de nuestra.
Con ella arropo a los hermanos de mi abuela. Con ella recuerdo a los seis hermanos de mi abuela, seis, que se alistaron como loyalist soldiers al estallar la guerra de España, hace hoy 73 años y unos pocos días, un 18 de Julio, y que no volvieron y cuyos entusiasmos se disolvieron en yermos, trincheras, paredones, riberas o cunetas de la España rota por aquella sangría. Seis. Cuando a la abuela Regina le preguntábamos por la guerra, ella enmudecía y sólo atinaba a pasar lista de sus seis muertos, seis. “Victoriano era alto, muy guapo, y el que más estudios tenía: llegó a comisario. El pequeño se fue un domingo. El segundo vino a ver a madre cuando ya había terminado la guerra y luego desapareció, nunca más se supo de él”. La abuela nunca volvió a saber de ninguno de sus hermanos. Se los llevó la guerra como el viento deshace polvaredas en verano. Y de aquellos lodos, y de aquellos polvos, vengo.
La abuela calló. Callaba la familia entera como callaba el país entero de los derrotados, de los humillados, como callan los sin-voz.
Y yo, hoy, en este icono me abandero; y a ella la honro por su silencio doliente de tantos años. Hoy me armo con esta imagen del caído para alzar mi hombría contra el fascismo y el estupro de los caínes vencedores. Declaro que ésta, y no otra, es mi bandera; declaro secas las turbias fuentes de mis genes y tomo sin embargo la fuerza fragorosa que fue plantada en la sementera del campo de batalla y me trajo hasta mi aquí y mi ahora.
Porque he de mirar también a la otra sangre que en mí se junta, y oír sin tener miedo los ladridos en el maizal de una madrugada de agosto, y no temblar con los tiros a bocajarro, 18 de un paseo, y una carrera, y más tiros; sólo uno trató de huir: el terrateniente al que los rojos mataron por la espalda, mientras trataba de salvarse, murió con mi apellido puesto, era hermano de mi abuelo paterno: cayó víctima de la misma vesania asesina, pero ésta escorada a la izquierda, en la otra esquina de la península, quizás mientras caían algunos de los hermanos de mi abuela materna. Sangres todas calientes derramadas sobre una misma piel de toro por tiros enfrentados.
He de juntar las fuerzas y corajes de tantos muertos porque quiero abrirme camino en este lodazal de nuestra historia; porque de él vengo. En el tremedal de aquellas sangres camino. De allí salgo.
Así yacen los muertos a ambos lados de mi origen, aunque ya confundidos ahora en una misma sangre roja, y encerrados en un solo recuerdo de grises añejos que el tránsito del tiempo gasta y desdibuja, pero cuyo dolor perdura como un girón de niebla en una barranca a la que no se asoma nunca nadie.
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