De vita normalis

Pirámide de Maslow, con las diferentes categorías de necesidades.

Últimamente, han sido varias las personas que han expresado una cierta envidia por la vida que llevo. Se quejan de su apacible normalidad, de su poco interesante vida sentimental, de su rutinaria vida sexual, de su desilusionante perspectiva vital. “Y tú, en cambio, sí que vives bien” concluyen adversativamente.

Y aciertan, porque sí que vivo bien, si por vivir bien entendemos que tengo cubiertas las necesidades principales de Maslow (comida, techo, afectos…) y me siento fuerte y encaminado hacia la satisfacción de aquellas necesidades que, aunque menos perentorias, son necesarias para poder desarrollarse como persona y, al cabo, acercarse a la felicidad que entiendo debería ser la obligación de cada uno de nosotros.

Yo diría que no hay más que un persistente afán de ser consciente de las cosas, de las experiencias, de las oportunidades y cosas bellas y buenas que la vida me ofrece a cada paso. Eso es todo. Y la usual palabrería con que comparto lo que veo y vivo, palabrería que me acompaña desde hace años como las mariposas acompañaban a Mauricio Babilonia en Cien años de soledad.

Porque, por lo demás, padezco de cólicos ocasionales, un juanete me torturó hace unos meses, me disgusto si mis jefes no comparten conmigo los éxitos a los que mi trabajo haya podido contribuir, y me voy a la pelu cuando me siento ninguneado para resarcirme del disgusto, como otros se dan al vino. Y me quejo de no disponer de libertad (de esa libertad no con senatoriales letras mayúsculas, sino la libertad inusual que se gasta forrada de billetes), y soy vulnerable a unas vertiginosas polaridades que de la euforia me arrastran a la depresión más compungida y luego de ésta me aúpan a fantasías delirantes. Me quejo de mis problemas de agenda, me consuelo como muchos pensando en aquello de “Mal de muchos, consuelo de Pedros” y arrastro los pies de madrugada para estabularme durante días en mi cubículo a esperar que llegue la hora de salir. Y sueño con estar en cualquier otro sitio, pero cuando madrugo para embarcar a las tres de la madrugada en cualquier aeropuerto de Oriente Medio, también echo de menos mi casa y mis sábanas y a mis amgas y amigos. Me preocupo por las notas de final de curso de mis niñas, me inquieto por un resfriado de un pariente mayor o tengo dificultades para llegar al lejanísimo final de mes a partir del día 6 de cada mes. Y, como Shylock, puedo aseguraros que si me pinchais, sangro. Y cada día evacúo. Soy carnal (creo que lo escribí hace unos días; vaya… ¡me repito!). Y mi vida es de lo más normal del mundo (en el mundo primero en que vivimos, claro).

Tras escuchar a los amigos decir lo que dicen, se me ocurre que es la palabrería la que marca la diferencia. El Coronel Sander me señalaba la gran asimetría informativa entre él y yo: él de mí sabe mucho (le basta con echarle una lectura ocasional a este diario de miedos libres para enterarse de mucho). Yo de él, en cambio, sé poco, si no es cuando quedamos para valorar “medidas de impacto” y decir “coñe, te quiero un huevo, amiguito del alma” compartiendo cervezas cada tanto.

La palabrería. Ella es la razón única de que mi anodina vida parezca y deslumbre con un brillo que en realidad no tiene.

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