Música (I): Jiménez y Galiana

Esta pasada semana ha sido (para mí) pródiga en músicas. No suelo asistir a muchos conciertos, y sin embargo una ilación de circunstancias me ha llevado a tres muy variados conciertos entre el jueves y el domingo pasado.

El jueves asistí al concierto de Jiménez & Galiana. Uno parece un director de oficina bancaria; el otro, con su cabeza ahovada, parece un pescatero, y la cómica figura de estos dos personajes contrasta con los saxos en posición de firmes y a la espera y la mesa de sonidos que uno encuentra en el escenario. Ambos componen, inventan, exploran e interpretan un jazz que se adentra en dodecafonismos (?) y nuevos sonidos (minimalismo, ruidismo…), que, aunque de buenas a primeras es difícil de tragar, logran al cabo embrujar a la audiencia. Llevan más de diez años explorando la electroacústica, combinando el sonido de los saxos con la música electrónica de un artilugio que emite según se activen los sensores, modulando en una pantalla líneas y colores que bailan con las ondas sonoras de su música. “Cierra los ojos” me dijo mi acompañante; y lo hice mientras me dejaba invadir por el saxo, por los zumbidos y grésillages que salían de la mesa de mezclas y del artilugio extraño sobre el cual se movían manos y codos para modular sonidos (que no siempre música como según la definiríamos al uso). Sentí mi mandíbula tensa, sentí mis párpados en tensión. “Tengo miedo, si cierro los ojos”, tuve que confesar. No era música exactamente: el ritmo roto, la complejidad desestructurada de los compases, la contrastada agudez de las notas, el desconcierto general de un evento (que no concierto exactamente, al menos no como solemos entenderlo) para el cual quien suscribe (y muchos de los asistentes según podíamos percibir) para el cual, digo, yo no estaba preparado.
Luego del “concierto”, la Fundación Miró dispuso una mesa con bebidas en una terraza que daba a la ciudad. Nos regalaron con una copita de cava y pudimos, después de la experiencia sonora a la que habíamos sobrevivido, respirar y abrirnos al mundo. El Sol se ponía por detrás de Collserola, pincelando de malvas el cielo que la luna pespunteaba con un trazo fino. Las luces de la ciudad apuntillaban tibiamente las últimas claridades del día.
Qué lujo, nos dijimos, qué grandísimo lujo poder vivir en una sociedad que es capaz de tener recursos de sobra para que haya gente dedicando horas a explorar estos nuevos territorios sonoros, a inventar fuera de las sendas trilladas, a tirarse incluso por el barranco de lo freaky. A unos gustará, a otros no. No es importante. Lo importante es que haya dos tipos anodinos que dispongan de tiempo para aquello en lo que creen, que comparten la pasión por lo que crean, que tienen suficiente confianza en si mismos para subirse al escenario y mostrar lo que hacen. Qué lujo que exista un programador de eventos que les dé cancha. ¡Qué lujo poder ver el sol ponerse con una copita de cava en la mano y en buena compañía!
Lesson learned: Cuando uno cree en aquello que crea, debe lanzarse en pos de su idea, sin miramientos a lo que la grey pueda pensar, adocenada como está por la desidia, la incultura y el conformismo comodón en que todos, en mayor o menor medida, vivimos. Y la prueba del nueve es el miedo que sentí al cerrar los ojos; esto es: la emoción. No importa cuán raro sea el cuadro, el texto, la música: si logra arrancar una emoción, es que funciona. Y si funciona, es bueno. Aunque sea raro.
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