Música (III): Jam Session

La cita era playera, la hora mediada la tarde, el calor soportable, la sed moderada; la curiosidad, plantada al hilo de algunas charlas previas, creciente y pegadiza. Y tras varias ocasiones perdidas, el pasado domingo pude asistir a un concierto de Rocío.

Se trataba de una jam session, guitarra y voz solamente, ambas desnudas, en un escenario al fondo de un garito de barra larga y dotación mamaria considerable (a cargo de la bar-woman).

Llegué con retraso y con la música ya sonando. Al entrar me sentí como un cow-boy entrando en el saloon. Poca gente, mesas huérfanas y la sensación de entrar en un refugio acogedor.

La cantante vestía de negro, con un corazón rojo estampado en la falda, se apoyaba en un taburete, con el micrófono en las manos y los ojos cerrados. El guitarrista, en segundo plano, rasgaba su instrumento con la mirada perdida, él también. Pedí una cerveza a la chica de la barra y me senté a escuchar, frente al escenario. Rocío me vio: unos dedos revolotearon discretamente. Y tuve la vanidosa impresión de que cantaba para mí. Me dispuse a escuchar, a disfrutar del concierto, a terminar el fin de semana con un buen rato de música entre amigos.

¿Pero quién cantaba?

Rocío, de nombre tan español, es morena, pero no negra; ojos verdes, piel morena: es blanca. Su voz, en el escenario, no lo es, sin embargo. Densamente tersa, algo bovina en la pronunciación del inglés de sus canciones, algo arrastrada como suelen ser las voces del deep South, Rocío esconde en su cuerpo blanco una poderosa voz de vocalista negra. Pasmo.

Hay algo en el contraste que no casa, hay una duda que crece a cada canción. ¿Quién canta? ¿De dónde surge esa voz? ¿Quién es ella?

No es la chica dicharachera que conocí en una cena hace unas semanas, ni la muchachita que se apunta a un bombardeo y me sigue ladera arriba en busca de una luna que nos dará esquinazo. El cuerpo, la memoria, la gestualidad (esos deditos saludándome al entrar) son suyos. Pero está habitada por algo o alguien más: de ese otro es la voz, recia, un tanto gutural, negra del todo y rica de expresión.

Si la voz de Mariona Sagarra es un pañuelo al viento con suavidades de seda, la de Rocío es un nudo de voces ajenas que, a cada compás, como un batán antiguo y olvidado en alguna plantación de Tennessee que siguiera martilleando en el fondo de un valle, nos tumba sin remedio con su autenticidad.

El repertorio de blues bien temperado entretuvo, y la emoción fue calando (lo cual es meritorio, en tan vacío local). Ella sola, con la guitarra detrás, elevó la voz que no era suya, la voz de muchos, de muchos y lejanos. ¿La voz de los sin-voz? Quizás. Y fue auténtica aunque no fuera del todo ella.

Y llegaron los amigos, y entre todos seguimos el concierto primero y la velada luego, bien cenada y bien regada. Y quedó clavada en mí la siguiente reflexión:

El blues importado de Rocío la hace auténtica. Diferente, pero auténtica. ¿Cómo es posible que una voz que no es la suya pero que ella maneja con pericia evidente la convierta de tal manera en otra y la confirme a la vez en sí misma?

No sé si viene al caso una reflexión de Mercè Rodoreda, que decía que el creador, cuando huye de sí mismo creando, al cabo del proceso mejor se encuentra consigo mismo.

Y también pienso en las caras de mis amores y amantes durante el sexo, gozando de orgasmos que las desfiguran y reinventan: ocasionales orgasmos desgarradores, explosivos, grotescos, cómicos, felicidades cuyas sonrisas no caben en las caras, risas histéricas, agitaciones espasmódicas como las que, cuando estallan algunos de esos orgasmos extremos, a modo de regalos de la vida, nos hacen preguntar con quién hemos yacido, tanta es la transfiguración que el goce provoca en algunos y algunas.

Entre la figura y la transfiguración transita nuestro pasmo.

Y es que por las grietas de uno mismo, entre la imagen habitual del marido, de la madre, del comercial, el administrativo, el paleta… y la imagen extrema del orgasmo, del dolor, de la felicidad, de la ebriedad o de la catarsis creativa, por esa hendidura, y sólo por ahí, podremos ahoyar en la verdad de cada uno de nosotros.

Aunque me temo que sólo a algunos es dado, de esa hondura, extraer la verdad última de los adentros de cada uno de nosotros, que tan peritos en fugas y camuflajes somos habitualmente.

Subirse a un escenario, exponer su pasión sin complejos, como hacen Jiménez y Galiana, desnudar su alma como hace Mariona Sagarra en cada verso o quitarse de enmedio para ser otro como en el caso de Rocío, son todas experiencias catárticas que acallan la explicación y comprensión de lo que tenemos delante.
El Artista, todo gran artista con vocación verdadera de emocionar, debe reunir estos tres requisitos: vivir su pasión hasta el final, abrirse en canal a cada gesto, en cada frase, en cada pincelada, y dejar de ser él para ser otro, para lograr ser muchos.
Sólo así (mediante esta dedicación, mediante esta dación de sí mismo y con esta evaporación de su ego) logrará llegar a los que tiene enfrente. Y entonces llegará muy hondo.
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