Dietario de voces ajenas

[Habla el psicoterapeuta, quien relata un caso.]

–Es un chico joven angustiadísimo por su salida del armario. Al cabo de hablar un rato descubrí que escondía revistas gays. ¿Dónde? le pregunté. Me dijo: En el segundo cajón de la mesita de noche. Le dije: ¿A eso llamas tú esconder? Él, azorado, no supo qué contestar. Admitió que era un escondrijo un tanto endeble. Y proseguí: En realidad no estás escondiendo las revistas: estás delegando en otro el paso que te angustia, el salir del armario; estás, con las revistas tan mal escondidas, incentivando que alguien las descubra y te descubra y te destape como gay. Y estás, de esta manera, escaqueando la asunción de tu condición. No dices al mundo fieramente: “Soy gay”, sino que estás manipulando para poder decir aliviado: “Al fin han descubierto que soy gay”.

[Glosa: McKenzie en un comment apuntaba hace unos días si no tenía yo miedo que mi actividad literaria y prodigalidad bloguera fuera descubierta. Y me he acordado de esta historia de las revistas mal escondidas: en realidad, dando la cara en la cabecera, poniendo el nombre, escribiendo diaramiente (o casi) en esta columna, en realidad creo que, como el chico gay, estoy pidiendo a gritos ser descubierto porque no me atrevo a asumir que mi vocación es incompatible con las horas que paso estabulado en el despacho y que debería atreverme a renunciar a la alfalfa y los piensos con que me pagan, y con los que alimento la buena vida que disfruto.]

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