Sensualidad libertina

Llegará un día que puede ser lunes, o sábado o un martes, o mañana, o en dos semanas o en dos meses, un día llegará en que no abrasará el sol, y os hallaré a mi lado tendidas, tras una larga velada de risas ensortijadas, de chistes y bailes apretados, de oídos taponados por el estrépito de la encerrada noche en Aire, remansados al fin en mi dormitorio, con las ventanas cerradas y las sonrisas abiertas, las respuestas ágiles, las bromas un punto aguzadas, los gestos torpes, aún resacosos, pero con el nervio del deseo, de los deseos, trotando de una piel a otra. Será, así lo imagino (así lo escribo), a la mañana siguiente, cuando alumbre el nuevo día y hallamos podido recuperarnos un poco gracias al sueño macizo de los demasiados licores, de los excesos del humo, con la boca pesada, grávida de besos aún no vaciados, con el deseo, los deseos, confundiéndose de boca, de caricias, de ombligos, desperezándose sin prisas entre los muslos ajenos, con los ojos cerrados, a tientas y con un escalofrío en la punta de los dedos.
Así lo imagino en la canicular siesta de hoy. Y me levanto a darme una ducha, a quitarme el sudor del sueño espeso ocioso pegajoso de este agosto sin lindes, entro en la ducha y los tres cabemos en ella, los tres bajo el agua que pretende ser fresca y es tibia, que se lleva el sueño y el deseo, los tres deseos, de un trío por venir.
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