Finale

Vengo a tu casa a vaciar una botella de vino. Vengo también a dejarme abrazar. Vengo a vaciar contigo mi pena. Alberto ayer me dejó. Me dijo que punto y no más, que no estaba bien, tú lo sabes, me dijo que no nos engañáramos más, que no estábamos bien, que no quería alargar el esfuerzo de estar conmigo, que nos habíamos perdido el respeto, que no era “divertida” la vida a mi lado (eso me dijo, eso dijo y rompí a llorar y lloro ahora y la señora de al lado me mira), que se aburría, que quería vidilla, que trataba de recordar cómo había caído seducido por mí, me preguntaba a mí el porqué y los cómos de nuestros primeros besos, me dijo que son muchas mis cargas, que él quiere otra cosa, ¿Qué necesitas? le pregunté, y él: Otra cerveza. Llevábamos ya seis cervezas, y le dije: Esta es la última. Si lo vamos a dejar, como has decidido, sube a recoger tus cosas, Alberto (ahí me había serenado, en ese momento, volviendo de la nevera con la última cerveza en la mano, ya había aceptado, o al menos entendido de qué estábamos hablando, ya sentía el terciopelo del telón que caía sobre nosotros), sube a recoger tus cosas, vete. Pero antes métete una vez más en mi cama, añadí. Subimos en silencio al dormitorio. Se quedó quieto frente a mí. Le abracé, me abrazó (me vuelvo a emocionar, la señora de al lado va leyendo una revista y regularmente alza la vista como si mirase por la ventanilla el paisaje de la Meseta y sé, sin embargo, que me mira, me mira llorar). Le abracé. También él me abrazó y hundió su cara en mi hombro. Siempre me ha seducido el olor de tu melena, Sonia, eso me dijo, y le apreté con fuerza, y le susurré: Y a mí me gusta la amplitud de tu pecho, su vello canoso. Y le acaricié el pecho, le fui desabotonando la camisa, y él me subía la blusa, destapaba mi espalda, desabrochaba mi sostén, se enredadaba en la presilla de mi pantalón, nos estiramos en la cama, nos acariciamos, le lamí los muslos, eso le gusta, me abracé, le acaricié la peca que tiene en un costado, como marcándola, como despidiéndome de ella igual me despedía del cuerpo entero al que, durante seis años, había estado amando, le tomé el sexo ya a medias crecido y lo engullí para que me llenase la boca, recorrí su tronco, jugué con su glande, lo levanté, y yo, mientras, me dejaba acariciar, y le lamía los muslos y él me acariciaba el culo, exploraban sus dedos la humedad de mi deseo, recorría con la palma cálida de su mano la riñonada, extendía la mano y abarcaba toda mi espalda, eso me gustaba de él, me alcanzaba la nuca, sabes lo grande que es, ¿verdad?, creo que en alguna foto lo habrás visto: es un tipo grandote, un tanto torpón, como un adolescente que ha crecido demasiado deprisa y que no sabe qué hacer consigo mismo, ni donde ponerse, pero también es delicado en la intimidad, si te acercas a él dulcemente, y muy fiero cuando enarbola su hombría, Eso de ti me gusta, le dije, con su polla en los labios, que se te levante, y la encuentre y me busque cuando la busco, eso me gusta, y apoyé la cabeza en su pecho, le besé el mentón, me froté la cara contra su barba de dos días, le tiré de las orejas, le mordisqueé el pelo, tironeé de él, le cogí de los hombros, me incorporé un poco, me encabalgué y sentí su fiero émbolo de carne tanteando mi hendidura que le reclamaba una vez más, la última. Y fue bonito, y me emociono ahora, pero la señora que lee a mi lado no puede verlo, espero que tampoco lo huela, porque me emociono en los bajos, ¿sabes? me pongo húmeda, y no es tanto deseo como emoción, en este caso recordando cómo ayer, Alberto, cómo ayer Alberto entró en mí, suavemente, como conociendo el camino, se deslizó, se acomodó en mi sexo licuado, abierto, fragante, rojo y deseoso y triste también. La tiene corta (te lo digo porque sé que a los hombres, a algunos, y a ti en particular, te gusta saber estos detalles). Alberto tiene una picha relativamente corta. Pero gruesa, muy gruesa, muy bonita y bien proporcionada. Me gustaba vérsela, tras el sexo, en ese estado de semi-erección: entonces le cuelga como un badajo. Luego se le encoge y es escuchimizada, como de niño, pero tiene su gracia: un hombretón inmenso, y con esa pollita, era… bueno, a mí me enternecía… Aunque tendrías que saber cómo le crece, cómo se le levanta. Corta, sí, pero poderosa, incansable. Y ahora la sentía dentro. Me la clavé bien dentro, y él se estuvo quieto, y empecé a llorar, era un último polvo, era un coito de adiós, la sentía muy dentro, y me gustaba, y me preguntaba qué había ido mal, me daba vueltas la cerveza con los reproches, me dolía el alma y los porqués, y veía, sobre su pecho, mis pechos temblar. Me apoyé en él y empecé a mover la pelvis, empezó mi cuerpo a soltarse en busca de su placer. Él no se movía, me miraba hacer. Me horrorizaba confirmar lo que había dicho: que no haría ningún esfuerzo, y ahí estaba él, debajo mío, yerto, con solo su polla enhiesta en mis adentros, sin moverse, y yo me sentía una puta lujuriosa, y lloraba, y me movía, porque el movimiento de cadera, rozando mi pubis contra el suyo, moviéndome con su sexo en el mío clavado, me estaba excitando más, y crecía un rumor de mares en mi espalda, y nos arropaba el característico aroma de algas de dos sexos en carne viva, y me movía y me llamaba puta birrera, y sentimental, y le veía a él quieto parado, impasible, debajo mío, dejándose hacer, dejándose follar, y mi placer crecía, y Sí, ¡Sí! Grité, me gusta me gusta, y me lo follé, me lo follé con lágrimas y furia y tras correrme se corrió él, se derramó, sentí los chorretones (eso no puedes saber qué es, eres un hombre), sentí los chorretones de su orgasmo restallando en las cavidades mi intimidad satisfecha: dio tres o cuatro empellones, me la clavó muy dentro, me desfondó, y se corrió, se me vació, y me gustó, me gustó. Me hundí, me caí sobre él, desmembrada por el esfuerzo, rota, feliz, confusa, ebria. Le abracé, le acaricié, le olía, le dije otra vez Cómo me gustaba follar contigo, ¿lo sabes? Me encanta follar contigo, y añadí: cabrón. Él sonrió, pero con tristeza. Cuando hube recuperado el aliento le dije Coge tus cosas y vete, por favor, vete Alberto. Y que te vaya bien. Y él me besó dulcemente, y se levantó y le miré moverse por el cuarto, miré su cuerpo a la luz del día que se iba con él. Le miré vestirse y sentía mi coño vaciarse del semen, poco a poco goteando sobre mi muslo, estaba cansada. ¿Me querrás traer un vasito de agua antes de irte? Y bajó a la cocina, subió con el vaso de agua, lo dejó en la mesita de noche, me pidió, sin hablar, con una mirada (pensé: perruna) me pidió un abrazo. Nos abrazamos en silencio (volvió a hundir su cara en mi melena). Cogió su bolsa y le oí bajar, oí la puerta cerrarse. Oí la cancela del jadín chirriar. Oí el coche ponerse en marcha y oí un gemido que de mis adentros salía, rompí a llorar, estaba exhausta, me abracé, lloré, pataleé.

Tomé una pastilla para abortar el llanto y me quedé dormida. Y tomé el tren esta mañana. No estaba dispuesta a quedarme en casa sola con mi pena. Y he venido a verte.

Tan pronto has abierto la puerta de tu casa, he disparado: ¿Tienes vino?

Siempre tengo vino para los amigos. Y buen vino para los que llegan con estas caras, ¿qué ha pasado, Sonia?

He venido a tu casa a vaciar una botella de vino. Vine también a dejarme abrazar. Vine a vaciar contigo mi pena, Alberto me ha dejado, vine a dejarme mimar.

Pasa, pasa. Has cogido la mochila, me has invitado con un gesto a sentarme en el salón.

He cogido el tren esta mañana. Quería llamarte, contarte. Pero no me apetecía hacerlo por teléfono, y sabía que te encontraría. Tampoco me apetecía estar en casa sola, creo que ya te lo he dicho.

Sí, no importa. Creo que sobre todo necesitas hablar. Sigue.

Necesitaba aires nuevos. Me apetece salir al monte, hacer una de esas caminatas que me has contado. Necesito hablar, sí. Me apetecía… me apetece coger lo que me ofrezcas. Hoy vengo triste y sola. Necesito mimitos. Y entonces me eché a llorar en la butaca de tu salón.

Y tras una pausa: ¿Qué puedes darme?

¿Un Ribera del Duero?

Venga, dije sonriendo, sorbiéndome los mocos. Pensé: tú sí que me entiendes.

Y dijiste: Así me gusta: me gusta que sonrías.

Y también tú sonreías mientras descorchabas la botella.

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