La noche en el búnker

Verano de 1988. Base Aérea de Zaragoza.

Estaba de guardia. Recuerdo que aquella noche la pasé tirado sobre el césped que cubría los búnkeres de munición. Me acompañaba un tal Eusebio López, pelirrojo, del barrio de Santa Caterina, Barcelona. Buen chaval. Liaba porros con una sola mano y había pasado tres días en Wad-Ras por conducir una moto robada. “Nunca volveré a la cárcel” decía. “Ya me encargaré yo de no volver jamás a la cárcel” añadía, sin dar más detalles. Era un tipo adusto, y lo achacábamos a su experiencia en la cárcel.
Mirábamos las estrellas.
Fumábamos. A ratos nos dábamos un garbeo, más por despabilar las piernas que por prurito de centinela. Nos echábamos el chopo al hombro y paseábamos entre los lúgubres edificios bajos de cemento armado con tierra por encima. “¿Subimos a este?”. “Venga”. Y escalábamos el búnker y nos tendíamos arriba a ver las estrellas. “¿Otro?” preguntaba Eusebio. Y yo asentía. Y él rulaba un porro más; yo por aquel entonces no había aprendido todavía. Miraba el reloj. Luego miraba las estrellas.
Hablábamos poco. Eusebio era más de callar, atender y observar. Nunca supimos qué le habían hecho durante aquellos tres días en Wad-Ras, la cárcel de jóvenes de Barcelona.
Estábamos sobre todo atentos al camino de ronda, por si se acercaba el jeep del oficial de guardia. Regía el silencio, la noche se extendía larga sobre el llano. Luces lejanas. La silueta de unas lomas, el resplandor de Zaragoza a un lado, el fulgor más discreto de Garrapinillos al otro lado, pasado el bosquecillo junto al canal. En la base americana podíamos observar movimientos y luces en un par de hangares; los hangares españoles, sin embargo, y los barracones nuestros, estaban a oscuras, silenciosos.
Recuerdo vagamente una conversación sobre las estrellas, sobre lo muy lejos que están. “Ahí el Carro, y la Osa Mayor, ¿la ves? Es aquella que brilla tanto; eso es el Norte. Y eso debe ser Júpiter. O Marte.” “Coño” decía Eusebio. Traté de explicarle a Eusebio el concepto de año-luz. No debí de explicarlo bien. El caso es que trataba de hacerle comprender que entre el lucero que vemos y la estrella que lo ha generado, hay una distancia que es de tiempo además de espacio. Y él no me entendía. “¿Otra caladita? ¿O lo apuro yo?” “Apúralo tú” le dije, desistiendo de la didáctica.
Tras un par de caladas de esas finales, algo restreñidas, con el pulgar y el índice, con un gesto limpio, envió la colilla al suelo. La miramos lucir, trazando una parábola roja perfecta, desde lo alto del búnker hasta el suelo.
“¡Qué bonito!” dijo Eusebio, extasiado, con los ojos abiertísimos a la belleza de la parábola que el pitillo había dibujado en la noche, delante nuestro. Sonreía.
Y pude concluir: “¡Eso es, Eusebio! ¡Qué bonito! Eso es lo que te quería decir de las estrellas y los años-luz y todo el rollo que te he pegado.”
Y al cabo de un momento me volvió a mirar y preguntó: “¿Qué rollo?”.
Luego vino el jeep a relevarnos. Nos tiramos las dos horas siguientes en el retén, adormilados frente a un televisor encendido y sin audio, oliendo a zotal, y después nos volvieron a llevar a los búnkeres para otras dos horas de centinela.
Este otro turno de guardia lo pasamos directamente clapando sobre los tepes de césped del búnker más apartado del camino de acceso.
Luego salió el sol, y se acabó nuestra guardia.
De todo esto hace años-luz.
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s