Le plaisir du texte

Dice así Dámaso Alonso, concluyendo su introducción al capítulo liminar de Poesía Española – Ensayo de métodos y límites estilísticos:

“La intuición del autor, su registro en el papel; la lectura, la intuición del lector. No hay más que eso: nada más.”

De estas dos solas contingencias surge la magia de la obra literaria.
A un lado, la magia del emisor, de aquel que escribe. Desde un estímulo inicial , con una idea inicial o una “imagen seminal”, según decía García Márquez, se lanza al ruedo de las palabras, al misterio sintáctico de combinar sonidos, lexemas y articular un discurso que plasma en frases, párrafos, palabras, letras combinadas de manera inteligible.
Del lado opuesto, el lector (o receptor), destinatario o no del discurso, pero sometido a él en tanto se presta a seguirlo con la lectura de una primera frase que a la siguiente le arrastra y hasta el final le lleva.
Ambos actores (el que escribe y el que lee) usan de su intuición: el uno para componer de la manera más precisa y efectiva su texto (ya sea prosa, ya poesía o un ensayo). Con la intuición ordena recursos, emplea unas palabras y no otras, busca ecos, evoca contextos, manipula el ritmo por donde discurre la acción (mera evocación, exacerbada descripción, aposición impresionista…). El lector, con su acervo previo (lecturas, experiencias, recuerdos, expectativas… intuiciones), completa el cuadro a medida que se despliega.
El texto que no esté condimentado con la verdad del autor será soso; pero, igualmente, si el lector no suma lo suyo al plato que le sirve el autor degustará un insípido alimento que no calará, que no le alimentará. Para calar hondo un texto, ambos (autor y lector) han de volcarse en él.
El autor hundiéndose en el hontanar de sus fantasmas, bebiendo de sus fuentes, emborrachándose de recuerdos, de verdades (momentos, fantasías, evocaciones, silencios, miedos), de intuiciones. Y vomitando luego todo sobre el papel, previo tamizado por las artes literarias y con los mejores recursos de que disponga (fonéticos, léxicos, sintácticos, culturales…).
El lector, para asimilar el alimento que se le ofrece en forma de texto, ha de abrir la boca, ha de tragar (con discernimiento) cuanto se le ofrece, degustarlo, saborearlo, a veces regurgitarlo, a veces echarlo fuera por intragable, y digerirlo, esto es, asumirlo mientras se asumen las impresiones que el texto ha dejado en uno: buenas, sabrosas, acerbas o malas.
“No hay más que eso: nada más.”
En esto consiste el placer del texto: en la entrega. En la entrega de uno que en el texto se da (con todo lo que tiene, lo bueno y lo malo, las penas, miedos, ilusiones y alegrías). En la entrega del otro que asiente, recibe y toma (lo bueno y lo malo, lo encomiable y lo mezquino, lo que duele y lo anodino).
Y cuando esta conjunción de entregas se logra, el texto corona la cima de sus posibilidades y puede decirse de él que es literario (esto es: que trasciende, que es Arte).
Aunque es preciso señalar que en ocasiones puede aparecer el miedo. Y es legítimo entonces cerrar el libro, romper el texto, dejar la pluma. O cabe también sobreponerse al miedo para, con valentía contrafóbica, explorar las razones de dicho miedo, a menudo razones de similitud, de concordancia, de similar disposición por parte del lector y del autor. Y de ahí la riqueza, el enriquecimiento que un texto con afanes literarios puede suponer.
“No hay más que eso: nada más.”
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