Apuntes sobre el s. XVI español

Llevaba algunas semanas dándole vueltas a unas sinapsis que provocó hace meses la lectura del libro de Steiner dedicado a los libros que no escribió. En uno de sus ensayos, el profesor Steiner desarrolla su sabiduría sobre el lenguaje del amor, sobre la variedad del amor en función del lenguaje (francés, italiano, alemán…), sobre las insuficiencias del lenguaje, también, cuando este trata de dar cuenta del encuentro erótico; y andaba yo dándole vueltas al “joder del filósofo” que acaba rematado, sin aliento y exhausto (como todo hijo del común), con un “¡joderrr!” en forma de interjección monda y cumplida.

Y tate que me topo de bruces con el mismo tema mientras ahondo en la literatura del siglo XVI.

En el mamotreto XIV de La lozana andaluza relata el autor el ayuntamiento de la protagonista con Rampín, su paje recién fichado. Tiene salero (y picante) el encuentro y su relato, y lo copiaría si no fuera tan extenso (mas es posible leerlo aquí).

Escribir el sexo, describir el sexo, el fragor de dos cuerpos en lid uno contra el otro, es harto difícil. “La habla me quitó, no tenía por do resollar” dice la Lozana tras la primera embestida (siendo mozo Rampín, otras siguen, ¡ay juventud, divino tesoro!). Y es ésta, creo, una de las dificultades del escritor: los amantes pierden el habla con el seso al devenir cuerpos a otro cuerpo entregados. El joder del filósofo, por mucha filosofía con que se haya vestido antes, es un joder desnudo, de piel contra piel, de yemas y caricias, besos y mordiscos, fiero cuerpo, nudo cuerpo, sin más. Mudo. Porque el acto sexual no es una experiencia del intelecto, sino una fiesta del cuerpo, que no usa lenguaje para expresarse. De ahí que la pornografía sea sobre todo gráfica. El tamiz del lenguaje no deja pasar la verdad última de un orgasmo. Una foto, un cuadro, por ejemplo, sí (y aún cabalmente cabría sospechar que parcialmente ¡pues son tantas las variedades y caras del gozo!).

En el envite sexual, la persona pierde el habla, la capacidad locutoria, y se ensoñorea de la banda sonora la exclamación, la fonética bruta, la interjección como máximo. Los sssshí, los ays, los mmmmhs, los jioderrrr, los mmmfs que se muerden la lengua, y abundan los imperativos, por cierto, pues parece ser éste el único tiempo verbal del desafuero sexual: “Jódeme, no pares, clávamela, sigue…”, los “fuck me “de las pelis pornos americanas…).

Francisco Delicado, el autor de la Lozana andaluza, sazona el picante con diálogos cocinados en oscuras sinonimias o voces de germanía y jerga lupanaria (“queréis también copo y condedura?”), con metáforas (“aquí se verá el correr d’esta lanza, quién la quiebra!), recurriendo al refranero (“guárdate del mozo cuando le nace el bozo”), recurriendo al juego dialéctico de una que guía a oscuras y otro que hiende a ciegas… En esta cita que sigue, todos los recursos en una: “¡Catá que me apretáis! ¿Vos pensáis que lo hallaréis? Pues hago’s saber que ese hurón no sabe cazar en esta floresta”.
Leyendo la Lozana, que por demasiado tiempo había tenido apartada de mi vera (ayer dormí con ella, y fue un placer), descubro (again!) qué revolución supusieron aquellos autores que, venciendo modas pastoriles y caballerescas, pusieron por escrito la vida de la gente tal cual era. El realismo español del s. XVI es retrato viviente de un mundo entero, donde los escuderos suben a cagar, como el amo de Lázaro, por ejemplo, en el Tractado III: “Porque una mañana, levantándose el triste [se refiere al escudero] en camisa, subió a lo alto de la casa a hacer sus menesteres…”, o se cagan en las bragas, como el Sancho del Quijote –aunque un tanto posterior. Supuso una revolución tan grande como aquella actriz que apareció meando en no sé qué película de Almodóvar, después de decenios de un cine anti-escatológico donde jamás pudo sospecharse que Bogart fuera al baño nunca, o que la Monroe tuviera reglas dolorosas. Esplandianes, Palmerines, Zífares, Amadises eran de la madera de Bogart o la Monroe: no cagaban, como no lo hacían los pastores de Sannazzaro, como no lo hacían los bucólicos héroes de aquella literatura que hoy es muy difícil de leer: la anterior a la novela moderna, que funda el Quijote con las salvedades ya apuntadas de la novela picaresca o una excepción de entre las caballerescas (Tirant lo blanc).

Esta veta del realismo nos lleva al coito gay que Marcel sorprende entre Charlus y Julien en las páginas iniciales de Sodome et Gomorrhe I, al señor Bloom vaciando sus adentros antes de salir a la calle… Hay un punto (crecido) de voyeurismo, sí, que en nuestros días podemos fácilmente satisfacer recurriendo a petardas.com u otros vertederos de intimidades que abundan online. No tanto en las letras de molde.
En fin, que veo es muy lejos donde me han llevado las efusiones amatorias de Rampín y la Lozana, pues son muchas las caras del gozo, inacabables sus posibilidades, abiertos todos sus senderos que se bifurcan… y todos aún por recorrer.
Pero ya sé (¡ay!) que la piel es frontera última, ultima Thule del sexo.
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