Apuntes sobre el s. XVI español

El siglo XVI español, en lo tocante a la Literatura, ofrece un panorama deslumbrante.
¿Dónde empezar el sumario de sus tendencias, de sus muchos géneros, todos vivos, de sus grandes libros, muchos hoy en día indigeribles?
Si hubiéramos podido preguntar a un hidalgo o burgués de aquel entonces qué literatura le gustaba más, la respuesta hubiera ido a los libros de caballerías. Cuajando entonces la tradición caballeresca española, destilada desde hacía décadas en el Romacero Viejo, enriquecida por la materia de Bretaña, las primeras décadas del XVI vieron florecer una selva de libracos donde se contaban las venturas y desventuras de héroes y doncellas. El Amadís de Gaula sería el paradigma de este género. Y en conjunto suponían el gran best-seller de la época. Conocida es la confesión de Santa Teresa, en su Vida, cuando señala las lecturas de su madre, y de ella misma y su hermano Rodrigo, a escondidas del padre, que la llevaron, bien antes de volcarse hacia Dios, a componer un libro a la manera de las novelas de caballerías (que no ha sobrevivido, por desgracia, pues probablemente ni se remató ni se editó; aunque sirva este ejemplo –y hay otros: Ignacio de Loyola, por seguir en el ámbito de quienes alzaron luego sus ojos al cielo– para mostrar el gran impacto que tuvieron). El duelo, que no llegó a celebrarse, entre Francisco Iº de Francia y el joven Carlos V: ¿acaso no lo inspiraban los afanes caballerescos de toda una sociedad embebida de sus ideales?

Pero a los hidalgos y burgueses de entonces también les interesaba un género nuevo: el ensayo. Fray Antonio de Guevara fue un dechado en proveer lecturas de este tipo y aun podría apuntarse que inventó el género que luego refinaría Montaigne. Su Marco Aurelio, su Relox de Príncipes y sus Epístolas Familiares, mezclaban con gracia (y desprecio al rigor histórico) burlas y veras. Fray Antonio (cuyo estado clerical no aminoraba su procacidad) hace ya uso de una prosa que ya es ágil y vivaz (prosa que se echa a menudo en falta en los mamotretos de caballerías), ya moderna, afinada y efectista. Sus pseudo-ensayos apuntan alto en las intenciones (pretenden ser modelos e indicaciones ad usum de quienes mandan o pretender mandar), y señalan bajo en la enjundia del relato (no recatándose ante las orgías del emperador Marco Aurelio, por ejemplo, y sin rubor inventando lo que no figura en las fuentes antiguas).

También, siguiendo en las prosas, hallamos a los grandes cronistas, quienes relataron las últimas batallas de Reconquista en la península (el viejo don Diego Hurtado de Mendoza, por ejemplo, contra los moriscos granadinos), los que abrieron los ojos al Nuevo Mundo (¡ay! la lista sería prolija: las Cartas de Relación de los virreyes, Bernal Díaz del Castillo, Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, Inca Garcilaso de la Vega, Pedro Cieza de León, Francisco López de Gómara, Diego Durán, Francisco Ximénez, Fray Toribio de Benavente, Fray Bernardino de Sahagún…), y que todos juntos contribuyeron a globalizar el mundo, a dar consciencia de cuán grande era, de cuán rico y variado. Sus relatos maravillaban a una sociedad que, hasta entonces, había vivido encerrada en si misma, que dudaba (con razón) de las ficciones (tan denostadas, por otra parte –la clerical) de las novelas de caballerías, y que iba asimilando poco a poco esta nueva herramienta de conocimiento que suponía el recientemente inventado “libro”, que en aquellos años adquiría, por primera vez, categoría de objeto de masas (es un decir, claro).

Sin apartarnos de los libros en prosa, señalemos el nacimiento de un género nuevo: el relato picaresco cuyo paradigma es el Lazarillo de Tormes, pero que bebía de la Celestina, que competía con la Lozana andaluza y otros libros que ni eran ficción del todo ni eran tampoco documento veraz del todo, aunque se presentaran tales. De este fértil mejunje de burlas y veras se derivaría la novela moderna. Cervantes, en 1605 con el Quijote, había de dar remate al asunto genialmente. Y hasta hoy.

Y abundaban también las prosas religiosas. Santa Teresa, Fray Luis de Granada, las glosas de San Juan de la Cruz y tantos… tantísimos otros. Había ensayos lingüísticos, señoreados por el trabajo lexicográfico de Nebrija, como el de Valdés (su Diálogo de la Lengua)... Novelas bizantinas. Novelas pastoriles (la Diana de Montemayor).

Bufff… Queda uno ahíto enseguida, y ni quiero abusar del lector ni seguir pormenorizando, pues el tema daría para una vida entera: son tantos los platos, las salsas, las cocciones, las variedades, las suculencias… La Literatura española del siglo XVI puede llegar a empachar, sí. Pero es importante no saltarse este main course, porque lo que había de seguir se coció en estos fogones.

Y ¡ojo! que no hemos aún abierto la despensa de la poesía. Lo haremos en un apunte que seguirá, porque también tiene miga, y me interesará con ella apurar todo el jugo a este siglo portentoso.
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