La felicidad del elefante

El superpetrolero Jahre Viking

A finales del 1959, Josep Pla se embarcó en el petrolero Baltimore Tanker, procedente de Panamá, en lastre, con destino a Mina Al-Ahmadi, Kuwait, via el canal de Suez. Desde el fondo del Golfo Arábigo retornó hasta el Estrecho de Gibraltar en el mismo barco, y en Ceuta trasbordó hacia las Canarias y luego hacia Chile. ¡Qué deliciosa crónica salió de sus manos! ¡Qué maravilla, qué texto!

Yo, que he tenido la suerte de poder patear el Golfo Arábigo, quedo maravillado de cuán bien restituye, con palabras, el paisaje nuestro maestro. Habiendo pasado Bab-al-Mandeb, frente a las costas del Yemen, escribe: “Davant la vista va passant un país convulsat, d’una total mineralitat, erosionat, mort. El seu color és generalment fosc, quasi negre, de vegades gris, d’un gris brut. La muntanya, rocosa, produeix sovint cresteries de formes diabòliques, abruptes, formes fines i agudes com ganivets, i altres vegades formes espesses, pesades, i tot plegat d’un moviment molt agitat, desagradable, sinistre” (pág.  44).

Pero, aunque impresionantes o siniestras, las geografías del Golfo acaban cansando. Dice Pla: “Anant pel món es té sempre la sensació –tan normativa– de no saber res de res de res” (pág 140). O la sensación de que cuanto uno sabe, al cabo, de nada sirve. Atesoramos saberes inútiles con avaricia de monedero viejo.

A modo de ejemplo y por explorar los cerros de Úbeda: el Knock Nevis, antes bautizado Jahre Viking, el superpetrolero de esta foto de arriba, es uno de los más grandes buques del mundo, con capacidad para transportar 4,1 millones de barriles de petróleo, esto es: 564.763 toneladas.

¿Y qué?

Explorando la red puede uno saber dónde surcan los barcos del mundo, aquí, por ejemplo: preciosos mapas actualizados cada minuto marcando posición, derrota y velocidad de cada barco (identificados por tipo y nombre). ¿Y qué?

¿Para qué haberse roto los cuernos y gastado los codos leyendo versos yámbicos? ¿O haberse leído de cabo a rabo manuales ingenieriles de dinámica de fluidos sin haber entendido ni jota de las fórmulas matemáticas con las que, a modo de tropezones, en ellos uno se atasca? ¿O para qué saber del derecho consuetudinario anglo-sajón y su influencia en el derecho romano?

¿Para qué tantos saberes inútiles, si luego no somos capaces de ver la dureza, la solaritat encegadora, del mundo, o de algunos de sus paisajes?

Fui a comprarme un ordenador, recién cobrado el finiquito, para seguir teniendo con qué boquear en este vertedero de mis días, para poder seguir escribiendo. Y alelado por la oferta de precios y marcas y cualidades diversas de tantos equipos disponibles a la venta, atorado ante las features con acrónimos secretos y oscuros, las referencias, los logotipos… me paré a ver, en la sección de televisores, a una gran manada de elefantes vagando por las sabanas africanas. Les envidié, ¡les envidié tanto!

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