Versos para el frío del día de después

No, no me digas que si te pierdes, sabré encontrarte.
No me pongas versos sin remite ni sello y sin reparos.
No me pongas cara de niña buena, porque no soy bueno
cuando trato de seguir tu rastro, si he de encontrar tus zapatos
en la playa, en la arena, en las geografías de mis miedos
y de los tuyos, que son tan grandes tan grandes como un caballo
galopando en un arenal gaditano, tan fiero y tan bello
como un verso antiguo, como una foto en blanco y negro
que estuviera pendiente de tomar, que aún nadie ha tomado.

No, niña, no me digas que si te pierdes, sabré encontrarte,
porque llevo años buscando al mes de junio entre los pliegues
de un calendario añejo que se quedó sin días por esperarte,
como migas de pan que tras el postre se quedan en los manteles,
como una palabra sin fuerzas que hace muecas tras el cristal
y se despeina de impotencia en la distancia de unos laureles
que nadie plantó, y que ahí crecen, en el margen baldío de los papeles.

No, mujer, no me digas que si te pierdes sabré encontrarte,
porque quemé mis naves, descarrilé caminos en empeños
que no supe evitar, accidentes que tú no causaste,
desmanes, llantos, platos, excesos y rotos sueños
que sólo ahora, y sólo a ratos, encuentran su cauce,
que es el mío, en los márgenes baldíos de mis papeles.
Así, no te buscaré, no, niña, mujer, si tú te pierdes.
Pero estaré ahí, cuando te encuentres, amor sureño.

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