Sin memoria

No guardo fotos. Los divorcios me despojaron de pretéritos, me dejaron sin imágenes, y los recuerdos perdieron brillo bajo el esmeril del dolor. También las mudanzas traspapelaron los pocos resquicios y paredes del pasado que quedaron, y el soporte digital se evaporó un día, sin alharacas ni hongos nucleares, simplemente desaparecieron los archivos jpg, y con ellos las sonrisas, las comidas familiares, los encuentros furtivos, la memoria de un pasado que hoy me tengo que inventar.

Inventar el futuro es labor de científicos. Inventar el pasado es pasión de mendaces o de menesterosos.

Y en el vacío que quedó me complazco, me protejo. Floto en él y lo pinto a mi antojo.

No recuerdo aquellos días que pasé en Marruecos por el valle del Draa, Zagora, Tamgrounite… pero sí el fulgor de las estrellas de la noche que pasé en la hammada. Y eso basta. No recuerdo los cuadros que colgaban en nuestro primer piso, ni qué barandales cerraban el balcón. Pero sé que la calle era Libertad, y el número 28. No recuerdo el último orgasmo de a quien creía amar, pero sí el primero. Y aquellas charlas en el Nus de la Ribera o en La Sospita de Gràcia.

Tampoco recuerdo el color de los ojos de un amigo que perdió la vida en una curva.

Quizás soy afortunado. O menesteroso.

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