El abrazo

La voz es escueta, y resume los tráfagos del día, de toda la semana. Me llega al final del día, se me cuela entre noticias y voces jacarandosas y otras más eruditas o almibaradas y también las hay enharinadas por las primeras nieves del año.

El día ha sido duro, me cuenta, las perspectivas se presentan pinas, los días por venir, con el paréntesis del fin de semana, serán complicados. Y me pide un abrazo.

Es el mío un abrazo de desconocido. Tal vez no el más adecuado, pero la voz reclama el mío, porque estoy a mano, aunque del otro lado del cristal de la pantalla; y se lo mando. Tierno, apretado. Es un abrazo moroso. Y busco una foto para ilustrarlo.

La vida es como el abrazo de un desconocido. Y es que somos todos desconocidos, porque no podemos conocernos, porque vamos cambiando a lo largo del tiempo, porque no siempre podemos tener certezas, porque las certezas que tenemos son frágiles, y la fragilidad es grande, y todo lo invade.

Y sin embargo hay un resquicio por donde se cuela la luz como un cuchillo hambriento, por donde se cuela la verdad del olor de las setas en el bosque bajo la lluvia, la claridad de una nube en mitad del cielo, el aroma del otro en las distancias cortas, de una melena, de una barba de tres días, de un sueño mal peinado a primera hora de la mañana. Es en el abrazo.

Tras la charla en la terraza de un bar se clavan las miradas en los ojos. Y es luego en un abrazo cuando se concreta la cercanía que el verbo y la mirada ya intuían, pero no osaban expresar. Cuando dos cuerpos se traban en un abrazo, cuando dos vientres se juntan, cuando dos pechos se acercan y dos cabezas se apoyan en los hombros del otro, se da una energía que colma las grietas de nuestra fragilidad. El abrazo de la madre, el del padre, el abrazo del niño, el abrazo de la primera vez, el del amante, el del marido, el abrazo del amigo, el gesto tierno, apenas esbozado, como gastado, del viejo que hace amago de abrazar, el abrazo del consternado, el abrazo del feliz, de la novia, del compañero de taller que se jubila… hay tantos abrazos como situaciones y como personas. Y son todos de energía.

Doy mi abrazo con consciencia de ser un desconocido. Pero lo doy poderoso, energético, tierno y fuerte a la vez, intenso. Cariñoso. Porque al darlo la voz deviene cuerpo, y su fragilidad se diluye y se torna fuerza.

Y ambos, así, nos desconocemos menos. Y somos más vida, porque la vida es como el abrazo de un desconocido.

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