Niebla del día de hoy

Con el color de los árboles a lo lejos, comidos por la niebla, recortados en plana silueta contra el lienzo pálido de la mañana que se despereza.

Con las colillas, que han pasado la noche desecando sus arrugas en la espesura del salón apagado que ahora hiede a cenicero frío. Y con los libros esparcidos, historias y ensayos, novelas, crónicas, clásicos, un par de catálogos de pintura, y los apuntes sueltos, notas dispersas, versos descolgados que esperan compañía. Y con la ropa que se acumula sobre las camas. Con el paraguas que espera unas lluvias que no van a llegar. Con las encinas pequeñas que hoy parecen huérfanas, en sus macetas alineadas contra la pared del patio. Con los cojines, que guardan una acomodada simetría contra los reposabrazos, listando blancos y rojos contra el rojo uniforme del sofá. En un rincón debajo de la máquina Singer hay dos zapatillas que se resisten a su redil. Con los platos sucios, y las migas del pan sobre la encimera. Con una caja de manzanas sobre la mesa de la cocina, que poco a poco se arrugan. Con las cuerdas del tendal que con líneas tiestas desbaratan la corta perspectiva emparedada de mi patio.

Me iré a pie por los caminos del bosque, hasta el pueblo de al lado; iré a devolver libros a la biblioteca. Dista no más tres kilómetros. Y volveré luego, con pasos morosos. Sin prisa. Poniendo a cada paso el pie en su sitio, atento al piso, a las piedras, a la gravilla y los charcos, con consciencia, oliendo el bosque y buscando en sus umbrías el olor de la pinaza y el rastro de las setas.

Estar parado no es pararse. Y movedizo como soy, me muevo. No paro quieto, a pesar de estar parado. Es una condena o una bendición; el tiempo juzgará.

Tengo capricho de leer de nuevo a don Camilo. Buscaré alguno de sus libros, alguno de aquellos libros suyos de cuando aún el Nobel le quedaba lejos y en cada frase se esforzaba por clavar una verdad vieja en palabras nuevas. Después de mi feliz estancia en la Valh d’Aran, he retomado y releído Viaje a pie por el Pirineo de Lérida (vid extractos aquí), y particularmente la parte final donde el viajero recorre el Arán. ¡Cómo han cambiado las cosas, desde 1956! Baqueira no existía, por ejemplo. O visto de otra manera: ¡Qué poco han cambiado sus paisajes! ¡Y con qué pulcritud léxica –que envidio– los describe!

Y volveré a encerrarme en casa. Abriré las ventanas. Orearé la casa, recogeré y doblaré la ropa, las camisas las tenderé en perchas del armario, para ahorrarme la plancha que se me resiste. Y abriré esta ventana al mundo. Y leeré la prensa de cristal, y me tiraré en el sofá a leer hasta que me corra el hambre por las venas. Y seguiré con el empacho de lecturas renacentistas después del postre.

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