A pie por los rodales del Bajo Montseny (I)

El parado no se resigna a su condición. Y se echa a la calle, y al monte que hay más allá cuando ésta termina, y lo hace con alegría tranquila, con gozosa disposición del tiempo libre que su condición le otorga y con la mansedumbre de hoy, que resulta ser de pollino. Hoy el parado ha de devolver un libro a la biblioteca. Y la biblioteca está en el pueblo de al lado, en Llinars, pero a la vista del saldo actualmente disponible, mejor será ir a pie, se dice el parado mientras poco a poco digiere las implicaciones de una vida presupuestaria más escueta que la de la mosca drosófila.
Las bibliotecas, en este país nuestro, son caprichosas: no son regulares sus horarios, ni todos los días abren a la misma hora, y no todas las mañanas abren sus puertas; tampoco todas las bibliotecarias son hacendosas señoritas, aunque algunas conoce el parado, y las juzga de buen ver. Así que el parado, haciendo uso de la información on-line, se cerciora de que esté abierta la biblioteca de Llinars antes de salir. Y descubre que no podrá hacer el paseo matutino según preveía: hasta las tres no abren. Pues no importa: de madrugada, al mediodía, por la tarde… siempre es bueno el camino por venir, que no atiende a horarios y está siempre ahí para quien lo tenga que usar.
El parado come pronto, ejecuta con delicia una de las pocas prebendas de su condición (la de echarse un rato en santa siesta cada día), y en una bolsa de lona pone los tres libros y el par de discos que ha de devolver. Van a ser las cinco. Es buena hora. Y abre la puerta, siente la tentación de saludar a la señera que luce al cabo de la calle, como si fuera un marinero trasbordando el buque, y echa a andar, bajando por el carrer Nou hasta la plaza de Joan Casas (o por mejor decir para que Ustedes me entiendan: la del estanco), y enfila después por el carrer Vell.
El carrer Vell, a esta hora, en estas fechas, deslumbra con el sol que lo acuchilla de frente con su luz amarilla. El parado busca el cobijo de una sombra mural que le ampare, más por zafarse del deslumbramiento que por sustraerse al calor del Sol, que es agradable. Lo raro es ver la calle en negro denso y pálido amarillo, pues así se desgaja el espacio, a trozos manchados por la luz intensa y dorada y otros en sombra, que por contraste semejan honduras nemorosas, aunque algo planas. Un hombre camina en silencio por el carrer Vell, delante del parado, y sus hechuras son como de personaje en una película de miedo, alargada su sombra y su silueta deformada. Y cuando este hombre se aparta y entra en uno de los portales, entonces ya sólo la luz. Por un momento, el parado se ve yendo paso a pasito hacia la luz (la Luz, ¡uy qué miedo!), y concluye (sin miedo) que así es la vida: caminar hacia la luz, a veces solo, otras veces en compañía, y siempre con la posibilidad de huir por un zaguán lateral y escurrirse buscando amparo en otra dimensión, que en el carrer Vell podrían ser todas las casas, todas las ventanas en planta, todas las fachadas alineadas, un tanto deslucidas, de las calles sin tiendas.
El carrer Vell vierte en la riera, pero esto es una licencia poética, porque el carrer Vell suele estar vacío (y seco, si no llueve). El caso es que da a la riera, y ésta la cruzo por el puente para ascender por el carrer Freixeneda. Si se llamase calle Hayedo, podríamos estar en la Sierra de Madrid, o en Alcorcón, o en algún suburbio-dormitorio de la Meseta, pues según se sube, a ambos lados, las casas constituyen una ristra de edificios de tres-cuatro pisos, todos de obra vista, que debieron crecer a una en tiempos de bonanza y de expansión inmobiliaria: se siguen unas a otras hasta arriba, y algunos amagos de comercio hacen acto de presencia en sus bajos, aunque, me temo, con escaso éxito: un gabinete veterinario en cuyo aparador a veces he visto dormitar gatitos que se ofrecen en adopción; una panadería que mendaz y pomposamente anuncia bollería fina y que parece dudar entre lo que es (panadería de barras congeladas), café de marujeo y mini-market para las urgencias de la vecindad con la sopa ya en el fuego; también un salón de masajes (y cuidados estéticos). Poca vida comercial, y poca animación, porque aún no son las cinco, que es cuando el CEIP Joan Casas, que no está lejos, suelta al mundo a los niños y sus mamás y papás. El parado sigue Freixeneda arriba, echando un poco el bofe por la cuesta y tropezando con las losetas de pizarra que, en algunos tramos, se han despegado: están las aceras de este barrio cubiertas de losas de pizarras que, por el uso o la inclemencia del tiempo (o vaya Usted a saber si por lo mal puestas que fueron en su día) andan bailonas y levantadas.
La calle sube medio kilómetro y se termina luego de combar su cima junto al parque que le da nombre y que cierra el pueblo, pues después de él ya se extiende la tierra campa y los bosques. Un magnífico roble (¿o es encina?) junto a la cuneta de lo que era calle, fue camino y, ahora que está asfaltado, es carretera local, extiende a contraluz su sombra generosa. Un cartel indica el límite de velocidad a 40. El parado se dice que no superará dicho límite ni en estado de ebriedad: el parado no sabe estar quieto, pero tampoco es amante de esfuerzos heroicos. Además: el parado no tiene prisa.
[Seguirá]
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