A pie por los rodales del Bajo Montseny (II)

A mano izquierda y muy pronto, se inicia el camino que lleva a Llinars por los bosques. El primer tramo es un delicioso y suave descenso gravilloso hacia la masía de can Ribalta. Habiendo dejado asfalto y aceras, con los pies pisando piedras y la cara al viento dorado del atardecer, el parado respira hondo y sonríe. Se siente a gusto fuera del núcleo urbano, y ayer cuando pensó en ir andando hasta Llinars, ya aventuraba la dicha que ahora siente: el sol a un costado riega de oro el paisaje y el camino desciende buscando su punto de fuga y el del parado. Unos esbeltos plátanos en primer término, con sus troncos verdigrises, manchoneados de ocres que se desprenden, sus frondas altas que juegan con la luz, los campos arados, de buena tierra roja, y más allá los ribazos amarillentos, a veces oscuros por los zarzales donde despunta una higuera grande, de un verde cuajado, y el pinar que recubre la loma y cierra el paisaje (ocultando el pueblo) luciendo alimonados verdes, airosas copas redondeadas.

A la altura de can Ribalta me cruzo con tres señoras que vienen en sentido contrario hablando de sus cosas con ese deje del Sur que no hay manera (ni ganas) de borrar, y que desentona un tanto en estas tierras catalanas. Llinars, por ser localidad cabe la vía del tren, es pueblo que acogió muchas residencias secundarias de la primera inmigración, gentes que vinieron del Sur, de tierra adentro y se hacinaron en los barrios obreros de Barcelona y que hallaron en Llinars media hectárea asequible donde reconstruir su mundillo andaluz o extremeño entre cuatro tapias blancas. Can Ribalta, en cambio, tiene la prestancia serena de lo que nunca ha dejado de estar en su sitio. Es una casona grande, de muros rebozados y tejas antiguas, mohosas. Es una explotación agropecuaria (en los cobertizos se oye maniobrar a un tractor, se oye mugir al ganado no muy lejos), con detalles delicados que el sol del momento enriquece: una roca clavada en la entrada, a modo de pequeño menhir, dice con letras cinceladas el nombre de la casa, un reloj de sol serigrafiado en la fachada ha olvidado la hora, que viene hoy demasiado sesgada para que se pueda leer (está bajando el sol), el amarillo de un par de grandes acacias, que parece tintinear en el aire, y que pinta sombras leves en el suelo…

Después de can Ribalta empieza el bosque que cubre la sierra que se crece entre la riera Giola y el torrente de Vallbona (cauces ambos que, cuando se tercia, y eso sólo ocasionalmente, ejercen de afluentes del Mogent). El camino se mete en el bosque sin otra transición que una vieja báscula municipal que queda encerrada en su recinto, a un lado, y que parece abandonada en esa linde. Diríase que el camino no se asusta ya del bosque. El parado piensa que es normal: ya debe estar acostumbrado, después de tantos años ahí tendido.

El bosque de este espinazo de monte es típicamente mediterráneo: una mezcla de encinar y pinar, con un sotobosque espeso en las umbrías y más aclarado en las vertientes asoleadas. Huele a resina, huele a madera, a corteza y a tierra y a helecho quebradizo. Sisea la brisa en el ramaje, y me detengo a observar algunos pinos que yerguen sus troncos azulados contra la fronda: el sol, ya muy rasante, realza las texturas, estira sombras, marca hendiduras y se cuela por las rojas anfractuosidades de la corteza. Se oyen silbos, y algún pájaro salta de una rama a otra. Una bellota, al caer sobre la hojarasca, parece que pellizque el silencio. Sólo acompañan al parado, el ritmo de sus pasos.

Y los de un mozo alto que viene corriendo. Viste de verde, con camiseta holgada que le baila en la cintura a cada zancada; corre silenciosamente; mira al parado a los ojos cuando se cruzan. Son marrones los suyos, constata el parado, que siente el rebufo del corredor, de calor húmedo, ácido. También su cansancio. Luego dará la vuelta y volverá, y adelantará al parado, saludándole otra vez con un Hola escaso de fuelle, y éste le dejará irse con sus prisas a otra parte, camino adelante. Al parado le gusta ser andariego en solitario; pero no le hace ascos a los encuentros que el andar propicia; eso sí: con mesura y sabiendo decir que no, Usted me excusará, pero voy a seguir mi camino. El parado piensa que un perro zumbando en rededor no le importaría llevar: un perro siempre entretiene, y contribuye a no perder el oremus en cavilaciones de hámster (esto es: malsanas), porque de continuo hay que ir azuzándole, o llamándole; pero el parado, si por algo se echa al camino, es para poder estar a solas consigo mismo. Otrosí: al parado el continuo vaivén de un chucho inquieto le agotaría, es hombre de por si sosegado.

Adentrarse en un bosque es adentrarse en espesuras no solamente vegetales. El bosque, en nuestro imaginario europeo, es el mundo de los bandoleros, de los lobos, de las sorpresas montaraces. Hoy ya no quedan bandoleros (y los que quedan han sabido ocupar poltronas de responsabilidad), no hay lobos ni alimañas y la mayor sorpresa que en estos recónditos caminos pudiera uno encontrar sería un coche aparcado y dando amparo a amores apretados, ya sea juveniles y sin hipoteca o comercios carnales clandestinos (en ambos casos, causando la pertinente curiosidad voyeurista del parado, que sin embargo, en esta ocasión, no podrá satisfacer). Pasear por el bosque cuando ya el sol se ha puesto y queda esa luz de ceniza fría que todo lo va tiñendo de malva cada vez más denso, es aprender a escuchar los pasos en el tiempo de un hombre solo a sus miedos enfrentado. El parado, que no es la primera vez que recorre este camino, suspira y se dedica a ver cómo se oscurece la masa forestal. Ahora ésta queda a su izquierda: el camino ha escogido seguir la linde entre el llano labrado y el bosque, bajando (levemente) hacia Can Cucurella.

De muros de piedra, rodeada de cobertizos y establos (y en ellos vacas rubias), Can Cucurella se deja subsumir bóvidamente en la penumbra, y confunde sus colores con los de la distancia. Las primeras casas de can Boatell, y por lo tanto de Llinars, ya se ven al fondo del paisaje, que la sierra del Corredor acaba de cerrar, con la Torrassa del Moro en una cima, bajo el cielo azul y las nubes espesas, a las que el sol último ensancha y da volumen (mitad amarillas, mitad pizarra seca), que al parado le recuerdan las nubes que con tanta gracia pintaban los pintores holandeses en sus paisajes. La luz del momento merecería a un pintor, o a un fotógrafo: el Sol se ha puesto para el parado, que avanza en la hondonada, pero aún debe fulgir sobre la silueta de Montserrat, y mesa las cimas de la sierra, ilumina desde abajo, cálidamente, las nubes; por debajo del mundo celeste, por donde avanza el parado, todo va adquiriendo un densidad de noche venidera que no se atreve aún a ser negra noche; es el misterio como de pozo de los sitios o momentos intermedios. Otra nube, ésta rastrera, de humo en un extremo del cuadro, extiende sus sábanas translúcidas y las enmaraña entre ramas, a ras del suelo. Can Cucurella está en calma. No se ve movimiento, y el camino endereza frente al portón, entre la cochera del tractor y un establo. Junto al camino pacen unas vacas de pintas albahías. No hay mucho que decir. Al parado las vacas le parecen animales estupendos, bestias sabias que hacen muy bien lo único que saben hacer y que no se meten con nadie.

Un motor rasga la quietud del crepúsculo con insistencia. Es una motosierra. Entramos en los pagos de Can Millet, otra masía que es ya la última antes de pisar asfalto de nuevo. Can Millet tiene corrales, establos y vacas menos rubias, más agrisadas que las que el parado ha visto en can Cucurella. Por la pinta y la cornamenta, quizás estas vacas de can Millet tengan algo de pirenaicas, quizás algún primo en segundo grado, o acaso una de ellas hizo la mili en Vielha, pero sería osado que el parado dictaminase en estos matices raciales; si bien al parado le parecen simpáticas las vacas, no se deriva de ello un apego particular a los estándares de las razas vacunas. Y lo dejaremos pues así: estas son más agrisadas; y mugen igual de tristes por encima de la sierra mecánica, que a ratos interrumpe su vagido para darle tiempo al parado a llegar.

En un encinar pastoreado (se ve limpio de rastrojos, los troncos se estiran lisos, rectos y uniformemente hasta allá donde las vacas alcanzan), un gato negro y blanco reposa sobre un tocón. Mira pasar al parado sin moverse. Y éste le mira a él sin hallar nada que decir. Los muchos pasos se le están atragantando ya. No lejos del gato, una seta: es una de estas setas altivas, que parece que estiren el cuello, de carne blanca y escaso valor culinario, y cuyo nombre ahora no le viene en mientes al parado. La motosierra sigue lacerando el aire. Son los dos hijos de can Miret, que andan talando pinos en la zona de meriendas. Les saludo. Uno de ellos conoce al paseante, pues años atrás le había llevado leña a casa. Se dedican a sacar provecho del bosque, y en el que tienen más arrimado a la masía han acondicionado un área de barbacoas y mesas y juegos infantiles para dar solaz a los urbanitas que se quieran allegar a este paraje. La madre de los chicos atiende una pequeña tienda de verduras y huevos y volatería (y mata conejos si conviene y despluma capones en Navidad).
 
 
[Seguirá]

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