A pie por los rodales del Bajo Montseny (y III)

El parado mira un momento a los silvicultores y prosigue, ya adentrándose en can Boatell. Y mientras se aleja maldice (en voz baja y discretamente) su timidez. A toro pasado, le hubiera gustado charlar un momento con los chicos, preguntarles cómo está el bosque, o saber si su madre sigue, como siempre, tan eixerida como siempre. Pero al parado le cuesta iniciar la charla. Ya dejó dicho que no le hará ascos a los encuentros casuales que el camino traiga; pero sabe que la iniciativa no partirá de él. Y eso le disgusta. Pero es así: el parado es hombre que prefiere ver y escuchar, es observador y se abstiene a menudo de intervenir. El parado tiene consciencia de satélite, y dicha consciencia a veces le pesa: siente que está siempre dando vueltas alrededor de todo, sin asentarse en ningún lado, y tanto movimiento, al cabo, cansa (o marea).

Y con tales disquisiciones de paseante solitario, encamina sus pasos y los mete en can Boatell por donde la riera Giola entra en el pueblo. De can Boatell, que es urbanización, o barrio integrado en Llinars según se mire, el parado podría hablar largo. Habitó en él durante unos años. Y pasa ahora cabizbajo por entre las casas que fueron su vecindad entonces. Y al parado le embarga una cierta tristeza de lo que pudo ser y no fue. Mira el prado junto a la riera Giola (cuyo cauce se hunde en trinchera) y ve la encina bajo la cual, una tarde, él y su entonces esposa decidieron embarcarse en la aventura de vivir juntos en una casa de aquí. Es más: ve la casa al pasar, ahora remozada, pintada de color calabaza-ocre. El pinzamiento de los recuerdos le atenaza con frío de alicates, y decide el parado que ha de seguir adelante sin enfangarse más en lo que dejó de ser. El camino es siempre el paso que se está dando, no los venideros ni los que le han traído a uno hasta donde ahora está.

Se mete por calles, se interna en el laberinto triste de los ladridos tras los portones de las muchas casas unifamiliares para llegar, siempre siguiendo el cauce de la riera, hasta el centro de Llinars, que no es el centro.

Llinars es una población desestructurada. Siempre lo ha sentido así el parado. Quizás por tener ejes claros que la atraviesan y cruzan caprichosamente (la riera, la autopista, la carretera de Granollers a Sant Celoni), quizás por un crecimiento un tanto excesivo e imprevisto durante los sesenta y setenta, Llinars se reparte en varias zonas mal integradas, y si el centro debiera ser el Ayuntamiento y la Iglesia (como Dios manda y es sólito en nuestras tierras), resulta que en este pueblo la casa consistorial está a un lado, la iglesia en otro y la gente se reúne en la avenida que sigue paralela a la carretera, donde se anima la cosa con cuatro tenderetes: la excelente churrería, la tienda de chucherías, el kiosco de prensa y el bar Pick-up. Ahí también está el ambulatorio local, el polideportivo y la nave (que debió ser almacén o industria en tiempos pretéritos) que ahora aloja la biblioteca y el centro social juvenil. Obras recientes han empedrado y acondicionado con bancos, nuevos juegos infantiles y un dragón feroz de Sant Jordi los espacios de este centro que no es centro. La sensación es agradable: la ciudadanía ha acogido bien las mejoras, y eso se nota porque las ha hecho suyas: mamás y niños, señores y parejas… hay vidilla.

Ya es oscura la noche cuando llega el parado a destino. Se mueve ahora entre lucernarios azafranados y los faros de los coches. Tras la hora sosegada de cruzar el bosque crepuscular, la noche urbana bulle de luces inquietas, tiendas, faros, resplandores…

En la biblioteca, la calma es de libro esperando ser escogido. No está desierta, pero parece un puerto sin barcos. Y el parado devuelve lo que ha venido a devolver y se sienta un rato a leer la prensa. Le basta una mirada rápida a los titulares para volver a desear estar a solas consigo.

El retorno será vía Alfou. No desea el parado desandar por los mismos sitios. Considera que son siempre de mejor andar los paseos circulares. Y tal vez se equivoque: no es lo mismo el bosque mientras se pone el sol que cuando ya la luna asoma. Ni es tampoco el mismo caminante quien rehace el camino de vuelta. Pero el parado se dice que hoy le apetece seguir la carretera hasta Alfou para ver la mole del nuevo complejo deportivo que ahí se yergue, y que se acaba de estrenar: una piscina municipal con fachada juguetona de grandes vidrios de colores. Al pasar, se comprueba la animación. No sabe el parado si es que porque los tiempos son de crisis o porque la noche cae pronto, pero se sorprende al ver tanta gente ociosa con tiempo y recursos para llenar la sala de fitness y, supone, la piscina (que no puede ver, pero que imagina llena, habida cuenta de los muchos coches en el parking estacionados).

El parado mira a las chicas que caminan en las cintas andadoras frente a un gran vidrio que da a la carretera por donde él pasa y desde donde las mira. Unas corren, otras caminan sin avanzar. Entre ellas hablan (menos las que corren, que parecen concentradas en llegar no se sabe dónde). Y el parado, que anda igual que ellas, pero sin cinta en los pies ni en la cabeza (pues carece de melena que sujetar), pronto alcanza la rotonda que le bifurca hacia Alfou, y atrás las deja, no sin pensar que estaría bien la compañía jacarandosa de una chica joven con posibles y sin complejos. El parado siempre está pensando en lo único, no tiene remedio. Tampoco vergüenza; es un hecho, dicen que común a su género masculino.

La subida a Alfou se hace saltando de farola en farola, hasta que empieza la urbanización, que es de casas más altivas que las que se construyeron en can Boatell. La noche espesa pasa del naranja de las farolas al leve azulado de la noche de luna lunera. Silencio. El zumbido de algún coche que se recoge. Un ladrido aburrido a ratos. Las piedras viejas del núcleo histórico de Alfou, las colitas blancas de los cervatillos que ahí, en un recinto y sin saber a cuento de qué, pasan los días junto con algunos patos. La larga subida hasta los depósitos…

Al parado la idea de ir andando a devolver unos libros a la biblioteca de al lado, de repente, le parece una sandez insuperable, sólo digna de él. Un trayecto que en coche hubiera resuelto en seis minutos le está tomando tres horas, y lo que te rondaré morena, se dice mientras avanza por la carretera hacia las Pungoles. Al amansarse la subida, se le amansa al caminante el cabreo.

Porque entre tierras campas y prados, la carretera luce a la luz de la luna. Ayer fue luna llena, y el parado la veía desde un balcón en Barcelona. Y hoy la tiene enfrente, grande, pero ya con el filo un tanto desgastado, confiriéndole un mirar estrábico, algo torcido, o por mejor decir: como si hoy la luna sufriera de tortícolis y mirara de canto o de través.

Y bajo esta luna retuerta, la carretera se deja caminar a oscuras, a ratos en sombras por los rodales de encinar que a sus cunetas llegan, otras en descubierto, luciendo grises acerados, manchones lácteos de luz que deforman distancias y perspectivas.

No queda lejos el final. El parado ha de ceñirse al borde de la carretera: pasan coches que le deslumbran. Y una torcaz alza el vuelo estrepitosamente, asustada por el paso del viandante. Poco puede decirse del paisaje ahora: negra noche ya, y no son las ocho. La carretera sube y baja, y se alarga.

La última subida, que desemboca en Sant Antoni allá donde el empieza el camino hacia can Ribalta, es pina y desabrida. El parado pone la reductora: paso corto y decidido, y ajusta su fuelle al esfuerzo. Al llegar al cambio de rasante, ya está: le queda dejarse caer hasta el centro por la calle Freixeneda que, horas antes, había subido. Y no es la bajada lo que aligera su paso. Son las prisas por recogerse, regalarse un vaso espléndido de agua, cenar ligero, darse una ducha y tenderse en la cama para soñar con otros paseos.

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